martes 17 febrero 2026
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China puso robots humanoides a practicar kung-fu en su mayor espectáculo televisivo. Lo que parecía una coreografía es en realidad una señal política y tecnológica

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La robótica suele aparecer asociada a fábricas, laboratorios o ferias tecnológicas. Esta vez, el escenario fue otro: el living de millones de hogares chinos en la noche televisiva más vista del año. En la Gala de la Fiesta de la Primavera, los robots humanoides no entraron como una demostración técnica, sino como parte de un relato cultural cuidadosamente armado. No se trataba de mostrar lo que las máquinas pueden hacer, sino de decidir cómo deben ser vistas por la sociedad.

El escenario como mensaje: cuando la tecnología entra en la cultura popular

© YouTube / CCTV Video News Agency.

La Gala de la Fiesta de la Primavera no es un programa más. Es un ritual mediático que acompaña el inicio del Año Nuevo Lunar y que funciona como un espejo de las prioridades simbólicas del país. Lo que aparece ahí no solo entretiene: define qué temas, estéticas y valores merecen ocupar el centro del escenario nacional. En ese contexto, poner robots humanoides a ejecutar una coreografía no equivale a una simple exhibición técnica. Es una operación cultural.

El gesto es sutil pero potente: la robótica deja de ser algo que ocurre en entornos especializados y se convierte en parte del paisaje emocional de una celebración familiar. Ver a un robot compartir escena con artistas humanos en una noche asociada a la reunión, la tradición y el hogar es una forma de normalizar su presencia. El mensaje no es “miren qué avanzados son nuestros robots”, sino “acostúmbrense a que convivan con nosotros”.

Kung-fu como lenguaje compartido entre humanos y máquinas

La elección de las artes marciales como eje de la coreografía tampoco es inocente. El kung-fu no solo es un recurso visual espectacular, sino un lenguaje cultural profundamente arraigado en el imaginario chino. Al hacer que los robots ejecuten movimientos de combate tradicionales, se les inserta simbólicamente en una genealogía cultural que va mucho más allá de la tecnología.

Aquí hay un giro interesante: los robots no imitan gestos cotidianos, sino una práctica cargada de significado histórico y emocional. Esa apropiación convierte a la máquina en algo menos ajeno. No es un brazo mecánico aislado en una fábrica, es una figura que dialoga con símbolos reconocibles para el público. En otras palabras, la tecnología se traduce a un idioma cultural que millones de personas ya entienden.

Televisión masiva como herramienta de legitimación tecnológica

China puso robots humanoides a practicar kung-fu en su mayor espectáculo televisivo. Lo que parecía una coreografía es en realidad una señal política y tecnológica
© YouTube / CCTV Video News Agency.

La televisión generalista sigue teniendo en China un poder de alcance que pocos formatos igualan. Colocar a los robots humanoides en el evento anual más visto del planeta es, en la práctica, una forma de validación pública. No se trata de convencer a expertos ni a inversores, sino de construir aceptación social a gran escala.

Ese tipo de exposición cumple una función que rara vez se menciona en los discursos sobre innovación: preparar el terreno psicológico. La tecnología no solo necesita ser funcional, también necesita ser aceptada. Integrarla en un espectáculo festivo, asociado a emociones positivas, es una manera de reducir la sensación de extrañeza o amenaza que suele acompañar a las máquinas humanoides. Lo que podría percibirse como inquietante se presenta como parte del entretenimiento.

De la narrativa televisiva al proyecto industrial

Este tipo de escenas encaja con una estrategia más amplia de China en torno a la robótica y la automatización. La apuesta por los robots humanoides no se limita al laboratorio ni a la fábrica: también se juega en el terreno del relato público. Mostrar máquinas “amigables”, coordinadas con personas y capaces de participar en eventos culturales sirve para suavizar la transición hacia una mayor presencia de sistemas automatizados en la vida cotidiana.

Hay una diferencia clave entre desarrollar tecnología y lograr que la sociedad la incorpore sin fricciones. En ese sentido, el espectáculo funciona como un ensayo cultural de un futuro en el que la interacción humano-máquina será más común. No es tanto una promesa de lo que los robots harán mañana, sino un entrenamiento colectivo para convivir con ellos.

Más que un show: una postal del futuro que se quiere construir

Al final, lo que quedó grabado en la retina de millones de espectadores no fue un avance técnico concreto, sino una imagen: humanos y robots compartiendo escenario en una de las celebraciones más importantes del año. Esa postal condensa una idea de futuro en la que la tecnología no se percibe como algo externo o distante, sino como parte integrada de la experiencia social.

La pregunta que deja flotando la escena no es cuán precisos fueron los movimientos de los robots, sino qué tan natural nos resultará verlos ocupar otros espacios más allá del espectáculo. Si hoy aparecen en un escenario festivo, mañana podrían hacerlo en escuelas, centros comerciales o entornos de cuidado. El show de kung-fu puede haber durado unos minutos, pero su verdadero efecto es más duradero: empieza a moldear la forma en que una sociedad imagina su relación con las máquinas.

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