Hay fósiles que responden preguntas y otros que, en realidad, las empeoran. El celacanto pertenece a esa segunda categoría. Desde que este linaje de peces salió del terreno de la paleontología para regresar al mundo de los vivos en el siglo XX, convertido en icono de los llamados “fósiles vivientes”, su anatomía ha funcionado como una especie de archivo profundo de la historia vertebrada. Pero ese archivo está lleno de capítulos borrosos.
Uno de los más intrigantes estaba escondido en el interior del cuerpo. Los celacantos fósiles conservan una gran cavidad reforzada por placas óseas, una estructura que durante años se interpretó sobre todo como un pulmón primitivo. La idea tenía sentido: estamos hablando de sarcopterigios, el gran grupo de peces de aletas lobuladas del que acabarían emergiendo, mucho más tarde, los vertebrados terrestres. Si había un órgano con aspecto de pulmón, lo lógico era pensar en respiración.
Sin embargo, había algo que no terminaba de encajar. En varias especies extinguidas, ese órgano aparecía demasiado reforzado, demasiado “trabajado” anatómicamente como para limitarse a una función pasiva. Además, el celacanto actual, Latimeria chalumnae, conserva solo un pulmón vestigial y vive en profundidad, donde la respiración aérea dejó de tener sentido hace mucho. La pregunta, entonces, no era solo qué fue ese órgano, sino qué había llegado a ser antes de desaparecer casi por completo.
La respuesta empieza lejos de los océanos actuales y mucho antes de la aparición de los mamíferos. En yacimientos del Triásico de Lorena, en el este de Francia, varios ejemplares excepcionalmente conservados han permitido reconstruir con un detalle inusual la anatomía interna de dos celacantos de hace unos 240 millones de años. Y ahí, en ese puzzle de huesos, cavidades y canales, los investigadores empezaron a ver algo más que un simple órgano respiratorio.
Un órgano extraño, una pista aún más extraña
El trabajo, publicado en Communications Biology, se apoyó en escaneos de microtomografía por contraste de fase mediante sincrotrón, una técnica capaz de leer el interior de un fósil con resolución microscópica. Tal y como indica el estudio, los ejemplares de Graulia branchiodonta y Loreleia eucingulata mostraban un pulmón osificado dividido en cámaras y, sobre todo, una característica inesperada: unas proyecciones óseas anteriores en forma de “alas”.
Ese detalle es importante porque en paleontología casi nunca manda una sola pieza, sino la relación entre varias. Y esas “alas” aparecían justo en la zona donde ese órgano se aproximaba al eje corporal y, potencialmente, a la región del cráneo. Por sí solas no prueban nada. Pero combinadas con la anatomía del oído interno del celacanto moderno, empezaban a dibujar una hipótesis mucho más ambiciosa.
Para probarla, los autores no se quedaron en los fósiles. También analizaron crías y un adulto de Latimeria chalumnae. Lo que encontraron en el oído interno fue una arquitectura más compleja de lo que se pensaba: un sistema de canales perilináticos y cavidades conectadas a estructuras sensoriales asociadas a la detección del sonido. No era un detalle menor ni una curiosidad anatómica. Era, en esencia, la otra mitad de una posible maquinaria sensorial.
Y ahí es donde el relato cambia por completo. Porque el pulmón osificado de aquellos celacantos triásicos no habría servido solo para intercambiar gases. También pudo actuar como una cámara llena de aire capaz de captar variaciones de presión en el agua y transmitirlas al oído interno. En otras palabras: aquellos peces probablemente usaban el pulmón para oír.
El hallazgo que reescribe cómo “escuchaban” algunos vertebrados antiguos
La idea puede parecer extraña, pero no es absurda. En el agua, el sonido se comporta de forma muy distinta que en el aire. Y para detectarlo con precisión no basta con tener un oído interno: hace falta, muchas veces, una estructura que amplifique o transforme esas variaciones de presión. Algunos peces modernos lo consiguen mediante la vejiga natatoria, conectada al oído por adaptaciones especializadas.
Tal y como indican los autores, los celacantos fósiles podrían haber desarrollado una solución distinta pero funcionalmente parecida. El aire contenido en ese pulmón osificado habría captado las ondas sonoras; las vibraciones se habrían transmitido a través de tejidos blandos, del notocordio o de las inserciones óseas anteriores, y de ahí al sistema asociado al oído interno.
La clave no está solo en el órgano, sino en la combinación. El estudio propone que el pulmón, las proyecciones óseas anteriores y la compleja anatomía del oído formaban un único sistema sensorial. No sería una excentricidad aislada, sino un ejemplo de cómo la evolución reutiliza estructuras antiguas para tareas nuevas.
Y lo más sugerente llega al final: este sistema pudo existir antes de que aparecieran mecanismos auditivos más “familiares” para nosotros, como el oído medio de los vertebrados terrestres. Dicho de otro modo, la capacidad de detectar sonido mediante una cámara aérea interna podría ser más antigua, en términos evolutivos, de lo que suele contarse.

Mucho más que un pez raro
El trabajo no sostiene que todos los celacantos oyeran así, ni que esta fuera la única vía auditiva disponible. Los propios autores son prudentes: parte del sistema blando no se conserva y la reconstrucción depende de la anatomía comparada. Pero la convergencia de pruebas es lo bastante sólida como para abrir una vía nueva.
Además, ayuda a explicar por qué el celacanto moderno conserva restos anatómicos de un sistema que ya no parece plenamente funcional. Tal y como sugiere el estudio, al adaptarse a ambientes marinos profundos, el linaje que llevó a Latimeria fue reduciendo su pulmón y, con ello, perdiendo probablemente esta capacidad.
Eso convierte a los celacantos en algo más que una reliquia evolutiva. También los transforma en testigos de una fase muy antigua de la historia sensorial de los vertebrados. Una en la que respirar y escuchar, al menos durante un tiempo, pudieron ser dos funciones del mismo órgano.
Referencias
- Luigi Manuelli et al, A dual respiratory and auditory function for the coelacanth lung, Communications Biology (2026). DOI: 10.1038/s42003-026-09708-6

