Durante años, el debate giró en torno al tiempo de exposición a celulares, redes sociales y videojuegos. Pero una nueva investigación sugiere que esa discusión podría estar incompleta. El foco ya no estaría únicamente en la cantidad de horas, sino en la relación que los adolescentes desarrollan con la tecnología y en los patrones de uso que comienzan a instalarse cada vez a edades más tempranas.
Más que horas: el patrón que marca la diferencia
La Academia Estadounidense de Psiquiatría Infantil y Adolescente ha advertido que el uso excesivo de pantallas puede vincularse con problemas de sueño, bajo rendimiento escolar y dificultades en el desarrollo social. Sin embargo, nuevas evidencias apuntan a que el problema podría ser aún más complejo.
Un estudio publicado en el American Journal of Preventive Medicine analizó a más de 8.000 adolescentes estadounidenses de 11 y 12 años y encontró que el uso problemático de teléfonos móviles, redes sociales y videojuegos se asocia con un incremento en trastornos de salud mental al cabo de un año.
La diferencia clave está en el concepto de “uso problemático”. No se trata simplemente de pasar mucho tiempo frente a una pantalla, sino de perder el control sobre ese tiempo. Cuando el acceso digital genera conflictos, interfiere con la vida cotidiana o provoca malestar si se intenta reducirlo, el riesgo parece multiplicarse.
Los investigadores señalan que los vínculos entre este tipo de uso y la salud mental resultaron más fuertes que aquellos observados cuando solo se mide la cantidad total de horas frente a dispositivos.
Un estudio masivo que encendió las alarmas
La investigación fue liderada por Jason M. Nagata, de la División de Medicina para Adolescentes y Adultos Jóvenes de la Universidad de California, San Francisco, y utilizó datos del Adolescent Brain Cognitive Development Study, el mayor seguimiento longitudinal sobre desarrollo cerebral infantil realizado en Estados Unidos.
Los resultados mostraron que el uso problemático del teléfono móvil y de redes sociales se asoció con mayores niveles de síntomas depresivos, trastornos somáticos, problemas de atención, conductas desafiantes, alteraciones del sueño e incluso comportamientos suicidas. También se observó relación con el inicio temprano en el consumo de sustancias.
En el caso de los videojuegos, el patrón fue similar: aumento de síntomas depresivos, dificultades conductuales, problemas de sueño y mayor prevalencia de conductas suicidas.
Según explicó Nagata, el uso problemático aparece cuando los adolescentes no logran controlar el tiempo en línea, aunque lo intenten, y esta dificultad comienza a generar tensiones en la escuela o el hogar. En algunos casos, describió, pueden presentarse sensaciones comparables a la abstinencia y la necesidad de incrementar el tiempo de conexión para obtener la misma satisfacción.
El debate sobre la “adicción” digital
El término adicción digital ha generado controversia. En un juicio en Los Ángeles sobre la responsabilidad de las redes sociales en la salud mental juvenil, Adam Mosseri, director de Instagram, rechazó la idea de que las personas puedan ser clínicamente adictas a estas plataformas.
Mosseri sostuvo que es necesario diferenciar entre una adicción médica formal y un consumo problemático. Defendió el uso de este último concepto para describir situaciones en las que las personas pasan más tiempo del que consideran saludable, aunque sin cumplir necesariamente criterios clínicos de adicción.
Sin embargo, los investigadores subrayan que, más allá del debate semántico, los patrones descontrolados de uso sí muestran asociaciones consistentes con indicadores de deterioro emocional y conductual.
Una etapa crítica y un llamado urgente
El estudio adquiere especial relevancia porque se centra en la preadolescencia, una etapa en la que suelen manifestarse por primera vez muchas vulnerabilidades psicológicas. Además, responde a vacíos de evidencia señalados en 2023 por autoridades de salud pública de Estados Unidos sobre el impacto de las redes sociales en jóvenes.
En ese contexto, los hallazgos sugieren que no todo el tiempo frente a la pantalla es necesariamente perjudicial. El riesgo aumenta cuando el uso se vuelve compulsivo, cuando genera estrés si no se puede acceder al dispositivo o cuando comienza a afectar el sueño, el estado de ánimo y las actividades cotidianas.
Con casi la mitad de los adolescentes estadounidenses habiendo experimentado algún trastorno mental, según datos citados por la investigación, los expertos insisten en la necesidad de intervenir de manera temprana. Esto podría implicar tanto ajustes en el diseño de las plataformas digitales como estrategias familiares orientadas a fomentar hábitos más saludables.
La pregunta ya no sería simplemente cuántas horas pasan los chicos frente a una pantalla, sino qué tipo de vínculo están construyendo con ella y cómo ese lazo puede influir silenciosamente en su bienestar emocional.
[Fuente: Infobae]


