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Hallan en Texas un mundo perdido bajo el agua que está desconcertando a los científicos


Un hallazgo en una cueva inundada de Texas podría revelar un ecosistema de la Edad de Hielo completamente distinto al que conocíamos.

Durante décadas, el relato científico sobre el pasado de Texas parecía bastante claro. Las investigaciones acumuladas desde mediados del siglo XX habían dibujado un paisaje dominado por praderas frías y secas durante el final del Pleistoceno. En ese escenario, grandes herbívoros como bisontes, caballos o mamuts recorrían una tierra abierta, casi esteparia, donde los bosques eran escasos y el clima, riguroso.

Sin embargo, como suele ocurrir en la historia de la ciencia, ese relato aparentemente sólido ha empezado a mostrar grietas. Y lo ha hecho en uno de los lugares más inesperados: el interior de una cueva inundada, escondida bajo el suelo calizo del centro de Texas.

El punto de partida de esta historia es un tipo de cavidad poco estudiada: las llamadas “cuevas de agua”. A diferencia de las cuevas secas tradicionales, estas forman parte activa de sistemas subterráneos por los que circula agua de forma constante. Durante años, espeleólogos habían señalado que estos entornos podían albergar fósiles, pero casi nadie los había analizado con rigor científico.

Ese vacío comenzó a llenarse cuando un equipo liderado por John A. Moretti decidió explorar sistemáticamente una de estas cavidades: Bender’s Cave, situada en el condado de Comal. Tal y como indica el estudio publicado en la revista Quaternary Research, se trata del primer análisis paleontológico detallado de una cueva de este tipo en Texas.

Lo que encontraron allí no fue un hallazgo puntual, sino algo mucho más desconcertante: una acumulación masiva de restos fósiles dispersos por el lecho de un río subterráneo. No enterrados en capas sedimentarias claras, sino esparcidos, pulidos por el agua y mezclados como si el tiempo hubiera sido comprimido en un solo espacio.

Durante varias expediciones realizadas entre 2023 y 2024, los investigadores recorrieron galerías inundadas, recogiendo restos directamente del fondo. El procedimiento era tan simple como inusual: avanzar con gafas y tubo, localizar huesos y recogerlos sin necesidad de excavar. La escena, más cercana a una exploración submarina que a una excavación clásica, ofrecía una imagen tan fascinante como desconcertante.

Con neopreno y gafas de buceo, el paleontólogo John Moretti rastrea fósiles en la corriente subterránea que atraviesa la cueva de Bender. Foto: John Moretti

Un rompecabezas sin contexto geológico claro

Pero lo verdaderamente intrigante no era solo la cantidad de fósiles, sino su estado y distribución. Todos presentaban señales similares: superficies redondeadas, desgaste por transporte y una característica coloración rojiza causada por minerales. Esto sugiere que los restos fueron arrastrados por corrientes de agua y acumulados en el interior de la cueva en episodios de inundación.

Este detalle, aparentemente técnico, tiene profundas implicaciones. En los yacimientos tradicionales, los fósiles suelen encontrarse en capas que permiten datarlos con cierta precisión. Aquí, en cambio, el contexto geológico es difuso. Los huesos no están en su lugar original, sino reubicados por procesos naturales.

Esto dificulta enormemente establecer una cronología exacta. De hecho, los intentos de datación directa mediante carbono resultaron problemáticos, en parte por la alteración química de los restos, tal y como detalla el propio estudio.

Ante esta limitación, los científicos recurrieron a otra estrategia: analizar qué especies estaban presentes y compararlas con otros yacimientos bien datados.

Garra fósil de un perezoso gigante del género Megalonyx, hallada en una cueva de agua en Texas. Escala: dos centímetros
Garra fósil de un perezoso gigante del género Megalonyx, hallada en una cueva de agua en Texas. Escala: dos centímetros. Fuente: John Moretti / Universidad de Texas en Austin

Un conjunto de animales que no encaja

Y es aquí donde el hallazgo comienza a desafiar lo que creíamos saber. El conjunto de especies identificado incluye animales habituales del final de la Edad de Hielo en Norteamérica, como bisontes, mamuts o camellos. Pero junto a ellos aparecen otros mucho menos comunes en esta región, e incluso desconocidos hasta ahora en el centro de Texas.

Entre estos destacan una especie de tortuga gigante del género Hesperotestudo, restos del perezoso terrestre Megalonyx jeffersonii y, de forma especialmente llamativa, un pampatérido (Holmesina septentrionalis), un animal acorazado emparentado con los armadillos actuales pero de tamaño comparable al de un gran felino.

Este conjunto resulta, cuanto menos, desconcertante. ¿Por qué? Porque estas especies no suelen coexistir en los ambientes fríos y abiertos que dominaban Texas durante el último máximo glacial.

Algunas de ellas están asociadas a entornos boscosos, mientras que otras requieren climas más cálidos. En conjunto, dibujan un paisaje muy distinto al que los científicos habían reconstruido para esta región.

La clave podría estar en un momento olvidado del pasado

A partir de este punto, la investigación da un giro que cambia completamente la interpretación del hallazgo. Tal y como ha revelado el equipo en su estudio, la combinación de especies observada en Bender’s Cave se parece mucho más a la de otros yacimientos situados en el norte de Texas y la costa del Golfo, que han sido vinculados a periodos interglaciares más cálidos.

Estos periodos, menos conocidos por el gran público, fueron fases relativamente templadas dentro de la Edad de Hielo, en las que los ecosistemas cambiaban radicalmente. Bosques más densos, temperaturas más suaves y una fauna distinta a la de los momentos más fríos.

Uno de esos periodos, el último interglacial (conocido como MIS 5), tuvo lugar hace unos 100.000 años. Y es precisamente a ese intervalo al que podrían pertenecer los fósiles de la cueva. El equipo llegó a esta conclusión no solo por la ecología de las especies, sino también mediante análisis estadísticos que comparan la composición faunística de distintos yacimientos. En ese análisis, Bender’s Cave se agrupa con sitios interglaciares, no con los del último máximo glacial.

Una escama del caparazón de un pampatérido, un pariente extinto de los armadillos, hallada en una cueva de agua de Texas. Estas placas se unían para formar una coraza protectora sobre el cuerpo del animal
Una escama del caparazón de un pampatérido, un pariente extinto de los armadillos, hallada en una cueva de agua de Texas. Estas placas se unían para formar una coraza protectora sobre el cuerpo del animal. Fuente: John Moretti / Universidad de Texas en Austin

Una ventana inédita a un Texas desconocido

Si esta hipótesis se confirma, las implicaciones son profundas. Significaría que estamos ante la primera evidencia clara de fauna interglacial en el centro de Texas, una región donde, hasta ahora, ese periodo había permanecido prácticamente invisible en el registro fósil.

En otras palabras, este hallazgo no solo añade nuevas especies a la lista, sino que abre una ventana completamente nueva a un paisaje que no sabíamos que existía allí.

Un Texas más cálido, posiblemente más boscoso, donde convivían especies que hoy asociamos a entornos muy distintos. Un escenario que rompe con la imagen tradicional de las grandes llanuras frías dominadas por herbívoros.

Además, el estudio pone de relieve el potencial científico de las cuevas de agua, hasta ahora poco exploradas. Estos sistemas, conectados a acuíferos y sujetos a dinámicas complejas, pueden actuar como archivos naturales donde se acumulan restos de distintas épocas, ofreciendo una visión única —aunque difícil de interpretar— del pasado.

Lo que comenzó como una exploración casi experimental en una cueva poco conocida ha terminado convirtiéndose en una de las pistas más sugerentes sobre cómo era realmente el sur de Norteamérica durante la Edad de Hielo. Y, como ocurre con los grandes descubrimientos, plantea más preguntas de las que responde.

Referencias

  • John A. Moretti et al, Novel occurrences of Late Pleistocene megafauna from Bender’s Cave on the Edwards Plateau of Texas may include evidence of the last interglacial, Quaternary Research (2026). DOI: 10.1017/qua.2025.10071

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