Durante años, la expansión de Arabia Saudí en el sector del videojuego se percibía como una serie de inversiones dispersas. Hoy, el patrón es mucho más claro: el país está construyendo, pieza a pieza, una posición dominante en uno de los negocios culturales más rentables del planeta. Tras entrar en desarrolladoras, ligas de esports y grandes editoras, el siguiente objetivo apunta al mercado móvil, el segmento más lucrativo de toda la industria.
El móvil como nuevo campo de batalla
Los videojuegos para móviles generan más ingresos que el PC y las consolas juntas. Son baratos de producir en comparación, se monetizan durante años mediante micropagos y tienen una penetración brutal en mercados emergentes. Para cualquier actor que quiera asegurarse un flujo de caja constante en el gaming, controlar estudios móviles de primer nivel es una jugada casi obvia.
Según el artículo publicado en Kotaku, la posible compra de una gran desarrolladora de móviles no es un movimiento aislado, sino una extensión lógica de una estrategia que ya ha llevado a Arabia Saudí a hacerse con compañías especializadas en juegos como servicio, títulos sociales y experiencias free-to-play. Es, en términos empresariales, una apuesta por la parte menos glamurosa del sector… pero la que más dinero genera.
Un imperio construido a base de participaciones
El reino no se ha limitado a comprar estudios pequeños. A través de su fondo soberano y de distintas filiales, ha ido tejiendo una red de participaciones en empresas clave del ecosistema: desarrolladoras, organizadores de esports, plataformas de publicación y estudios con IP reconocidas. No controla todas estas compañías, pero sí tiene influencia suficiente como para estar presente en decisiones estratégicas del sector.
Este tipo de posicionamiento recuerda más a una estrategia de “infraestructura cultural” que a simples inversiones financieras. Arabia Saudí no solo quiere rentabilidad: quiere estar dentro de la cadena de valor del entretenimiento digital global.
Dinero, imagen y poder blando
Detrás de esta ofensiva hay una lógica política y económica. Por un lado, diversificar la economía para reducir la dependencia del petróleo. Por otro, proyectar una imagen de modernización tecnológica en un sector con enorme impacto cultural entre los jóvenes de todo el mundo. Los videojuegos funcionan como una herramienta de poder blando: generan menos fricción política que otros ámbitos y permiten asociar la marca país con ocio, innovación y cultura digital.
Este enfoque explica por qué las inversiones se concentran en gaming y esports: son industrias globales, con audiencias transversales y una narrativa de modernidad difícil de replicar en otros sectores tradicionales.
El silencio de los reguladores y la pregunta incómoda
Uno de los aspectos más llamativos de esta expansión, explican en Kotaku, es la escasa reacción regulatoria. En otros sectores estratégicos, movimientos de este calibre suelen levantar alarmas antimonopolio o de seguridad económica. En el videojuego, el escrutinio ha sido menor, pese a que el móvil es un mercado especialmente concentrado y sensible en términos de datos, monetización y control de plataformas.
Si el reino termina controlando varias de las grandes productoras móviles, la pregunta ya no será solo económica, sino cultural: ¿qué implica que una parte significativa del entretenimiento digital global dependa de un mismo actor estatal?
Arabia Saudí no está comprando videojuegos por capricho. Está comprando tiempo, influencia y una posición privilegiada en el ocio del futuro. El mercado móvil es la siguiente ficha del dominó: menos visible que una gran editora de consola, pero infinitamente más rentable. Y cuando el objetivo es construir poder a largo plazo, la rentabilidad suele pesar más que el prestigio.


