Hay infraestructuras que se retiran cuando dejan de ser útiles. Otras se convierten en ruinas industriales, recordatorios de una época tecnológica concreta. La Estación Espacial Internacional está en ese punto incómodo: sigue funcionando, pero su fecha de caducidad ya tiene año marcado. El plan oficial de la NASA es retirarla en 2030 y hacerla reentrar de forma controlada en la atmósfera para que se desintegre sobre el Pacífico. Sin embargo, una idea que parecía archivada vuelve a asomar: no destruirla todavía, sino “aparcarla” en una órbita más alta como si fuera un puerto orbital en pausa.
No es una cuestión sentimental. Detrás hay dinero público, 25 años de operaciones y una infraestructura que, con todos sus achaques, sigue siendo el mayor laboratorio humano jamás construido fuera de la Tierra.
El final previsto: una caída controlada al océano
La hoja de ruta actual es clara. A partir de 2030, las agencias que participan en la ISS pondrán fin a sus operaciones conjuntas. Para evitar una reentrada descontrolada —un escenario con riesgos inaceptables para la población—, la NASA ha encargado a SpaceX el desarrollo de un vehículo específico capaz de empujar a la estación fuera de órbita de forma precisa.
El objetivo no es frenar la ISS por completo, sino reducir ligeramente su velocidad orbital para que la fricción atmosférica haga el resto del trabajo. En términos de física, basta un “empujón” de decenas de metros por segundo para que un objeto de cientos de toneladas pase de orbitar la Tierra a caer de forma progresiva hacia su destrucción en la atmósfera. Es una maniobra compleja, pero mucho más realista que intentar desmontar la estación o traerla de vuelta por partes.
La alternativa: subirla y dejarla en espera
Lo que ha reactivado el debate no es un cambio técnico inmediato, sino un movimiento político. Legisladores estadounidenses han pedido a la NASA que vuelva a analizar una opción que en el pasado se consideró inviable: elevar la órbita de la ISS a una altura mucho mayor, donde la fricción atmosférica sea tan débil que la estación pueda permanecer décadas —o incluso siglos— sin caer.
En teoría, a mayor altura, más tiempo de “vida pasiva” tendría la estación antes de que la gravedad y el rozamiento con las capas superiores de la atmósfera la arrastren hacia abajo. A alturas intermedias podría mantenerse durante un siglo; en órbitas aún más altas, el horizonte temporal se mide en miles de años. El concepto suena tentador: conservar una infraestructura única como posible plataforma futura para misiones, experimentos o tecnologías que hoy ni siquiera existen.
Por qué no es tan sencillo como parece
Elevar una estructura del tamaño y masa de la ISS no es una maniobra trivial. Requiere enormes cantidades de propelente y vehículos capaces de acoplarse a la estación sin comprometer su estructura. Los sistemas actuales no están diseñados para esa tarea. Incluso los cohetes más ambiciosos en desarrollo tendrían que superar desafíos de ingeniería considerables para mover de forma segura un objeto tan grande y delicado.
A esto se suma otro problema: el entorno orbital. Las órbitas más altas concentran una mayor cantidad de basura espacial. Fragmentos de satélites, restos de colisiones y objetos fuera de servicio se mueven a velocidades tan altas que un impacto puede ser catastrófico. Mantener la ISS en una órbita elevada durante décadas implicaría exponerla a un entorno más peligroso, justo cuando su estructura ya acusa el paso del tiempo.
Desmontarla, reciclarla o venderla: opciones casi imposibles

Sobre el papel, existen otras alternativas: desmontar la estación módulo a módulo para reutilizar piezas, o transferirla a operadores privados. En la práctica, estas opciones rozan la ciencia ficción logística. Desmontar la ISS requeriría un número enorme de misiones tripuladas y paseos espaciales, con riesgos acumulativos para las tripulaciones. Además, los módulos fueron diseñados con estándares de otra época y no encajan fácilmente con las arquitecturas espaciales modernas.
La privatización tampoco es un camino claro. Mantener operativa una estación de este tamaño exige una infraestructura de soporte que hoy solo pueden permitirse grandes agencias estatales. El coste de mantenerla “viva” podría superar con creces el valor práctico que aportaría en su estado actual.
El dilema de fondo: cerrar un capítulo o dejar la puerta abierta
Más allá de la ingeniería, el debate sobre el destino de la ISS refleja una transición más amplia. La NASA y sus socios están moviendo su foco hacia estaciones comerciales en órbita baja y hacia la exploración más allá de la Tierra, con la Luna y Marte como próximos hitos. En ese contexto, la ISS representa el final de una era: la del gran proyecto internacional permanente en órbita terrestre baja.
“Destruirla” es, en cierto modo, una forma de cerrar ese capítulo de manera ordenada. “Aparcarla” en una órbita alta sería lo contrario: dejar una puerta abierta al pasado, con la esperanza de que el futuro encuentre una forma de reutilizarlo. El problema es que conservar algo en el espacio no es gratis ni neutro. Cada opción implica costes, riesgos y decisiones estratégicas sobre qué tipo de presencia humana queremos mantener en la órbita de la Tierra en las próximas décadas.
La ISS no va a durar para siempre. La pregunta ya no es si desaparecerá, sino cómo queremos que lo haga: como una estrella fugaz que se apaga en el Pacífico o como un vestigio suspendido en el vacío, recordándonos que incluso las grandes obras del espacio tienen fecha de caducidad.


