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miércoles, julio 8, 2026

Viaje a 2.800 metros bajo el hielo: así son las extrañas entrañas de la Antártida


Bajo la Antártida oriental, un equipo ha perforado hasta tocar la roca y encontrado lo inesperado: una franja de hielo basal donde el orden que hace legible al continente helado simplemente desaparece.

El proyecto Beyond EPICA – Oldest Ice ha llegado al final de su descenso. Tras años de perforación en Little Dome C, uno de los puntos más remotos e inaccesibles de la Antártida oriental, la broca alcanzó la roca madre a 2.799,85 metros de profundidad. Y en los últimos 316 metros, justo antes del fondo, el hielo dejó de comportarse como se esperaba, según describe un preprint alojado en Research Square firmado por Johanna Westhoff y el resto del consorcio. Es la primera vez que se describe con detalle esa base, la zona de contacto entre el hielo y el continente que sostiene.

Por qué un testigo de hielo se lee como un libro

Un casquete polar no es un bloque macizo. Cada año, la nieve que cae se compacta sobre la del año anterior y forma una capa. Milenio tras milenio, esas capas se apilan como las páginas de un libro o los anillos de un árbol, y cada estrato conserva la química de la atmósfera del año en que se formó. Perforar hacia abajo es, básicamente, viajar hacia atrás en el tiempo. Ese es el gran objetivo de Beyond EPICA: recuperar en el hielo estratificado un registro climático continuo de hasta 1,2 millones de años.

Pero ese relato ordenado tiene un final. Cuanto más se acerca uno a la roca, más peso soporta el hielo, más calor recibe desde el subsuelo y más se deforma. Las capas dejan de estar horizontales, se comprimen y acaban borrándose. Lo que el equipo ha documentado ahora es precisamente lo que ocurre cuando el libro se vuelve ilegible.

Viaje a las profundidades: el núcleo antártico, metro a metro

De 0 a 2.506 metros: El archivo del clima estratificado

Durante los primeros dos kilómetros y medio de descenso, el núcleo extraído presenta un hielo ordenado, depositado en capas limpias y estratificadas. Es el hielo «normal», cuyas bandas funcionan como un disco duro que refleja los ciclos climáticos del planeta a lo largo del tiempo. En todo este bloque, los cristales individuales se mantienen pequeños (con áreas inferiores a 2,5 centímetros cuadrados). Al rozar la cota de los 2.484 metros, este hielo encierra un registro de 1,2 millones de años de antigüedad; apenas 22 metros más abajo (a 2.506 metros), la edad calculada salta a los 1,5 millones de años, tocando el límite final de lo que los glaciólogos consideran estratos inalterados.

De 2.506 a 2.583 metros: La frontera del hielo deformado

Al rebasar los 2.506 metros de profundidad, el orden desaparece de golpe. Las propiedades físicas del núcleo cambian radicalmente en una franja de 77 metros. Aquí, el hielo pierde su estructura original en capas y pasa a mostrarse totalmente deformado, perturbado y plegado sobre sí mismo a causa de las inmensas presiones del flujo basal del glaciar. Cualquier intento de leer el clima del pasado en este punto resulta imposible: los estratos están triturados.

De 2.583 a 2.795 metros: La «zona enigmática» de los cristales gigantes

Llegamos al tramo final antes de tocar la roca madre del continente, y el comportamiento del hielo rompe con lo esperado. A partir de los 2.583 metros, la conductividad eléctrica del núcleo se dispara con fluctuaciones impredecibles cuyo origen sigue siendo un misterio. Físicamente, la estructura muta al extremo: los cristales empiezan a crecer hasta volverse masivos, superando los 10 centímetros de diámetro. Al alcanzar los 2.650 metros (a solo 150 metros de la base rocosa), un bloque de hielo del tamaño de un puño contiene a menudo un solo y gigantesco cristal.

En esta extraña zona, el equipo también ha encontrado pequeños agregados minerales, de apenas un milímetro, que delatan la cercanía del suelo antártico. Curiosamente, en medio de este territorio de cristales gigantes, aparece otra rareza a los 2.633 metros exactos: una abrupta anomalía donde el hielo vuelve de pronto a ser diminuto y fuertemente entrelazado, imitando al de la capa superficial superior, en un puzzle glaciológico que los investigadores aún están tratando de encajar.

Setenta y siete metros de hielo plegado

El primer aviso llega en forma de pliegues. Por debajo de la sección estratificada, el testigo atraviesa 77 metros de hielo deformado y replegado sobre sí mismo, donde las capas se doblan como una tela arrugada. Aún se intuye una estructura, pero ya no sirve para contar años. Es la antesala de algo más raro. Aquí conviene bajar el ritmo, porque a partir de este punto la Antártida deja de parecerse a lo que enseñan los manuales.

El registro que hace legible un testigo de hielo se apaga justo donde empieza lo más interesante: 212 metros en los que las capas se borran y los cristales crecen sin control.

La zona enigmática

A partir de cierta profundidad aparece una franja que los propios autores describen como enigmática: una unidad de 212 metros de grosor en la que la estratificación desaparece y los cristales de hielo crecen hasta alcanzar varios centímetros. En el hielo normal, los cristales son diminutos. En esta zona alcanzan tamaños descomunales, señal de que llevan muchísimo tiempo sin apenas moverse, recristalizando lentamente en las condiciones extremas del fondo.

Y hay un detalle que los científicos no consiguen explicar. Las mediciones de conductividad eléctrica del hielo fluctúan de forma abrupta y sin un patrón que las relacione con la estratigrafía. En un testigo normal, esa señal traza los picos de acidez de erupciones volcánicas y ayuda a datar el hielo. Aquí se vuelve errática, y por ahora nadie sabe por qué.

Los autores describen la fluctuación de la conductividad, pero admiten no saber qué la provoca. Es el tipo de anomalía que no cierra un capítulo, sino que abre uno nuevo.

Barro, grava y roca

Los últimos metros del descenso son los más terrestres. Antes de la roca madre, el testigo recoge escombros, grava y sedimento subglacial arrancados del lecho rocoso y atrapados en el hielo hace mucho tiempo. Son muestras poco habituales: material del suelo antártico que llevaba milenios sepultado bajo casi tres kilómetros de hielo y que ahora puede analizarse directamente. El viaje termina en el fango del fondo y, por fin, en la roca sobre la que se asienta todo el continente.

Para qué sirve mirar el fondo

Podría parecer una curiosidad geológica de un lugar al que nadie irá jamás, pero no lo es. La forma en que se deforma este hielo basal condiciona cómo se mueve la masa que tiene encima. Comprender la reología de la base es imprescindible para modelar cómo se desliza y reacciona la capa de hielo antártica a largo plazo, algo directamente ligado a las proyecciones del nivel del mar.

Entender cómo se deforma el hielo del fondo no es un detalle técnico: es lo que decide cómo se desliza y responde toda la capa antártica.

Conviene precisar qué es y qué no es este trabajo. Se trata de un preprint, un manuscrito aún no revisado por pares, de modo que sus detalles pueden afinarse. Y describe estructura y física del hielo, no clima: estos 316 metros basales no aportan un registro atmosférico ordenado, precisamente porque son la zona donde ese registro se pierde. El récord climático que persigue Beyond EPICA está más arriba, en el hielo que todavía conserva sus capas.

Lo que queda por delante es tan interesante como lo hallado. Falta datar ese hielo profundo, entender qué mecanismo dispara la conductividad caótica y analizar la grava del fondo para saber qué esconde el lecho rocoso antártico. La zona enigmática, de momento, sigue siendo justo eso: enigmática.

Referencias

  • Westhoff, J. et al. (2026). 316 m of ice beyond the stratified sections of the Beyond EPICA Little Dome C ice core. Research Square. DOI: 10.21203/rs.3.rs-9883712/v1

Fuente informativa⁣

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