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sábado, junio 20, 2026

Hace 90 años una empresa vasca decidió fabricar el «Rolls-Royce de las grapadoras». No le ha ido especialmente bien


¿Qué tienen en común el MoMA, Vladimir Putin, el expresidente colombiano Andrés Pastrana y la veterana reportera Gillian de Bono, quien durante décadas se dedicó a aconsejar a los acaudalados lectores de Financial Times cómo gastar con estilo sus cuartos? La respuesta tiene solo dos caracteres: M5, la grapadora de la marca vasca El Casco. Su nombre quizás no te suene, pero seguro que sí lo hace su imagen, pulcra, eficiente, sofisticada. Tanto, que ha elevado la grapadora a la categoría de arte digno de los escritorios de mandatarios y museos.

A pesar de todo eso y de su historia centenaria, El Casco no ha logrado esquivar la quiebra. Tras declararse en bancarrota, ahora su legado se vende al mejor postor.

El arte de juntar folios. La vida nos ofrece mucha clase de placeres, pero hay uno que desconocíamos hasta que la empresa vasca El Casco se puso a trabajar: el de juntar papeles. Así lo reconoció hace unos años, Gillian de Bono, la veterana reportera de la sección de How I spend it (‘Cómo lo gasto’) del diario Financial Times. En 2017, tras probar la grapadora M5 de la compañía guipuzcoana, reconoció a sus lectores que jamás había disfrutado tanto al grapar unos papeles.

No ha sido la única. El diseño, la eficiencia y sobre todo la elegancia de las grapadoras de El Casco (la M5 es quizás la más famosa y exclusiva, pero en el catálogo de la empresa hay bastantes más modelos) las ha llevado a lugares tan insospechados como la colección del museo MoMA de Nueva York o los escritorios de Vladimir Putin y Andrés Pastrana, además de los despachos de directivos de todo el mundo. Al fin y al cabo, grapar hojas de informes quizás sea una tarea mundana, pero eso no significa que no pueda hacerse con glamour.


Grapadora Casco 5le

«El Roll-Royce de las grapadoras». Quizás la mejor definición de la M5 la dio hace años el diseñador Juli Capella. Para él, recuerda El País, la creación vasca es algo así como «el Rolls-Royce de las grapadoras». Puede sonar a exageración, pero la frase se entiende mejor si se tienen en cuenta varios factores. 

Primero, el diseño del artículo, que ha permitido que en muchos casos pase de padres a hijos y siga cumpliendo su función igual que hace décadas. Segundo, su historia: la empresa que tiene detrás remonta sus orígenes a antes de la Guerra Civil. Tercero, su exclusividad (y precios): en su catálogo online pueden encontrarse diferentes modelos que van de 150 hasta casi 400 euros.

Y sin embargo… Todo lo anterior garantiza a las grapadoras de El Casco un lugar privilegiado en la historia del diseño patrio, pero eso no significa que a nivel empresarial le tengan que ir bien. Al contrario. El paso de las décadas, el cambio de hábitos, la digitalización y la competencia de artículos low cost de Asia ha terminado pasando factura a la compañía, incapaz de equilibrar sus cuentas.

A comienzos de año Tuncalya, la empresa de origen eibarrés detrás de la marca El Casco, se declaró en quiebra y meses después, en mayo, se subastó la mayoría de maquinaria e instalaciones que le permitían fabricar sus grapadoras.

Grapadora
Grapadora

Marcas, dominios y know-how. Ahora llega el segundo (y definitivo) capítulo de su epílogo corporativo. Como recordaba hace unos días El Correo, esta semana se subasta la otra parte de su legado empresarial: una veintena de registros de marca en distintos países, el know-how acumulado tras décadas de actividad, su fondo comercial y una serie de dominios web que seguirán vigentes al menos hasta octubre de 2026 o 2030. La puja la organiza Pacelma Auctions, sale en un Lope único con un precio de partida de 50.000 euros y se enmarca en el procedimiento concursal supervisado por un juzgado de San Sebastián.

Algo más que diseño. Aunque lo que probablemente enamoró a Putin, Pastrana y de Bono es el diseño de las grapadoras, El Casco destaca por otra razón: su historia. Las raíces de la compañía hay que buscarlas en el País Vasco de los 20, cuando Juan Olave y Juan Solozabal (ex empleados de Orbea) fundaron un negocio en Éibar que inicialmente se dedicó a las armas. 

Tras unos años marcados por la Gran Depresión y la Guerra Civil, la compañía decidió apostar por los artículos de oficina. Lo que no cambió fue su mentalidad. «Una grapa debería desfilar por la grapadora con la misma precisión que una bala por el cañón de un revólver», explica Joan Solozábal, nieto del fundador.

Contra viento y marea. A lo largo de su extensa trayectoria la firma se ha encontrado con alguna que otra crisis. En 1937, solo unos años después de que empezara a fabricar artículos de papelería, el negocio sufrió el zarpazo de la Guerra Civil: la localidad sufrió bombardeos que dejaron a la empresa dañada. 

Con el tiempo pudo retomar su actividad, se dotó de una fábrica más amplia y, ya en los 60, reunió a unos 200 empleados. Las crisis de las décadas siguientes, la digitalización y la competencia del low cost sin embargo minaron su negocio.

En 2014 la empresa se vio abocada al concurso de acreedores, una situación delicada que salvó gracias al inversor turco (y antiguo cliente de la firma) Bayrak Vedak. Su desembarco dio un balón de oxígeno a la compañía guipuzcoana, pero no le ha permitido capear plenamente el temporal. Doce años después de aquel episodio crítico y pese a los intentos por reenfocar el negocio, la firma se declaró en quiebra a comienzos de 2026. Ahora su futuro se queda en el aire.

Imágenes | El Casco y Wikipedia

En Xataka | Qué fue de Barreiros, la empresa de automoción española que fabricó los Dodge «made in Spain» en la segunda mitad del siglo XX

Fuente informativa⁣

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