Las cifras de 2025 no describen una tendencia: describen un punto de inflexión. China instaló en un solo año más capacidad eléctrica eólica que la que Estados Unidos ha desplegado acumulativamente desde que comenzó a desarrollar esta tecnología. No se trata únicamente de un récord industrial; es una señal de que el centro de gravedad de la transición energética se está desplazando.
Según los datos recopilados por Wood Mackenzie, los pedidos globales de turbinas alcanzaron 215 gigavatios en 2025, la segunda cifra más alta registrada. Aunque el volumen total cayó ligeramente por una pausa estratégica en el mercado interno chino, la expansión exterior de los fabricantes del país fue contundente: los pedidos internacionales crecieron un 66% interanual y triplicaron los niveles de 2023.
El liderazgo industrial ya no es discutible. Ocho de los diez mayores fabricantes mundiales son chinos. Goldwind, Envision y Windey encabezan la lista. Pero el verdadero diferencial no es solo la cuota de mercado: es la escala.
La escala como arma estratégica
China añadió 542,7 GW de nueva capacidad eléctrica a su red en 2025. Ese ritmo de construcción no tiene precedentes contemporáneos. Más allá de la eólica, el país está levantando infraestructura energética a una velocidad que supera la suma histórica de muchos competidores.
El argumento tradicional de que China compite únicamente por precio se ha quedado corto. El salto cualitativo en innovación, especialmente en eólica marina y plataformas de más de 10 MW, muestra que el país no solo fabrica más barato, sino también más grande y más rápido. Estas megaturbinas permiten reducir costes en proyectos a escala de gigavatios, una ventaja decisiva en mercados donde el margen es cada vez más estrecho.
En Oriente Medio y África, las empresas chinas captaron el 95% de la nueva capacidad regional en 2025. El contrato de 3,1 GW firmado por Goldwind en Arabia Saudí simboliza ese avance. Además, China ya produce internamente los componentes clave de plataformas flotantes para aguas profundas, una frontera donde el potencial eólico se multiplica.
El factor regulatorio occidental
Mientras tanto, el entorno regulatorio en Europa y Estados Unidos está introduciendo nuevas tensiones. Mecanismos como el CBAM europeo y la ampliación de aranceles estadounidenses elevan el coste de importar acero y componentes pesados. La política comercial ha entrado en la ecuación energética.
El resultado es una paradoja. La presión climática exige acelerar el despliegue renovable, pero las barreras geopolíticas encarecen los proyectos. La eólica marina europea, por ejemplo, registró una caída del 17% en nuevos pedidos en 2025 debido a reestructuraciones regulatorias, aunque se espera un repunte en 2026 con nuevos esquemas de subvención.
El mercado se encuentra atrapado entre dos fuerzas: la necesidad de turbinas más baratas y la voluntad política de reducir dependencias estratégicas.
Dependencias cruzadas y vulnerabilidades

La industria china tampoco es completamente autosuficiente. Aunque domina el ensamblaje y la producción masiva, depende de módulos lógicos occidentales para el control en tiempo real de turbinas y de componentes electrónicos clave para redes eléctricas avanzadas. La interdependencia tecnológica persiste.
En paralelo, Estados Unidos y Europa enfrentan un desafío estructural distinto: la pérdida de capital humano especializado tras décadas de deslocalización industrial. Recuperar capacidad productiva no implica solo inversión, sino reconstrucción de ecosistemas técnicos completos.
Una transición que ya es geopolítica
La energía eólica ha dejado de ser únicamente un vector climático. Se ha convertido en infraestructura estratégica para industrias intensivas en electricidad, como la inteligencia artificial, y en pieza central de la seguridad energética nacional.
China domina la escala, la velocidad y la ejecución industrial. Occidente conserva ventajas en tecnología crítica y acceso a capital, pero enfrenta mayores fricciones regulatorias. El desenlace no será una victoria absoluta de un bloque sobre otro, sino una negociación forzada por la realidad física: la descarbonización no puede esperar indefinidamente.
La cuestión ya no es quién fabrica más turbinas. Es quién define las reglas del nuevo sistema energético global.
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