back to top
domingo, mayo 31, 2026

El Top Semanal

Post Relacionados

La ciencia descubre cuándo podemos confiar realmente en un testigo y por qué algunos recuerdos han enviado a inocentes al corredor de la muerte


Los recuerdos parecen sólidos hasta que una vida depende de ellos. Ahora, varios investigadores intentan averiguar por qué algunas memorias falsas resultan tan convincentes… mientras otras conservan una precisión inesperada.

Un hombre permanece en el corredor de la muerte después de que una testigo modificara su recuerdo del crimen con el paso del tiempo. En esta tesitura y desde hace poco, la ciencia empieza a replantearse una cuestión muy espinosa tratándose de condenas judiciales y, sobre todo, si conducen a una ejecución: cuándo la memoria puede acercarse realmente a la verdad.

Durante bastante tiempo, la psicología cognitiva sostuvo una idea que parecía difícil de discutir: los recuerdos humanos resultan demasiado frágiles y propensos a las deformaciones como para convertirlos en una prueba plenamente fiable ante un tribunal. El problema no consistía solo en que olvidemos detalles; lo verdaderamente perturbador es que el cerebro reconstruye recuerdos falsos con una convicción absoluta. Y esa certeza puede enviar a una persona a recorrer el pasillo de linóleo verde del que no volvía sino con los pies por delante en aquella novela de Stephen King.

La cuestión vuelve a cobrar fuerza gracias a un extenso reportaje publicado en Nature, donde varios especialistas en memoria analizan cómo la ciencia ha empezado a modificar su propia percepción sobre los testimonios oculares. La discusión gira alrededor de Charles Don Flores, condenado por asesinato en Texas hace más de dos décadas después de que una vecina modificara progresivamente su versión de los hechos. La Universidad de California en San Diego aparece entre los centros implicados en una investigación que amenaza con abrir grietas terribles dentro del sistema judicial estadounidense.

Cuando recordar deja de significar lo mismo

A finales de enero de 1998, dos hombres entraron en la vivienda de Betty Black, en un suburbio de Dallas. El robo acabó en asesinato. Una vecina, Jill Barganier, observó a los sospechosos desde cierta distancia durante las primeras horas del amanecer. Más tarde, la testigo describió a dos hombres blancos con cabello largo caminando hacia la casa.

La policía identificó rápidamente a Richard Childs, quien acabaría confesando su participación en el crimen. El segundo sospechoso parecía menos evidente. Los investigadores comenzaron a fijarse en Charles Don Flores. Sin embargo, existía un detalle llamativo: Flores es latinoamericano y llevaba el pelo corto. La descripción inicial no coincidía demasiado con él.

Conque la situación empezó a adquirir una dimensión todavía más delicada. Días después, la policía sometió a Barganier a una sesión de hipnosis forense, una práctica hoy desacreditada en numerosas jurisdicciones estadounidenses. Los agentes intentaban estimular recuerdos supuestamente ocultos. Aun así, la testigo volvió a rechazar la fotografía de Flores en la rueda de reconocimiento. Ni siquiera ayudó a elaborar un retrato robot parecido a él. Y ese rechazo temprano tendría una relevancia enorme años después, aunque en aquel instante nadie parecía concederle demasiado peso.

Charles Don Flores (izquierda); retrato robot del sospechoso según las indicaciones de la testigo (derecha). Departamento de Policía de Dallas (Texas).

El momento en que una memoria empieza a distorsionarse

Transcurrido un año desde el crimen, algo se había transformado. Durante el juicio, Barganier afirmó sentirse “más del cien por cien segura” de que Flores se encontraba dentro del vehículo aquella mañana. La convicción parecía total. Y eso bastó para sostener gran parte de la acusación pese a que no había ADN que conectara a Flores con el asesinato ni surgieron otras pruebas físicas decisivas. Como broche de oro, el jurado convirtió un recuerdo cambiante en la pieza central del caso. Hoy, Flores continúa en el corredor de la muerte.

La historia resume una de las discusiones más peliagudas de la neurociencia contemporánea. A lo largo de décadas, numerosos especialistas insistieron en que la memoria funciona menos como una grabación y más como una reconstrucción continua. Cada evocación modifica parcialmente el recuerdo previo y, de vez en cuando, hasta incorpora elementos nuevos sin que la persona lo perciba.

Elizabeth Loftus, una de las investigadoras más influyentes en este ámbito, ya había mostrado en los años setenta del siglo XX hasta qué punto resulta sencillo implantar recuerdos falsos mediante sugerencias aparentemente inocuas. Sus experimentos transformaron la comprensión moderna de la memoria y terminaron revelando algo muy inconveniente para el sistema judicial: los testimonios pueden contaminarse con sorprendente facilidad.

Cada evocación modifica parcialmente el recuerdo previo y, de vez en cuando, hasta incorpora elementos nuevos sin que la persona lo perciba.

La llegada de las pruebas de ADN intensificó todavía más las dudas. Durante décadas, centenares de condenas fueron anuladas después de demostrarse que los acusados eran inocentes. En una enorme cantidad de esos procesos, el error procedía precisamente de identificaciones visuales defectuosas. Lo esperable si la remembranza humana funciona, decimos, como una reelaboración permanente que puede alterarse cada vez que los hechos pretendidos se traen de vuelta en el pensamiento y, así, falla más que la puntería de los soldados imperiales en Star Wars.

Una rueda de reconocimiento puede deformar un caso entero

Las ruedas de reconocimiento siempre se estiman como herramientas razonablemente sólidas. El procedimiento es sencillo: un testigo concreto observa varias fotografías o a personas y trata de identificar al autor de la fechoría cometida. Se presume que el mecanismo debería ayudar a acercarse a la verdad limpia pero, en la práctica, acaba demostrándose mucho más endeble.

Gary Wells, psicólogo de la Universidad Estatal de Iowa, lleva bastante tiempo advirtiendo sobre varios sesgos que pueden infiltrarse en estas identificaciones. Si el policía encargado sabe quién es el sospechoso, aunque no pretenda condicionar a quienes acuden a las ruedas, puede transmitir señales involuntarias mediante expresiones faciales, pausas o comentarios ambiguos. Incluso repetir varias veces al mismo individuo en distintas ruedas aumenta las probabilidades de reconocimiento posterior.

En el ínterin, la comunidad científica asumió algo aparentemente lógico: cuando un testigo identifica a la persona de interés en una investigación policiaca, la probabilidad de que se trate del culpable aumenta. Por el contrario, si escoge a otra persona o se niega a señalar a uno de los que sostienen un cartelito con un número en la rueda de reconocimiento, la policía suele interpretar ese resultado como un simple error.

Wells planteó una hipótesis distinta. Según su razonamiento, rechazar una rueda de reconocimiento también aporta información relevante sobre la inocencia del sospechoso. El impedimento residía en que aquella noción descansaba sobre modelos estadísticos complejos, y el sistema judicial apenas le prestó atención.

Por su parte, la psicología continuaba apuntando hacia la extrema fragilidad de la memoria. Muchos expertos terminaron aceptando que la confianza subjetiva de un testigo apenas servía para valorar la exactitud de un recuerdo. Lo más sensato que se podía considerar parecía evidente: las personas pueden sentirse completamente seguras y, aun así, meter la pata hasta el fondo.

Recreación artística de una secuencia de memoria testimonial degradándose. ChatGPT, César Noragueda.

El investigador que decidió revisar una vieja certeza

La discusión empezó a evolucionar gracias a John Wixted, investigador especializado en memoria de la Universidad de California en San Diego. Su campo principal no era el derecho penal, sino la ciencia básica del reconocimiento, y acabó reparando en una anomalía bastante singular.

Wixted se percató de que numerosos experimentos sobre testimonios mezclaban errores muy distintos dentro de la misma categoría estadística. No era lo mismo identificar erróneamente a un sospechoso inocente que escoger a una persona cualquiera entre los figurantes de la rueda. Sin embargo, muchos estudios trataban ambos fallos como si fueran equivalentes. Y ese matiz transformaba radicalmente las conclusiones.

El investigador recurrió a la llamada teoría de detección de señales, una herramienta habitual en psicología experimental. La idea resulta más o menos intuitiva: cuando reconocemos algo que ya hemos visto antes, el cerebro genera una señal de familiaridad. Cuanto más intensa se siente esa señal, mayor suele ser la confianza subjetiva asociada al recuerdo. Wixted comenzó a preguntarse si las ruedas de reconocimiento funcionaban siguiendo una lógica semejante. Y ahí surgió uno de los giros más embarazosos de toda esta historia.

Cuando reconocemos algo que ya hemos visto antes, el cerebro genera una señal de familiaridad. Cuanto más intensa se siente esa señal, mayor suele ser la confianza subjetiva asociada al recuerdo.

Algunas memorias sí pueden ser extraordinariamente precisas

Al reinterpretar antiguos experimentos mediante un nuevo sistema estadístico denominado análisis de confianza-precisión (CAC analysis), Wixted y varios colegas hallaron algo que descolocó a buena parte de la comunidad científica: en determinadas circunstancias, los testigos muy seguros de su identificación acertaban con una exactitud cercana al 97 por ciento.

El hallazgo no significaba que la memoria hubiera dejado de ser vulnerable ni convertía cualquier testimonio en una prueba fidedigna. Lo relevante era que la confianza inicial puede reflejar precisión bajo condiciones muy concretas y decisivas: la rueda debe organizarse de manera extremadamente cuidadosa, el policía encargado no puede conocer la identidad del sospechoso, las fotografías deben parecerse entre sí y, por último, la seguridad del testigo debe registrarse de forma inmediata, antes de que otras conversaciones o estímulos alteren el recuerdo.

La velocidad de respuesta, por otra parte, adquiere importancia. Las identificaciones rápidas y muy seguras tienden a correlacionarse mejor con recuerdos auténticos. Las dudas prolongadas, por el contrario, acostumbran a esconder memorias más frágiles o contaminadas.

Las identificaciones rápidas y muy seguras tienden a correlacionarse mejor con recuerdos auténticos. Las dudas prolongadas, por el contrario, acostumbran a esconder memorias más frágiles o contaminadas.

Los resultados provocaron un terremoto dentro de la psicología del testimonio. Algunos especialistas consideraban imposible rescatar ninguna fiabilidad sustancial de la memoria humana. Otros defendían que la relación entre confianza y precisión ya era conocida desde hacía tiempo. Entretanto, los datos seguían acumulándose, y la ciencia empezó a descubrir que no todas las memorias son igual de vulnerables ni todas las certezas resultan igual de engañosas.

El sistema judicial continúa moviéndose mucho más despacio

La paradoja emerge aquí con especial claridad. Mientras la investigación sobre memoria evoluciona, buena parte de los tribunales sigue fiándose de procedimientos desarrollados hace décadas. Y eso tiene consecuencias enormes.

Wixted sostiene que el caso de Charles Don Flores ilustra con claridad ese desfase. La primera reacción de Barganier —rechazar la fotografía del acusado— probablemente poseía más valor del que recibió en su momento. Pero el tribunal otorgó muchísimo más peso probatorio a la identificación tardía realizada durante el juicio, cuando el recuerdo ya había atravesado múltiples procesos de contaminación potencial.

En algunos estados del país donde se fundó Innocence Project, una organización sin ánimo de lucro que se dedicada a exonerar a personas condenadas injustamente, lucha por la reforma del sistema penal estadounidense y cita estudios que señalan entre un 1 y un 10 por ciento de inocentes en prisiones que albergan a casi 2 millones de reclusos, comienzan a surgir cambios esperanzadores: Nueva Jersey, por ejemplo, ha adoptado protocolos de doble ciego para las ruedas de reconocimiento. Canadá recomienda registrar inmediatamente el nivel de confianza del testigo tras la identificación. Inclusive, en varias regiones han empezado a grabar en vídeo todo el procedimiento.

No obstante, la justicia continúa tratando numerosos recuerdos como si fueran reproducciones exactas del pasado. Y ahí asoma una cuestión cultural de mayor trascendencia: los seres humanos no dudamos intuitivamente de nuestra memoria porque vivir de otro modo resultaría insoportable; necesitamos creer que aquello de lo que afirmamos acordarnos a la perfección, hasta lo fundamental sobre nuestra vida, se conserva, es estable, no se desfigura nunca.

La ciencia, sin embargo, no halla otra que perseverar en hacer entender que, en ocasiones, nuestros cerebros de primate pueden terminar fabricando una certeza falsa sobre un recuerdo capaz de decidir el destino de una persona. Y, mientras tanto, Charles Don Flores está a la espera de que el Tribunal Supremo estadounidense acepte una revisión de su controvertida condena.

Referencias

Fuente informativa⁣

#ciencia #descubre #cuándo #podemos #confiar #realmente #testigo #por #qué #algunos #recuerdos #han #enviado #inocentes #corredor #muerte