Durante algunas décadas, la solución a la contaminación lumínica terrestre parecía sencilla: si los telescopios no podían observar desde el suelo, había que enviarlos al espacio. La órbita baja, a unos 500 o 600 kilómetros de altura, era el refugio perfecto: un entorno silencioso, oscuro, sin atmósfera que distorsionara la luz de galaxias lejanas.
Esa idea ha dejado de ser cierta.
La órbita baja se ha convertido en el lugar más concurrido del sistema solar, y los telescopios que alguna vez escaparon de la contaminación terrestre ahora se enfrentan a una nueva forma de obstrucción: la saturación orbital.
Cuando los satélites se vuelven inevitables
Hoy día hay unos 15.000 satélites operativos, pero las solicitudes de licencias que ya están en trámite apuntan a una cifra colosal: medio millón de satélites para finales de la década de 2030. Es una densidad que ningún diseño de misión científica había contemplado.
El motivo por el que estos satélites interfieren es simple física: aunque en la superficie de la Tierra sea de noche, muchos satélites siguen recibiendo luz solar directa. Esa luz rebota en sus superficies —antenas, paneles, estructuras metálicas— y se convierte en un trazo luminoso en el sensor de un telescopio espacial.
Un telescopio apunta a objetos que permanecen “quietos” en el infinito. Y para captarlos necesita exposiciones largas, a veces de horas. Si un satélite cruza su campo de visión durante ese intervalo, la imagen queda marcada por una línea brillante que no solo arruina la fotografía: corrompe los datos científicos, un recurso que no se puede repetir fácilmente.
Los casos más preocupantes: Hubble, SPHEREx y Xuntián
El impacto ya es bastante medible. El Hubble, en órbita desde 1990, registra actualmente entre un 3% y un 4% de imágenes contaminadas. Puede parecer poco, pero las proyecciones indican que esa cifra podría acercarse al 40% en los próximos años. Eso convertiría casi una de cada tres imágenes en material inutilizable.
El panorama es aún peor para las misiones futuras. SPHEREx, diseñado para estudiar los orígenes del universo con un enorme campo de visión, podría encontrarse con prácticamente el 100% de sus capturas afectadas: cuanta más área se fotografía de una sola vez, mayor es la probabilidad de interceptar decenas de satélites en un mismo disparo.
El telescopio chino Xuntián, que orbitará más bajo que el Hubble, enfrentará una situación límite. Al encontrarse “debajo” de las constelaciones Starlink, Kuiper o Guangwang, recibirá un flujo constante de trazos brillantes, casi imposibles de esquivar incluso con software de corrección.
Si estos instrumentos nacieron para escapar del ruido terrestre, la paradoja actual es clara: la órbita baja reproduce el problema que venían a resolver.
Una jaula geométrica invisible
Los astrónomos comparan la situación con observar el universo desde el interior de una jaula cuyos barrotes se multiplican cada día. Aquí la jaula no es física: es geométrica.
Todos los telescopios espaciales de órbita baja comparten la misma envolvente orbital que utilizan las megaconstelaciones de internet. Cada nueva capa de satélites aumenta la probabilidad de que uno cruce el encuadre en plena exposición.
Y las imágenes arruinadas no son un inconveniente menor. Detrás de cada fotografía hay horas de planificación, combustible gastado en ajustes de orientación, ventanas de observación irrepetibles y recursos destinados a calibraciones complejas. Cada línea blanca en una fotografía es, en el fondo, una oportunidad científica perdida.
¿Qué se puede hacer ahora?

Las posibles soluciones existen, pero requieren una coordinación internacional inédita:
- Definir órbitas seguras para telescopios, separadas de las megaconstelaciones.
- Regular la reflectividad de los satélites, obligando a fabricantes a reducir su brillo.
- Compartir trayectorias en tiempo real, para que los observatorios puedan programar exposiciones sin cruces inevitables.
- Limitar el número total de lanzamientos, una discusión que aún no ha encontrado consenso.
Sin regulación global —algo que no existe en el ámbito orbital—, el espacio cercano a la Tierra puede convertirse en un entorno científicamente inutilizable.
El futuro inmediato
La situación no es catastrófica… todavía, pero va camino de serlo. Al ritmo actual de despliegue, en apenas una década ningún telescopio de órbita baja podrá operar sin interferencias constantes. Y eso afecta a prácticamente toda la astronomía observacional del siglo XXI: materia oscura, energía oscura, exoplanetas, cúmulos lejanos, evolución galáctica.
La ironía final es amarga: Hemos lanzado satélites para conectar el mundo, pero en el proceso estamos desconectándonos de nuestro propio universo.


