Hasta ahora, el coche eléctrico era un consumidor final de energía. China quiere que pase a ser productor. El Gobierno ha comenzado a probar miles de estaciones de carga bidireccional capaces de devolver electricidad a la red en las horas de mayor tensión. Y lo sorprendente es que el sistema no solo funciona: promete pagar hasta 170 euros por descarga. La clave es que ningún otro país tiene la escala, la flota ni la infraestructura necesarias para intentarlo.
China quiere que sus coches funcionen como una batería nacional
El concepto no es para nada nuevo. La idea de que un vehículo eléctrico pueda descargar energía en la red —lo que técnicamente se conoce como V2G, vehículo a red— apareció hace más de una década. Pero siempre se quedó en pequeñas pruebas o programas piloto que nunca pasaron de unas pocas decenas de vehículos. Lo de China es otro nivel: aspiran a integrar millones de coches eléctricos en un plan energético que pueda sostener picos de demanda y reducir la dependencia del carbón.
Hoy mismo, el país tiene más de 40 millones de coches eléctricos circulando, y ese simple dato cambia por completo la ecuación. Cada uno es, en esencia, una batería gigantesca que se mueve por la ciudad. Si esas baterías pueden conectarse, coordinarse y equilibrar el sistema eléctrico, el país no solo gana estabilidad: gana independencia y reduce la necesidad de activar centrales térmicas en momentos críticos.
El sistema ya está en marcha: ciudades piloto, 30 estaciones y pagos de hasta 170 euros
Rest of World detalla que China ha instalado 30 estaciones bidireccionales en nueve ciudades, y todas funcionan bajo un principio muy claro: almacenar energía cuando es barata y devolverla cuando el país necesita refuerzo. En las pruebas, los propietarios de coches eléctricos recibieron hasta 1.400 yuanes (unos 170 euros) por cada ciclo completo de descarga.
El plan a gran escala es aún más ambicioso. Para 2027 quieren tener 5.000 estaciones activas, y en 2030 aspiran a que la capacidad energética combinada alcance 1.000 millones de kilovatios. Es una cifra que ningún otro estado podría soñar con centralizar, sencillamente porque ningún otro tiene una flota eléctrica ni remotamente parecida.
Las ventajas energéticas de una flota inmensa y extremadamente disciplinada
China ha entendido que la clave no es solo fabricar coches eléctricos, sino conectarlos a un sistema que los convierta en infraestructura nacional. Mientras Estados Unidos reabre centrales nucleares y Europa discute sobre combustibles fósiles, el país asiático está creando una red de baterías móviles que respira al ritmo del consumo doméstico.
La lógica es bastante clara: si 40 millones de coches absorben energía cuando las fábricas paran o cuando el sol aún ilumina los paneles solares, y la devuelven cuando cae la noche o se dispara el aire acondicionado en verano, el sistema gana una elasticidad inédita. Es un modelo que reduce la presión sobre las centrales, aprovecha mejor las renovables y abarata el precio real de la electricidad para los ciudadanos.
La tecnología no está lista del todo, pero China ha decidido no esperar

La carga bidireccional todavía presenta desafíos importantes. Uno de ellos es el precio de los cargadores, que puede triplicar el coste de un sistema tradicional. Otro es que no todos los coches del mercado son compatibles con V2G, lo que significa que pasarán años hasta que la flota pueda integrarse de forma masiva.
El último obstáculo es la degradación de las baterías. Muchos conductores temen que un uso constante de carga y descarga reduzca la vida útil de sus vehículos. En la mayoría de los países, estos tres factores habrían paralizado cualquier iniciativa. En China, no. El Gobierno ha decidido avanzar, subsidiar e impulsar la tecnología con la velocidad que suele caracterizar su transición energética.
Un país que quiere transformarse en un “electroestado”
Hace apenas dos décadas, China era uno de los grandes contaminadores del planeta. Hoy sigue dependiendo del carbón, pero está experimentando un giro radical. El despliegue de parques solares gigantescos, la presa de las Tres Gargantas y la nueva red V2G forman parte de un objetivo que parece muy claro: convertirse en una superpotencia eléctrica.
Si los coches eléctricos logran integrarse plenamente en esa visión, el país tendrá algo sin precedentes: la mayor batería distribuida de la historia. Una infraestructura capaz de estabilizar ciudades enteras y ofrecer energía cuando el resto del mundo sigue peleando por el combustible del mañana.
La carrera hacia ese futuro ya ha empezado. Y, una vez más, empieza en China.



