lunes 9 febrero 2026

El Gran Colisionador de Hadrones no solo sirve para buscar nuevas partículas. También está calentando hogares y comercios en la frontera franco-suiza

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Cuando pensamos en el Gran Colisionador de Hadrones, solemos imaginar una máquina gigantesca enterrada bajo tierra, chocando partículas para entender el origen del universo. Lo que casi nadie asocia al LHC es algo tan mundano como la calefacción. Sin embargo, en la frontera entre Francia y Suiza, parte del calor que genera el acelerador de partículas ya se está usando para calentar casas y comercios cercanos. Ciencia de vanguardia, con un efecto muy doméstico.

El calor que antes se perdía ahora calienta ciudades

© CERN.

El LHC recorre 27 kilómetros bajo tierra y necesita una infraestructura enorme para funcionar: sistemas criogénicos, electrónica de potencia, imanes superconductores y refrigeración constante. Todo eso genera calor residual. Hasta hace poco, ese calor se disipaba en la atmósfera a través de torres de refrigeración. Energía desperdiciada.

El CERN ha conectado parte de ese calor sobrante a una red de calefacción urbana en la zona de Ferney-Voltaire, en Francia. Mediante intercambiadores térmicos, el agua caliente que enfría los equipos del LHC transfiere su energía a la red que abastece viviendas, edificios públicos y comercios. Es un cambio de enfoque: tratar el calor no como un problema que hay que eliminar, sino como un recurso que se puede reutilizar.

De la física de partículas al salón de tu casa

La idea resulta casi irónica. Una de las máquinas más sofisticadas jamás construidas por el ser humano, diseñada para explorar las leyes fundamentales del universo, acaba contribuyendo a algo tan básico como mantener una casa caliente en invierno. Dos mundos que rara vez se tocan: la investigación de frontera y la infraestructura urbana.

En términos de potencia, el sistema puede aportar varios megavatios térmicos a la red local. No sustituye por completo a otras fuentes de calefacción, pero reduce de forma notable la dependencia de combustibles fósiles para cubrir la demanda térmica de la zona. Para miles de hogares, el calor que sale del LHC es ya parte de su día a día, aunque muchos ni siquiera lo sepan.

Un ejemplo de cómo reaprovechar infraestructuras gigantes

El Gran Colisionador de Hadrones no solo sirve para buscar nuevas partículas. También está calentando hogares y comercios en la frontera franco-suiza
© CERN.

Lo interesante del caso del CERN es que no se trata de una central térmica diseñada para producir calor, sino de un subproducto de una infraestructura científica. Este enfoque encaja con una tendencia más amplia en Europa: reutilizar el calor residual de centros de datos, industrias o plantas de tratamiento de agua para alimentar redes de calefacción urbana.

La diferencia es el simbolismo. El LHC se ha convertido en un ejemplo visible de cómo incluso las grandes instalaciones de investigación pueden integrarse en un modelo energético más circular. Donde antes había vapor saliendo de torres de refrigeración, ahora hay tuberías que llevan energía útil a edificios cercanos.

¿Es el futuro de la calefacción urbana?

Este modelo no es una solución universal. No todas las ciudades tienen un acelerador de partículas bajo sus pies. Pero la lógica es exportable: aprovechar el calor que hoy se desperdicia en grandes infraestructuras. Centros de datos, fábricas, redes de metro o instalaciones científicas generan enormes cantidades de energía térmica que, con la infraestructura adecuada, podrían calentar barrios enteros.

En un contexto de transición energética, cada megavatio reutilizado cuenta. El caso del LHC no va a resolver el problema global de la calefacción, pero sí lanza un mensaje potente: incluso la física de partículas puede tener un impacto directo en la vida cotidiana. A veces, las grandes ideas no solo sirven para entender el universo, sino también para encender la calefacción.

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