Durante dos décadas, Elon Musk mantuvo una postura inamovible: SpaceX no cotizaría en bolsa hasta que Starship volara de forma regular hacia Marte. Era una línea roja que repetía en entrevistas, conferencias y en redes sociales. Sin embargo, algo cambió.
La compañía se prepara para una salida a bolsa monumental, comparable solo con el debut de Saudi Aramco, y el motivo ya no tiene que ver con cohetes ni con la colonización marciana. La razón es otra y, según Musk, “mucho más significativa”.
La mayor IPO estadounidense nace de un cambio de prioridades
La información revelada por Bloomberg apunta a que SpaceX busca debutar en bolsa en junio del 2026 con una valoración de 1,5 billones de dólares. Sería, con diferencia, la mayor oferta pública de venta jamás registrada en Estados Unidos y una de las más grandes de la historia reciente.
El plan incluye recaudar más de 30.000 millones en efectivo, una cifra que no se justifica únicamente con las necesidades de Starship ni con el crecimiento de Starlink, dos proyectos que ya han atraído inversiones colosales.
Lo verdaderamente interesante es que Musk ha comenzado a insinuar que el core futuro de SpaceX podría desplazarse hacia un área completamente nueva. En varios mensajes recientes en X, el magnate afirmó que la valoración de la empresa crece en función de los avances de Starship, de los ingresos de Starlink “y de una cosa más”, una frase que dejó flotando sin aclarar y que rápidamente se convirtió en objeto de análisis.
Esa “cosa más” sería el inicio de una industria que hasta ahora solo existía en la ciencia ficción: la computación orbital.
Los centros de datos en el espacio no son un capricho: son una solución estructural
Musk y otros expertos del sector tecnológico coinciden en que los centros de datos terrestres están alcanzando sus límites físicos. La inteligencia artificial exige cantidades descomunales de energía, ciclos de refrigeración constantes y una arquitectura que no siempre puede escalar al ritmo de la demanda. El espacio exterior ofrece un entorno radicalmente distinto.
Allí no existe el obstáculo de la atmósfera, el acceso a la luz solar es continuo y uniforme, y la disipación térmica puede gestionarse mediante paneles radiantes en vacío sin necesidad de sistemas complejos basados en agua o aire acondicionado.
Esta visión explica por qué Musk considera que su IPO debe financiar algo más que lanzadores y satélites de Internet. SpaceX tiene ya una constelación de más de 9.000 satélites y una red madura de enlaces láser entre ellos, una infraestructura que permitiría desplegar centros de datos descentralizados capaces de procesar y transmitir enormes volúmenes de información sin tocar la Tierra. En palabras de Musk, sería “la forma más barata de generar bitstreams de IA antes de tres años”.
La idea no es sustituir a Starlink, sino convertirlo en el esqueleto de una nueva capa tecnológica en la órbita terrestre: una nube espacial donde se entrene IA, se procese información científica y se transmitan datos sin los cuellos de botella energéticos y regulatorios terrestres.
SpaceX quiere adelantarse a Google, Nvidia, Amazon y al propio Altman

Este movimiento no ocurre en el vacío. Sam Altman trabaja en proyectos similares; Eric Schmidt y Jeff Bezos exploran su propia estrategia para centros de datos orbitales; Nvidia ha iniciado colaboraciones con startups aeroespaciales; Google desarrolla una iniciativa llamada Suncatcher; y compañías más pequeñas como Aetherflux han anunciado prototipos de “cerebros galácticos” para finales de década.
La diferencia es que SpaceX controla toda la cadena: diseña cohetes, fabrica satélites, opera la red de comunicaciones y está a punto de convertir Starship en un vehículo reutilizable capaz de abaratar el acceso al espacio a niveles nunca vistos. Ninguna otra empresa del planeta puede lanzar decenas de satélites al mes para construir una red de computación orbital desde cero. Ninguna tiene el ecosistema que permitiría pasar del concepto al despliegue en pocos años.
La hoja de ruta de Musk apunta más allá de la Tierra… incluso más allá del lanzamiento tradicional
Las filtraciones sobre la estrategia de SpaceX incluyen escenarios que hace una década habrían parecido pura ciencia ficción: estaciones de ensamblaje en la Luna, fabricación de satélites in situ, rieles electromagnéticos para lanzarlos sin necesidad de cohetes y un plan para añadir hasta 100 GW de capacidad computacional anual a través de redes láser en órbita.
Ese tipo de ambición coincide con la visión original de Musk, pero cambia radicalmente el propósito: la colonización de Marte deja de ser el único destino y se convierte en un elemento más dentro de una infraestructura espacial que alimentará la inteligencia artificial global.
La IPO no es un fin financiero: es la llave para un monopolio de infraestructura

Cuenta Xataka que un informe reciente de ARK Invest proyecta que SpaceX podría alcanzar los 2,5 billones de valoración en 2030, basándose casi exclusivamente en Starlink y en la caída de costes que aportará la reutilización de Starship.
Pero la computación orbital abre una segunda vía de ingresos que no depende de clientes particulares ni de operadores de telecomunicaciones: es infraestructura pura. Infraestructura necesaria, cara, difícil de replicar y con una barrera de entrada gigantesca.
En ese escenario, la salida a bolsa no es solo una operación de liquidez. Es la herramienta para financiar una infraestructura sin precedentes, que permitiría a SpaceX convertirse en el proveedor físico sobre el que funcionará gran parte de la inteligencia artificial del futuro. Internet ya no solo pasaría por Starlink. La IA, directamente, podría entrenarse fuera del planeta.
Musk ya no necesita justificar Marte: necesita construir la red que controlará el futuro computacional
Lo que hace un mes parecía un simple rumor financiero se está convirtiendo en una señal clara de hacia dónde se mueve la industria tecnológica. Musk no saca SpaceX a bolsa porque Starship ya esté lista. Lo hace porque el mundo entero está caminando hacia una dependencia absoluta de la IA, y la infraestructura necesaria para sostenerla no cabe en la Tierra tal como la conocemos.
Si se cumple la hoja de ruta, SpaceX dejará de ser una empresa aeroespacial para convertirse en algo mucho más profundo: la columna vertebral de la computación global, operando en un territorio sin fronteras, sin límites de energía y sin las restricciones que nos atan a un planeta finito.
Y eso, en términos empresariales, vale muchísimo más que Marte.


