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Paleontólogos descubren por qué algunas tortugas sobrevivieron a la extinción de los dinosaurios


Un nuevo estudio sugiere que, cuando el mundo colapsó tras el asteroide, algunas tortugas sobrevivieron gracias a un detalle anatómico y ecológico mucho más decisivo de lo que parecía.

Cuando el asteroide de Chicxulub golpeó la Tierra hace 66 millones de años, el planeta entró en uno de esos raros momentos en los que la historia natural cambia de golpe. La luz cayó, las cadenas tróficas se desordenaron y grupos que parecían invencibles desaparecieron para siempre. Los dinosaurios no avianos son el ejemplo más famoso, pero no fueron los únicos: también sucumbieron muchos grandes reptiles marinos y buena parte de la fauna terrestre del final del Cretácico.

Y, sin embargo, en medio de ese colapso hubo linajes que resistieron mejor de lo esperado. Entre ellos estaban las tortugas, un grupo que, a simple vista, no parece precisamente diseñado para sobrevivir a un apocalipsis global. Su anatomía conservadora, su lentitud y su dependencia de ecosistemas muy concretos no invitan a pensar en ellas como campeonas de la resiliencia. Pero el registro fósil lleva tiempo sugiriendo que algo jugó a su favor.

Ese “algo” ha sido objeto de debate entre paleontólogos durante años. Se sabía que muchas tortugas cruzaron la frontera entre el Cretácico y el Paleógeno con pérdidas relativamente modestas. También se intuía que no todas tuvieron la misma suerte. Las formas terrestres lo pasaron peor que muchas acuáticas, una pauta que encaja con el derrumbe de la vegetación y de las redes alimentarias en tierra firme tras el impacto. Aun así, esa explicación general dejaba demasiadas preguntas abiertas.

¿Por qué unas tortugas aguantaron y otras no? ¿Qué rasgo concreto marcó la diferencia en uno de los peores episodios de extinción de la historia de la vida? La respuesta no estaba necesariamente en el tamaño, ni en el caparazón, ni siquiera en el lugar donde vivían. Podía estar en algo mucho más prosaico y, a la vez, mucho más decisivo: lo que comían.

Durante décadas, varios especialistas habían sospechado que algunas supervivientes compartían una característica anatómica llamativa: mandíbulas anchas y superficies trituradoras adaptadas para aplastar presas duras. Caracoles, bivalvos y otros invertebrados de concha formaban parte de ese menú. Era una hipótesis sugerente, pero seguía siendo eso: una hipótesis. Faltaba comprobar si realmente esa dieta había aumentado sus probabilidades de sobrevivir al final del Cretácico.

Reconstrucción de una tortuga del grupo Baenidae alimentándose de caracoles. Fuente: Joschua Knüppe

Eso es precisamente lo que ha tratado de resolver un nuevo estudio publicado en Biology Letters, firmado por Guilherme Hermanson y Serjoscha W. Evers, que ha puesto números a una vieja intuición paleontológica. Tal y como indica el trabajo, la llamada durofagia —la capacidad de alimentarse de presas con caparazón o concha dura— estuvo asociada a una mayor supervivencia entre las tortugas que atravesaron la extinción K/Pg.

Para llegar a esa conclusión, los autores no se limitaron a reunir ejemplos aislados. Reconstruyeron la evolución de este tipo de dieta a lo largo del árbol evolutivo de las tortugas y aplicaron modelos estadísticos y comparativos sobre cientos de taxones, tanto fósiles como actuales. El objetivo era averiguar si las especies con rasgos durofágos tenían más opciones de cruzar la gran frontera biológica de hace 66 millones de años. Y la señal apareció con bastante claridad.

El detalle que marcó la diferencia

El resultado más llamativo del estudio es que las tortugas durofágas no eran mayoría, pero sí mostraron una tasa de supervivencia claramente superior. Según los análisis del paper, las especies especializadas en triturar alimento duro presentaban probabilidades de supervivencia cercanas al 90%, frente a cifras sensiblemente más bajas en las no durofágas. En los modelos, esa ventaja multiplica varias veces sus opciones de pasar al Paleógeno.

La explicación tiene lógica ecológica. Tras el impacto, la productividad primaria colapsó y con ella se hundieron muchas cadenas alimentarias dependientes de plantas y de redes tróficas complejas. En cambio, ciertos invertebrados oportunistas ligados a ambientes acuáticos y a cadenas basadas en detritos pudieron resistir mejor. En otras palabras: en un mundo devastado, los menús más humildes podían ser también los más fiables.

Tortuga jurásica (Solnhofia parsonsi) con crestas mandibulares ensanchadas, una adaptación clave para triturar presas con concha dura
Tortuga jurásica (Solnhofia parsonsi) con crestas mandibulares ensanchadas, una adaptación clave para triturar presas con concha dura. Foto: Serjoscha Evers

Eso ayuda a entender por qué algunas tortugas de agua dulce o costeras, dotadas de mandíbulas capaces de aplastar moluscos y presas similares, encontraron una vía de continuidad donde otros reptiles no la tuvieron. No significa que toda tortuga que sobrevivió fuese especialista en romper conchas; de hecho, el propio estudio deja claro que también persistieron linajes no durofágos. Pero sí sugiere que esa dieta actuó como un filtro ecológico favorable.

Lo interesante es que este patrón no encaja del todo con la idea clásica de que, en una gran extinción, los especialistas lo tienen siempre peor que los generalistas. En el caso de las tortugas, al menos, una especialización concreta pudo convertirse en ventaja. No porque fuera una dieta “mejor” en tiempos normales, sino porque era una dieta especialmente útil cuando casi todo lo demás falló.

Un hallazgo pequeño que cambia una gran historia

Hay algo profundamente revelador en esta conclusión. La extinción que acabó con los dinosaurios suele contarse a través de gigantes: el impacto, los incendios, la oscuridad global, los grandes depredadores desaparecidos. Pero la historia real de la supervivencia se decide muchas veces en detalles modestos: una mandíbula, un tipo de presa, un nicho ecológico secundario, una charca de agua dulce.

Las tortugas capaces de romper conchas lograron sobrevivir a la gran extinción que puso fin al Cretácico
Las tortugas capaces de romper conchas lograron sobrevivir a la gran extinción que puso fin al Cretácico. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez

Ese es, en el fondo, el valor historiográfico y paleobiológico del estudio. No solo añade una pieza más al rompecabezas del final del Cretácico; también obliga a mirar la crisis con más matices. No todos los supervivientes lo fueron por azar. Algunos llevaban, sin saberlo, una ventaja incorporada en su forma de alimentarse.

Tal y como ha revelado el nuevo estudio, las tortugas no salieron indemnes de la gran extinción, pero ciertas especies sí estaban mejor preparadas para un mundo empobrecido, turbio y ecológicamente roto. Y eso convierte a estos reptiles silenciosos en protagonistas inesperados de uno de los capítulos más dramáticos de la historia de la Tierra.

Referencias

  • Guilherme Hermanson et al, Ecological selectivity of diet on turtle K/Pg survivorship, Biology Letters (2026). DOI: 10.1098/rsbl.2025.0790

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