José Luis Gutiérrez, físico: "La radiactividad cambió para siempre la historia de la humanidad, para lo bueno y para lo malo"


¿Es posible que el hallazgo más disruptivo del siglo XX, capaz de curar enfermedades incurables y de iluminar ciudades enteras, fuera también el arquitecto de la mayor amenaza existencial de nuestra especie?

La ciencia no suele avanzar siguiendo un mapa preestablecido, sino que prefiere, a menudo, el camino del accidente y la carambola afortunada. A finales del siglo XIX, la física parecía un edificio terminado, una estructura sólida donde lord Kelvin y otros grandes nombres aseguraban que ya no quedaba nada por descubrir, salvo, quizás, afinar algunos decimales. Sin embargo, la realidad guardaba un as bajo la manga que haría saltar por los aires todos los cimientos de la física clásica. Tal y como indica José Luis Gutiérrez en su obra Historia de la radiactividad, ese giro inesperado comenzó con una placa fotográfica olvidada en un cajón por Henri Becquerel.

El destello en la oscuridad

Becquerel, que buscaba la relación entre la luz solar y la fluorescencia de las sales de uranio, se encontró con que el mineral emitía unos rayos invisibles incluso en la más absoluta oscuridad. Este fenómeno, que en principio no despertó el interés del gran público frente a la espectacularidad de los rayos X de Röntgen, fue la semilla de una revolución que alcanzaría su clímax con la llegada a París de una joven estudiante polaca: Maria Salomea Skłodowska, hoy mundialmente conocida como Marie Curie.

A partir de este punto, el relato se convierte en una crónica de tenacidad y sacrificio. Los Curie se embarcaron en la tarea titánica de procesar toneladas de pechblenda para aislar elementos desconocidos. De aquel esfuerzo artesanal nacieron el polonio y el radio, inaugurando una era donde la materia dejaba de ser inmutable para revelar un interior vibrante y, a veces, inestable. Marie Curie renunció a patentar el método de purificación del radio, convencida de que el conocimiento debía pertenecer a toda la humanidad, una decisión que, según revela el autor, marca el estándar ético de la ciencia moderna.

Las dos caras de una misma moneda

Pero la historia de la radiactividad es, en esencia, una moneda de dos caras. Gutiérrez describe cómo el mismo fenómeno que permitió a los médicos ver el interior del cuerpo humano sin necesidad de abrirlo, y que salvó miles de vidas en el frente de la Primera Guerra Mundial gracias a las unidades móviles creadas por los Curie, se convirtió también en una herramienta de destrucción masiva. La advertencia que lanzó Pierre Curie al recoger su Premio Nobel en 1905, señalando que los secretos de la naturaleza podían volverse peligrosos en manos criminales, se materializó trágicamente cuatro décadas después sobre los cielos de Hiroshima y Nagasaki.

El texto profundiza en el coste humano de esta carrera por el conocimiento. Desde los experimentos de los propios científicos sobre su piel, como las quemaduras que Pierre Curie se provocó voluntariamente para estudiar los efectos biológicos, hasta el caso estremecedor de «las chicas del radio», trabajadoras que pintaban esferas de relojes con pintura luminiscente. Estas tragedias fueron el motor inesperado para el nacimiento de la protección radiológica y de los derechos laborales modernos, tal y como se desprende de las páginas de la obra.

La reivindicación de las mentes olvidadas

La narrativa nos lleva también a través de la «edad de oro» de la física teórica, donde nombres como Rutherford, Chadwick y Lise Meitner desentrañaron el misterio del neutrón y la fisión nuclear. Meitner, a quien Einstein llamaba la «Marie Curie alemana», protagoniza uno de los pasajes más reivindicativos. A pesar de ser la mente que comprendió que el átomo de uranio podía dividirse liberando una energía inmensa, fue injustamente ignorada por el comité de los Nobel, un reflejo de las dificultades que las mujeres enfrentaron durante décadas en el seno de la comunidad científica.

En el tramo final, el autor nos invita a mirar hacia el futuro. La radiactividad, lejos de ser solo un vestigio de la Guerra Fría o un sinónimo de desastres como Chernóbil o Fukushima, se presenta hoy como una aliada indispensable en la lucha contra el cáncer y en la búsqueda de energías limpias. El Proyecto ITER, que busca simular la energía del Sol en la Tierra mediante la fusión nuclear, representa la culminación de un camino que empezó hace poco más de un siglo con el asombro ante un mineral que brillaba en la oscuridad.

Un legado de entendimiento

Es un relato de descubrimientos fortuitos, de heroísmo cotidiano y de una ambición intelectual que no siempre midió sus consecuencias. La historia de la radiactividad es, en el fondo, la historia de cómo la humanidad aprendió a domesticar la fuerza que mueve el universo, enfrentándose al dilema de usarla para iluminar el mañana o para apagarlo para siempre.

Como solía decir Marie Curie y nos recuerda Gutiérrez para cerrar esta crónica: nada en el mundo debe ser temido, solo entendido; y ahora es el momento de entender más para poder temer menos.

Recreación artística que muestra la portada de un libro sobre radiactividad dispuesta sobre una mesa de madera junto a una taza de café humeante en un ambiente cálido y doméstico. Foto: ChatGPT / Scruzcampillo.
Recreación artística que muestra la portada de un libro sobre radiactividad dispuesta sobre una mesa de madera junto a una taza de café humeante en un ambiente cálido y doméstico. Foto: ChatGPT / Scruzcampillo.

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