Cuando parecía que los grandes acorazados habían quedado relegados a los libros de historia, un anuncio reciente volvió a colocar a la supremacía marítima en primer plano. Con una puesta en escena cargada de simbolismo y promesas tecnológicas, Estados Unidos presentó un plan que apunta a redefinir el equilibrio naval global y a marcar un antes y un después en la forma de librar conflictos en el mar.
Un anuncio que busca redefinir el poder naval
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, reveló la creación de una nueva generación de acorazados que, según sus palabras, se convertirán en el corazón de una fuerza naval sin precedentes. El proyecto contempla la construcción de buques de gran tamaño y capacidad ofensiva, concebidos para enfrentar amenazas complejas y proyectar poder en cualquier océano del planeta.
La presentación tuvo lugar en una conferencia realizada en Mar-a-Lago, donde se exhibieron imágenes conceptuales de estas naves junto a altos funcionarios de su administración. El mensaje fue claro: la era de los grandes buques de combate no solo no ha terminado, sino que vuelve impulsada por inteligencia artificial, misiles de última generación y sistemas autónomos.
Buques pensados para una guerra distinta
Los nuevos acorazados, clasificados como BBG (Battleship Guided), fueron diseñados para operar en un entorno dominado por múltiples amenazas simultáneas. Incorporan lanzadores verticales capaces de disparar misiles de largo alcance, incluidos sistemas hipersónicos y armamento estratégico, integrados en una arquitectura digital avanzada.
Uno de los aspectos más destacados es el uso extensivo de inteligencia artificial para la toma de decisiones en tiempo real. Esto permitiría reducir significativamente el tamaño de las tripulaciones, optimizar la respuesta ante ataques y coordinar operaciones con drones aéreos y navales. A esto se suman armas de energía dirigida y sistemas de defensa diseñados para neutralizar amenazas con un menor costo operativo por objetivo.
El regreso del acorazado, con ambición global
Según lo anunciado, estas naves superarán ampliamente en desplazamiento y potencia a los legendarios acorazados del siglo XX. Con un tonelaje estimado entre 30.000 y 40.000 toneladas, están pensadas para actuar tanto de forma independiente como integradas en grupos de combate más amplios.
Podrán acompañar a portaaviones, liderar grupos de superficie o convertirse en centros avanzados de mando y control. Esta flexibilidad operativa es presentada como una de sus mayores virtudes, al permitir adaptarse a escenarios tan diversos como el Indo-Pacífico, el Atlántico Norte o zonas de alta tensión estratégica.
La llamada “Flota Dorada” y su simbolismo
El proyecto no se limita a estos acorazados. Trump lo enmarca dentro de una estrategia más amplia denominada “Flota Dorada”, que incluiría nuevos portaaviones, fragatas y sistemas no tripulados. La comparación explícita con la Gran Flota Blanca de comienzos del siglo XX busca evocar una etapa de expansión y supremacía naval estadounidense.
La iniciativa apunta también a revitalizar la industria naval local. Con inversiones que podrían rondar varios miles de millones de dólares por unidad, la administración sostiene que el plan generará empleo, modernizará astilleros y devolverá protagonismo a la US Navy en un contexto de competencia global creciente.
Reacciones, apoyos y fuertes cuestionamientos
El anuncio no pasó inadvertido. Sectores del Partido Republicano celebraron la iniciativa como una herramienta disuasoria clave frente a potencias como China y Rusia, en un mundo cada vez más multipolar. Desde esta mirada, la superioridad naval sigue siendo un pilar central de la seguridad nacional.
Del otro lado, voces demócratas y analistas independientes cuestionaron el costo y la pertinencia del proyecto. Señalan que el futuro de los conflictos se juega cada vez más en el ciberespacio, el dominio satelital y el uso masivo de drones, y advierten sobre el riesgo de una nueva carrera armamentista naval.
En Europa, el anuncio fue seguido con atención y cierta inquietud. Especialistas en defensa alertan que una modernización de este calibre podría obligar a otras potencias a responder, alterando equilibrios estratégicos delicados.
Entre promesas y desafíos
Trump aseguró que presionará a contratistas para acelerar los plazos y evitar sobrecostos, apelando incluso a órdenes ejecutivas. También prometió que estas naves serán “muy superiores” a cualquier buque existente, una afirmación que aún deberá pasar la prueba del desarrollo tecnológico y la viabilidad presupuestaria.
Más allá de las controversias, el anuncio deja una señal clara: el dominio del mar vuelve a ocupar un lugar central en la agenda estratégica global. Si el proyecto se concreta, la “Flota Dorada” no solo marcará un legado político, sino que podría redefinir cómo se concibe la guerra naval en las próximas décadas.
[Fuente: El Cronista]




