David Pastor Vico, filósofo: “La soledad no deseada es la ruptura involuntaria del vínculo con los otros”


En una sociedad hiperconectada pero cada vez más aislada, el filósofo y divulgador reflexiona sobre por qué estar solo no siempre significa libertad y cuándo la soledad se convierte en un problema colectivo.

Si algo parece no faltarnos a estas alturas de siglo son problemas. Pero entre todos ellos hay uno especialmente paradójico: algo tan cotidiano —y a veces incluso buscado— como la soledad, que empieza a presentarse hoy como un problema social de primer orden. Y no uno pequeño o pasajero, ni mucho menos una simple moda.

Dice el refrán popular que más vale solo que mal acompañado, y parece cargado de razón las más de las veces. Fray Luis de León elogió la decisión del sabio de huir del mundanal ruido, Rousseau confesaba que necesitaba entregarse a su genio pero que, para poder hacer esto, necesitaba la completa soledad que le permitía trabajar en total libertad. Hasta el fabuloso Cyrano de Bergerac de Rostand hace gala de esta misma idea: Cantar, soñar, reír, pasar solo; ser libre, tener el ojo claro y la voz franca…”. ¿Acaso tenemos que estar solos para ser libres?

Libertad y soledad parecen un binomio bien avenido, pero si seguimos metiendo los dedos en estos tres ejemplos azarosos quizá haya más que rascar de lo que a simple vista creamos.

Fray Luis de León, catedrático en la Universidad de Salamanca, gustaba de zafarse del enrarecido ambiente académico salamantino para retirarse a “La Flecha”, una finca que tenían los frailes Agustinos a ocho kilómetros de la ciudad. Allí, y atendido por los frailes, nos hacía saber que “A mí una pobrecilla mesa de amable paz bien abastada me basta”. Con una mesa bien abastecida la soledad se pasa mejor, no cabe duda. Y más si quien te la procura otro.

Fray Luis de León, descrito y dibujado hacia 1598 por Francisco Pacheco (1564-1644). Fuente: Wikimedia

Los últimos años de Rousseau fueron una pesadilla paranoica. Escribió “Las ensoñaciones del paseante solitario”, es cierto y alabó esa primera forma de soledad que ayuda a la libertad creadora. Pero vagó por la Europa de la época, errático y comido por sus propios demonios interiores, sin encontrar refugio ni amigos que lo bien quisieran, y acabó sus días reconociendo que: “Me he aislado demasiado; he roto todos los lazos que me unían a los hombres … Esto me ha hecho infeliz”.

Y Cyrano… El inmortal narizón murió como vivió, al albur de su ingenio y siempre suspirando por el amor de su prima Roxana. Murió golpeado por una viga de madera en la cabeza y dando mandoblazos a las sombras del bosque. “¡A luchar, a luchar!” . Y como único consuelo, su orgullo. Hermoso sin duda, pero solo sobre un escenario.

¿Tan mala es la soledad? Pues quizá lo que tengamos que hacer es ponerle apellidos y así poder entender bien dónde está el problema.

Convendremos que estar solo, sin compañía, es muy necesario, buscado y añorado en ciertos momentos concretos. Para crear, pensar, leer o escuchar música, para ordenar ideas y templar emociones, para tomar algo de aire, descansar y desconectar o darse a las ensoñaciones la soledad es, en todos estos casos y más, una necesaria compañera. Por tanto, buscada y deseada, y aquí podemos darle su apellido correcto. Será la soledad deseada aquella a la que apelan en primera instancia los ejemplos anteriores.

No es una reclusión forzosa, es una decisión consciente y libre, que no por ser tomada aumenta nuestro umbral de libertad. La libertad no está en estar solos, sino en poder decidir cuánto tiempo queremos estarlo, siendo así un ejercicio autónomo de nuestra voluntad. Sigamos.

Si hablamos de soledad deseada, por negación habrá una soledad no deseada. Pero junto a ambas puede darse una tercera más radical y dramática en la que no me extenderé demasiado: La soledad impuesta. Esta situación es la propia del reo, del preso. De quien, justa o injustamente condenado, pena en una celda sin más compañía que cuatro paredes. En este caso será la voluntad de otro, no la suya, la que lo somete a esta situación que, seguramente tampoco es deseada, pero no depende de su voluntad abandonarla, sino de la voluntad de quien lo encierra, del carcelero.

Retrato de Jean-Jacques Rousseau, por Allan Ramsay, en 1766
Retrato de Jean-Jacques Rousseau, por Allan Ramsay, en 1766. Fuente: Wikimedia

Pero está en la soledad no deseada el quid de esta reflexión. El problema con el que arrancábamos.

Si quisiera resolver rápido la jugada podría decir que la soledad no deseada es la ruptura involuntaria del vínculo con los otros, el momento en que la voluntad de estar acompañado se encuentra con la imposibilidad de estarlo. ¿Pero cómo podemos llegar a esta situación?

Nuevamente Rousseau nos da una posibilidad al afirmar “La soledad está bien, pero hay que salir de ella. El aislamiento prolongado acaba por volverse amargo, y te termina de envenenar el corazón”. Aquí hay una causa endógena, o sea, el problema de la soledad no deseada puede ser provocado por uno mismo, sin proponérselo siquiera. Pero llegado el punto y envenenado de soledad, poco puede hacer la voluntad enferma y desposeída por mudar de costumbre. No sé exactamente cómo he llegado hasta aquí, pero ahora no sé cómo salir de estas honduras, podría haber dicho perfectamente el padre del Contrato Social, ¿paradójico, verdad?

Si existe una causa endógena de la soledad no deseada, sería de esperar que también la hubiera externa, exógena, ¿no es cierto?

Que el hombre es un animal político, no me cansaré de repetirlo jamás, pues a Aristóteles no le faltaba razón al enunciarlo. Pero no toda concepción de la polis es verdaderamente humana. Y sospecho que la nuestra dejó de serlo hace algún tiempo y no hemos terminado de darnos cuenta.

En 2018 apareció en Reino Unido el primer Ministerio de la Soledad, para combatir los estragos de la soledad no deseada en su población. A la zaga de esta iniciativa otros países como Alemania y Japón han empezado a construir estructuras institucionales de intervención sobre este asunto. Y no me cabe duda alguna que pronto muchos otros países harán lo propio.

Vivir en la redefinición constante de las vanguardias tecnológicas empieza a resultar demasiado inquietante y puede llevarnos del mareo a la náusea. La hiperconexión permanente, la falsa sensación de estar informados, la economía de la atención o la burbuja tecnológica de la inteligencia artificial no hace más que debilitar los vínculos sociales ya maltrechos.

Desde hace décadas adolecemos de un sistema económico que premia la autoexplotación del individuo por encima de valores humanos, como la amistad, la solidaridad o el pensamiento crítico, y hasta el ejercicio de pensar ha pasado de ser una herramienta a un acto ético. Es por esta razón que hoy la soledad no deseada es una enfermedad social, no porque la soledad en sí sea mala, sino porque no se dan las condiciones para que nuestra simple voluntad de no estar solos logre encontrar la compañía que necesitamos. Volvamos por favor a los clásicos: “El que no puede vivir en sociedad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la polis, sino una bestia o un dios.” (Aristóteles, Política, I, 1253a).

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