Nunca me han gustado demasiado los zoológicos, ¡llámame raro! Pero siendo padre de dos pequeñas de seis años la visita al zoo más cercano en cada salida familiar es obligada. Les encantan los animales, y a quién no. Pero desde el primer parque que visitaron la zona de los primates es su favorita. Al punto de que este año Papá Noel les trajo un hermoso orangután a una y a la otra un precioso chimpancé de peluche. A mí, sin embargo, siempre me cuesta verlos en cautividad. Y cuando, por lo que sea, te cruzan la mirada no me siento cómodo, quizá porque me sé mirado, quizá juzgado.
En su hábitat natural, si es que aún existe, serían muchos más, no los 4 o 5 ejemplares que con suerte alcanzan a ser en los zoológicos. En sus selvas y junglas establecen sus jerarquías, sus alianzas y sus venganzas. Se reconcilian milimétricamente, asumen roles de dominación o sumisión, castigan al díscolo, o al traidor y, si hay paz, se acicalan mutuamente, se despiojan, se rascan y se cuidan amablemente los unos a los otros. Poco de esto tienen en sus jaulas, por muy bien tematizadas que estas estén. Porque son pocos, están solos y lo saben, porque nos ven a nosotros, que somos muchos y también lo saben. ¿Pueden hacer política los chimpancés (1) siendo tres o cuatro miembros? Claro que sí, aunque la posibilidad de juego, conflicto y cooperación sea mucho menor. Pero en los primates la política no aparece solo cuando son muchos, no, aparece cuando hay otros con los que convivir, aunque sean solo dos.
Y, por si ahora mismo dudas, nosotros, tú y yo, también somos primates y convivimos con otros. A partir de ahí empieza todo lo que llamamos política.
La palabra política, para que no se te olvide, no nació para nombrar partidos, ideologías o formas de gobierno, sino algo mucho más elemental. Proviene del griego politikḗ, que significa literalmente “lo relativo a la polis”. Y la polis no es el Estado ni una abstracción jurídica, sino el espacio social físico donde los seres humanos conviven, aprenden, se reconocen y entran en conflicto. Por eso, cuando Aristóteles afirmó que “el ser humano es un animal político”, no estaba diciendo que estuviéramos hechos para gobernar, sino que estamos hechos para vivir con otros.
Si la ética es el modo de relación de los animales humanos, y la moral el código de reglas y normas que regulan ese modo de relación; la política, en su sentido más originario, no es otra cosa que la gestión inevitable de esa convivencia, cómo aplicamos, desarrollamos y transvaloramos esos códigos morales necesarios para inhibir la incertidumbre de qué nos puedan hacer los demás, y nosotros a ellos.
La filosofía lleva más de dos milenios preguntándose, muy seriamente, qué es el ser humano. Es una pregunta legítima y genuina sin duda, y es también la piedra fundamentadora de cualquier construcción filosófica posterior.
Verás, cuando estudiamos a los distintos filósofos y sus corrientes, aunque alguno no contestará directamente a la pregunta por el hombre, sí que somos capaces de inferir qué habrían dicho que es y, de aquellos que sí la contestaron directamente, aún es más fácil saber cómo desarrollaron a partir de ahí sus sistemas filosóficos particulares.
Esto es, si la política es la gestión de la convivencia, resulta inevitable preguntarnos antes qué entendemos por ser humano, ya que no todas las respuestas a esa pregunta conducen al mismo tipo de política. Cada interpretación de lo humano redefinirá el espacio ético y las reglas morales del mismo.
Veamos algunos ejemplos:
Fue Protágoras quien dijo que ‘el hombre es la medida de todas las cosas’, es decir, que no existen verdades absolutas independientes de la percepción humana. Y una vez dicho esto, la política no puede basarse entonces en principios eternos, sino en acuerdos provisionales entre distintos individuos que, además, habrán de cambiar constantemente, tanto en lo personal como en el relevo de unos por otros.
Para el dualista Platón, el ser humano es un alma racional unida a un cuerpo que lo distrae y la arrastra hacia el deseo, hacia lo sensible. El ser humano vive entonces en una especie de tensión permanente entre lo que sabe, o cree saber, y lo que desea, y por eso necesita educación, ley y política: no para que esta sea el reflejo de lo que cada cual cree, sino para ordenar esa división interna y orientar su vida y la de los demás hacia el bien.
Immanuel Kant, por su parte, afirmó que “el ser humano es un fin en su mismo y nunca un medio”. Te lo explico. El ser humano es racional, sí, y capaz de darse leyes a él mismo. No se define por lo que desea ni por lo que le hace feliz, sino por su capacidad de actuar por deber. Por eso su dignidad no depende del éxito ni del placer, y la política no es un ejercicio para hacerlo feliz, sino garantizar las condiciones para que cada cual pueda ser libre, autónomo, y así buscar su felicidad sin atentar contra la libertad de los demás.
Y, para terminar esta enumeración que podría estirarse ad nauseam, Marx nos aseguraba que “el ser humano es un ser social que se produce a sí mismo a través de su trabajo”. Y que no existe una naturaleza humana abstracta al margen de las condiciones materiales de vida. Esto es, lo que somos depende de cómo producimos, de con quién trabajamos y de las relaciones sociales que de ahí se derivan. Y por eso, para él, la política no puede separarse de la economía, pues transformar la sociedad implica transformar las condiciones materiales que hacen posible —o imposible— una vida humana digna.

Lo sorprendente es que, pasados los siglos, y asumidos muchos aciertos y descartados otros tantos errores de definición, seguimos preguntándonos qué es el animal humano y, con ello, qué tipo de política es posible.
En este punto, más allá de discrepancias y matices, Aristóteles sigue ofreciendo una clave difícil de eludir: no somos animales políticos porque votemos, gobernemos o discutamos ideologías, sino porque solo podemos llegar a ser quienes somos viviendo con otros. Reconociéndonos en los demás y, sabiendo para qué somos buenos, actuar en pro de vivir mejor en esa polis, barrio, ciudad, calle o tribu, llámalo como quieras.
Para Aristóteles, ética, moral y política no son ámbitos separados, todo lo contrario: la ética señala qué vida merece la pena ser vivida, la moral sedimenta los hábitos y reglas que hacen posible esa vida en común, y la política organiza la convivencia para que esta pueda sostenerse en el tiempo.
Pensar al ser humano es, por tanto, pensar su modo de relación con los demás y no en él como individuo exento, este es el mayor error que podemos cometer. Quizá es por eso que cuando la etología nos devuelve la mirada de esos primates a los que tanto nos cuesta sostenérsela, no vemos solo un reflejo biológico, ancestral, que nos incomoda, sino una verdad antigua que algunos intentan esconder y otros seguimos intentando hacer ver: que no hay humanidad sin convivencia, que no hay vida buena sin política y que todos los problemas que realmente importan: son éticos.
(1) La política de los chimpancés, de Frans de Waal, demuestra que los chimpancés establecen jerarquías, alianzas y estrategias de cooperación que no dependen únicamente de la fuerza. Su trabajo permite entender la política como una forma primitiva y evolutiva de gestión de la convivencia, anterior a las instituciones humanas. Además tiene fotos en las que podrás encontrar más de un parecido razonable con gente que conoces.


