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¿De verdad las redes sociales propagan más fácilmente las noticias falsas que la verdad? 


Un estudio con 4.607 personas cuestiona una de las grandes certezas de la era digital: fuera del empuje de los algoritmos, los seres humanos tienden a considerar más persuasivos, interesantes y compartibles los mensajes veraces que los falsos.

Durante años, la velocidad con la que los bulos han atravesado redes sociales, debates públicos y conversaciones privadas ha alimentado la impresión de que la falsedad posee una suerte de ventaja natural, una energía oscura especialmente adaptada al mundo digital. Pero esa intuición, tan repetida como inquietante, podría estar confundiendo el comportamiento humano con la arquitectura de las plataformas.

Eso es, precisamente, lo que sugiere un nuevo trabajo publicado en Journal of Personality and Social Psychology: cuando se eliminan de la ecuación los algoritmos, los bots y los incentivos del diseño social media, las personas no parecen inclinarse espontáneamente por la mentira. Al contrario, los mensajes elaborados con intención de ser verdaderos resultan, en promedio, más persuasivos y más dignos de ser compartidos que aquellos diseñados para engañar. 

La conclusión no borra el problema de la desinformación, pero sí desplaza el foco: quizá el problema no sea tanto una supuesta pasión humana por lo falso como el entorno técnico que amplifica ciertos contenidos. El estudio principal lo plantea con claridad.

La investigación, liderada por Nicolas Fay, de la University of Western Australia, reunió a 4.607 participantes de entre 18 y 99 años en cuatro experimentos. Dos de ellos giraban en torno a un “juego de persuasión”, en el que se pedía redactar mensajes breves para convencer a otros sobre una afirmación; los otros dos se centraban en un “juego de atención”, orientado a escribir mensajes capaces de atraer miradas. 

En unos casos los mensajes fueron escritos por personas; en otros, por GPT-3.5 siguiendo las mismas consignas. Después, un amplio grupo adicional evaluó esas piezas según su veracidad percibida, fuerza persuasiva, tono emocional e intención de compartirlas. 

La verdad, cuando compite en campo abierto

El hallazgo central tiene algo de reivindicación casi moral, pero está sostenido por datos: los mensajes veraces convencen más. A lo largo de los cuatro experimentos, las piezas redactadas con intención de decir la verdad fueron valoradas como más persuasivas, más interesantes y más eficaces a la hora de modificar las creencias de quienes las leían en la dirección del mensaje propuesto. Las falsas, por el contrario, tendían incluso a producir el efecto inverso: en vez de acercar al receptor a la afirmación, podían alejarlo.

Este resultado resulta especialmente sugerente porque contradice la lectura simplificada que se desprendió de investigaciones previas sobre redes sociales. En 2018, un célebre análisis de Science observó que en Twitter las noticias falsas se difundían más lejos, más rápido y con mayor amplitud que las verdaderas. 

Aquel trabajo fue decisivo para comprender la magnitud del problema, pero estudiaba un entorno ya moldeado por la lógica de la plataforma. Ese estudio de 2018 describía lo que ocurría en Twitter; el nuevo estudio pregunta qué prefieren las personas cuando ese ecosistema deja de empujar la conversación. 

La diferencia es crucial. No es lo mismo observar una plaza que una máquina. Si una falsedad se vuelve viral en una red social, eso no demuestra necesariamente que el ser humano la encuentre intrínsecamente superior; también puede indicar que ciertos sistemas de recomendación premian lo llamativo, lo incendiario o lo emocionalmente reactivo. El nuevo trabajo sugiere que, en ausencia de esa maquinaria, la verdad conserva una ventaja competitiva nada desdeñable. 

Compartimos menos por verdad que por vínculo

Ahora bien, el estudio introduce un matiz decisivo. La veracidad no fue el principal motor del acto de compartir. Según los resultados, lo que más impulsó la disposición a difundir un mensaje fue el tipo de emoción positiva que despertaba y su capacidad para favorecer la interacción social. Dicho de otro modo: al compartir, las personas no siempre están premiando la exactitud, sino también aquello que les permite conectar, conversar, mostrarse ante otros o participar en una pequeña comunidad emocional.

Este punto ayuda a comprender por qué la desinformación sigue siendo peligrosa. Una mentira no necesita ser más creíble para circular; le basta con ser funcional en el plano social. Si provoca sorpresa, reafirma identidades o enciende la conversación, puede encontrar combustible. 

Crédito: Sergio Parra

Eso encaja con una literatura más amplia sobre cognición y creencias, incluida la investigación sobre el “efecto de verdad ilusoria”, que muestra cómo la repetición puede aumentar la sensación de veracidad incluso cuando no mejora la calidad de la información. El nuevo estudio no niega esos mecanismos; simplemente indica que, en igualdad de condiciones, la verdad parte con mejores cartas de las que solemos concederle. 

También hubo otro resultado llamativo: cuando los participantes podían escribir sin restricciones, tendían espontáneamente hacia la veracidad. Sus mensajes libres fueron valorados como casi tan veraces como aquellos redactados bajo instrucciones explícitas de decir la verdad. Incluso cuando la consigna consistía en captar atención, la relajación de la precisión no mejoró ni el interés ni la intención de compartir. Es decir, adornar el mensaje con falsedad para hacerlo más vistoso no ofreció la recompensa esperada. 

La lección incómoda para las plataformas

El trabajo deja, además, una observación tan fascinante como inquietante: los mensajes generados por GPT-3.5 fueron evaluados como más persuasivos y más compartibles que los escritos por humanos, en especial cuando el modelo recibía la instrucción de producir contenido veraz. No significa que la inteligencia artificial sea “más sabia”, sino que puede empaquetar mensajes con una densidad persuasiva muy alta. En un mundo saturado por textos generados automáticamente, esto abre preguntas delicadas sobre el futuro de la deliberación pública. 

Conviene, no obstante, no convertir un hallazgo prometedor en dogma. Los autores reconocen límites importantes: el estudio se realizó en un entorno controlado, no reproduce toda la complejidad del ecosistema real y se apoya sobre todo en participantes occidentales y educados. 

Tampoco examinó en profundidad variables cruciales como la repetición, la credibilidad de la fuente o la estructura de las redes sociales. Aun así, su fuerza reside en haber separado, aunque sea provisionalmente, la psicología humana del andamiaje tecnológico que hoy organiza gran parte de la conversación pública. 

Quizá ahí resida la parte más luminosa de esta historia. La verdad no parece haber perdido su poder; simplemente compite en escenarios deformados. Durante años hemos mirado la viralidad de los bulos como si fuera un espejo del alma humana. Este estudio invita a pensar que ese espejo estaba curvado. Y que, bajo el estruendo de las notificaciones y la ingeniería de la atención, sigue subyaciendo una inclinación más sobria y esperanzadora: la de escuchar, creer y compartir aquello que, sencillamente, se parece más a lo cierto. 

Referencias

  • Fay, Nicolas, Keith J. Ransom, Bradley Walker, Piers D. L. Howe, Andrew Perfors, and Yoshihisa Kashima. “Truth over Falsehood: Experimental Evidence on What Persuades and Spreads.” Journal of Personality and Social Psychology, advance online publication, September 29, 2025.https://doi.org/10.1037/pspa0000467
  • Vosoughi, Soroush, Deb Roy, and Sinan Aral. “The Spread of True and False News Online.” Science 359, no. 6380 (2018): 1146–1151.https://doi.org/10.1126/science.aap9559.
  • Hassan, Arif, and Sarah J. Barber. “The Effects of Repetition Frequency on the Illusory Truth Effect.” Cognitive Research: Principles and Implications 6, no. 1 (2021): Article 38.https://doi.org/10.1186/s41235-021-00301-5

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