Hay una línea invisible que los reactores de fusión nunca podían cruzar. Tenía que ver con el plasma. China dice que ya no existe

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La fusión nuclear siempre fue de tener una frontera silenciosa. No era política, ni económica, ni siquiera tecnológica en el sentido clásico. Era física pura. Una línea invisible que todos los reactores conocían y nadie se atrevía a cruzar: la densidad del plasma. Cada vez que los científicos intentaban empujarla un poco más, el experimento se volvía inestable. El plasma se descontrolaba. Chocaba contra las paredes. Se perdía energía. A veces se dañaba el reactor.

En el tokamak EAST, en China, acaban de hacer algo que hasta ahora solo existía en teoría: cruzar esa línea y seguir funcionando.

El problema que siempre arruinaba la fiesta

© HFIPS.

La fusión suena simple en los titulares: calentar deuterio y tritio a más de 100 millones de grados, convertirlos en plasma, confinarlos con campos magnéticos y dejar que los núcleos se fusionen como en el Sol. En la práctica, es un ejercicio permanente de equilibrio. Temperatura, presión, estabilidad, tiempo de confinamiento. Todo tiene que encajar.

Y la densidad era uno de los puntos más delicados. A mayor densidad, más probabilidades de que ocurran reacciones de fusión. Pero también más riesgo de que el plasma se vuelva inestable y termine golpeando las paredes metálicas del reactor. Durante medio siglo, los tokamaks de todo el mundo se adaptaron a ese límite empírico. Nadie lo discutía. Simplemente estaba ahí.

Sí. Hasta ahora.

La teoría que llevaba años esperando su oportunidad

En 2022, el físico francés Dominique Escande propuso una idea poco intuitiva: que el problema no era solo el plasma, sino la relación entre el plasma y la pared del reactor desde el primer segundo del arranque. Si esa interacción inicial se controlaba con precisión, el sistema podía autoorganizarse y evitar las inestabilidades que siempre aparecían después.

Sonaba bien en los papers escritos. Pero nadie lo había demostrado en un reactor real.

El equipo del EAST decidió probarlo. Ajustaron presión, calentamiento y condiciones de borde siguiendo esa lógica de “armonía” plasma-pared. El resultado, según acaban de publicar en Science Advances, es que lograron llevar el plasma a densidades significativamente más altas sin que colapsara el confinamiento. Sin interrupciones. Sin daños.

En términos de fusión, eso es romper un tabú.

No es energía ilimitada (todavía), pero sí un giro importante

Hay una línea invisible que los reactores de fusión nunca podían cruzar. Tenía que ver con el plasma. China dice que ya no existe
© Getty Images / Love Employee.

Conviene decirlo claro: esto no significa que mañana vayamos a enchufar ciudades a un reactor de fusión. Ni siquiera que el EAST produzca energía neta. La fusión comercial sigue estando lejos. Muy lejos. El récord de operación continua sigue siendo de minutos, no de horas o días.

Pero aquí está la clave real: si de verdad se puede operar de forma estable a densidades más altas, la eficiencia de los futuros reactores cambia. Y mucho. Más densidad significa más reacciones. Más reacciones significa más energía potencial por cada segundo de operación.

Es uno de esos avances que no hacen ruido fuera del sector, pero que dentro se leen como un “ojo, que esto es serio”.

La línea que se movió un poco más lejos

Durante años, la narrativa de la fusión fue siempre la misma: promesas enormes, obstáculos técnicos persistentes. Este no es un titular de ciencia ficción ni una promesa vacía de “energía infinita”. Es algo más incómodo y más interesante: la sensación de que una de las barreras físicas más rígidas acaba de ceder.

No ha desaparecido la montaña. Pero el sendero es distinto.

Y cuando en un campo tan conservador como la física del plasma alguien logra que el plasma deje de obedecer a sus viejas reglas, conviene prestar atención. Porque a veces, los grandes cambios empiezan así: con una línea invisible que deja de ser frontera.

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