Durante años hemos contado la historia de los satélites como si el lanzamiento fuera el final del viaje. El cohete despega, la carga se libera y, para el público general, la misión ya está en marcha. En realidad, ese momento marca el comienzo de una fase crítica que rara vez ocupa titulares: llevar cada satélite exactamente al punto de la órbita donde debe operar y ajustar sus parámetros para que la misión funcione como fue diseñada.
A medida que se multiplican las constelaciones y los despliegues compartidos, esa fase silenciosa empieza a convertirse en un problema de logística espacial. Y ahí es donde entra en juego una propuesta que nace desde Galicia.
El tramo invisible de las misiones espaciales
No todos los satélites quedan “bien colocados” tras separarse del cohete. Muchos necesitan maniobras posteriores para alcanzar su órbita final: subir o bajar altitud, ajustar inclinación o posicionarse con precisión dentro de una constelación. Hoy, esa tarea recae en el propio satélite, que debe gastar parte de su combustible para llegar a su destino operativo. El coste es doble: se consume un recurso limitado y se reduce la vida útil de la misión.
La idea de un remolcador orbital consiste en externalizar ese esfuerzo. Un vehículo dedicado asume las maniobras más exigentes y deja al satélite listo para empezar a trabajar, con sus propios sistemas prácticamente intactos. Es un cambio de mentalidad: en lugar de diseñar cada satélite como un “todo en uno”, se empieza a pensar en servicios compartidos en órbita.
Una propuesta que llega desde la periferia espacial
El proyecto gallego, por la empresa UARX Space, se ha gestado lejos de los grandes polos tradicionales de la industria espacial. Su estrategia ha sido avanzar en silencio, priorizando la validación técnica frente a la exposición mediática. El resultado es un vehículo orbital concebido específicamente para mover cargas entre órbitas y ejecutar maniobras de precisión una vez los satélites ya están en el espacio.
Uno de los hitos recientes ha sido la superación de pruebas ambientales que simulan las condiciones extremas del lanzamiento: vibraciones, esfuerzos estructurales y estanqueidad. Es el tipo de certificación que separa los conceptos prometedores de los sistemas que realmente pueden integrarse en una misión real. No es una garantía de éxito, pero sí un paso imprescindible para salir del laboratorio.
De “taxi espacial” a pieza clave de las constelaciones
Más allá del gesto llamativo de “remolcar” satélites, el valor real de este tipo de vehículos está en su capacidad para ejecutar maniobras finas: inyecciones precisas en órbitas concretas, cambios de plano orbital y coordinación del posicionamiento relativo entre múltiples cargas. En un escenario donde cada lanzamiento comparte espacio con decenas de satélites, esa precisión se convierte en un activo estratégico.
Este tipo de servicios encaja con la evolución del sector: lanzamientos cada vez más frecuentes, misiones compartidas y constelaciones que requieren un despliegue milimétrico para funcionar como sistemas coherentes. La logística espacial empieza a parecerse, salvando las distancias, a la logística terrestre: no basta con transportar mercancías a un puerto; hace falta llevarlas al punto exacto de la cadena de suministro.
Una primera misión para probar que funciona en el mundo real
El primer vuelo del remolcador gallego está planteado como una demostración de capacidades. No se trata solo de llegar al espacio, sino de mostrar que el sistema puede ejecutar las maniobras previstas con la precisión necesaria para cumplir objetivos reales. En ese vuelo inicial viajarán varias cargas, algunas de ellas desarrolladas en entornos universitarios, lo que añade una capa de validación cruzada entre investigación y operación industrial.
Si la misión sale según lo previsto, el resultado no será solo un éxito técnico puntual, sino una prueba de que el modelo de “servicios en órbita” puede funcionar en la práctica. Es el tipo de demostración que necesita el sector para pasar de la promesa al contrato comercial.
El siguiente capítulo: operar en el espacio, no solo llegar a él
Mover satélites es solo el primer paso hacia una visión más amplia: operar en el espacio como si fuera un entorno con infraestructura propia. En el horizonte aparecen conceptos como el mantenimiento orbital, el acoplamiento entre vehículos y, más adelante, el reabastecimiento en órbita. Son ideas que durante años parecían futuristas y que ahora empiezan a materializarse en proyectos concretos, aunque sea de forma incremental.
Si este tipo de remolcadores se consolida, el espacio dejará de ser solo el destino final de los satélites para convertirse en un entorno donde se presta servicio, se optimizan recursos y se prolonga la vida útil de las misiones. Que una de esas apuestas nazca en Galicia no cambia la física orbital, pero sí el mapa de quién empieza a ocupar un hueco en la nueva logística del espacio.


