Hay obras que transforman todo el paisaje, otras que alteran la historia, y algunas tan descomunales que cambian el planeta entero de pe a pa. La presa de las Tres Gargantas, en China, pertenece a esta última categoría. Con sus 40.000 millones de metros cúbicos de agua retenidos, consiguió lo impensable: desplazar el eje terrestre dos centímetros y ralentizar su rotación en 0,06 microsegundos por día, según mediciones de la NASA.
Fue un logro técnico colosal, pero también una advertencia silenciosa: la ingeniería humana ya tiene la fuerza de alterar el equilibrio físico del mundo. Y, sin embargo, Pekín no se detiene. En los próximos años planea algo todavía mayor, una presa que podría volver a poner a prueba los límites del planeta.
El nuevo gigante del Tíbet
Según el sitio Reuters, China prepara la que podría ser la presa hidroeléctrica más grande del mundo, un complejo de cinco centrales en cascada sobre el curso inferior del río Yarlung Tsangpo, en el borde oriental de la meseta tibetana.
Allí, el agua desciende 2.000 metros en solo 50 kilómetros, un desnivel casi imposible que convierte a la zona en una fuente de energía potencial gigantesca. El plan es aprovechar esa caída para generar 300.000 millones de kilovatios-hora al año, el equivalente al consumo eléctrico de todo el Reino Unido.
El costo estimado es de 170.000 millones de dólares. Su objetivo: abastecer el Tíbet y buena parte del oeste chino con energía limpia. Su desafío: construir en una de las regiones más frágiles del planeta.
Una presa en la frontera de tres mundos

El Yarlung Tsangpo atraviesa el Tíbet y, al entrar en India, se convierte en el río Brahmaputra. De él dependen millones de personas en el noreste indio y en Bangladesh. Por eso, la noticia del proyecto encendió las alarmas en ambos países.
El ministro principal de Arunachal Pradesh, Pema Khandu, advirtió que una presa de ese tamaño, apenas a 50 kilómetros de la frontera, podría desviar hasta el 80% del flujo del río y alterar el equilibrio hídrico de toda la región.
Las ONG, por su parte, temen por los ecosistemas de la meseta tibetana, una de las zonas con mayor biodiversidad del planeta y, al mismo tiempo, una de las más vulnerables al cambio climático. En palabras de un informe ambiental citado por The Guardian, “cualquier alteración de esa escala en el Tíbet repercutirá en toda Asia”.
A pesar de ello, China insiste: la presa, aseguran, no afectará significativamente el caudal aguas abajo y será construida bajo estrictos estándares ecológicos.
El eco de las Tres Gargantas
La historia, sin embargo, invita a la cautela. La presa de las Tres Gargantas tardó dos décadas en completarse, desplazó a más de un millón de personas y modificó ecosistemas enteros del Yangtsé.
Fue un hito en ingeniería, sí, pero también una lección sobre los efectos secundarios de domesticar un río. Deslizamientos de tierra, erosión, pérdida de hábitats y una alteración tan masiva del equilibrio hidrológico que incluso cambió la inercia del planeta.
Ahora, el nuevo proyecto —que algunos en China ya llaman “el sucesor de las Tres Gargantas”— aspira a multiplicar esa escala. Y con ello, también sus incógnitas.
Energía, poder y geopolítica

Más allá de la ambición energética, la presa del Yarlung Tsangpo es una herramienta geopolítica. Controlar el agua del “techo del mundo” significa tener influencia directa sobre el flujo de los principales ríos del sur de Asia: el Indo, el Mekong, el Brahmaputra. En un futuro marcado por la escasez de agua, el poder fluirá —literalmente— río abajo.
China defiende la obra como parte de su transición hacia la neutralidad de carbono, pero el mensaje subyacente es claro: dominar la energía, incluso la de los ríos más altos del planeta, es una demostración de soberanía tecnológica.
La fuerza de la gravedad (y del ingenio humano)
Los geofísicos no descartan que una presa de este tamaño vuelva a alterar el eje terrestre, aunque sus efectos serían mínimos para la vida cotidiana. Lo simbólico, en cambio, es enorme. Cada megaproyecto como este redefine la relación entre la humanidad y el planeta. Durante siglos, los ríos marcaron los límites del poder; ahora, la ingeniería busca doblarlos a su voluntad.
China la llama “el proyecto del siglo”. Otros la ven como la advertencia del siglo: una prueba de que, mientras intentamos contener la energía de la naturaleza, seguimos sin saber del todo cuál será el precio de hacerlo.
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