domingo 15 febrero 2026
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Helada mortal en Nueva York deja al descubierto fallas en ayudas a los más necesitados

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Tras varios días de pronósticos diferentes y ruedas de prensa sobre lo que venía, la tormenta de finales del mes de enero llegó un domingo en la mañana. No era una simple ventisca, pero tenía suficiente nieve y viento para cubrir todo de nieve.

Los neoyorquinos se lanzaron desde las colinas de nieve con trineos y se refugiaron en bares abiertos con amigos. Además, la leyenda del snowboard, Shaun White, hizo acrobacias en Central Park.

Mientras todo esto ocurría, el alcalde Zohran Mamdani habló con los medios de comunicación para elogiar a los empleados de saneamiento y de emergencia. Pero también tocó una nota sombría.

“Para quienes no tienen refugio, el frío intenso puede ser fatal”, explicó. “Solo ayer, antes de que empezara a nevar, al menos cinco neoyorquinos fallecieron y fueron encontrados a la intemperie”.

Esta fue la primera señal de que la tormenta y la intensa helada que la siguió tendrían un alto costo en los siguientes días y semanas. El número de muertos seguiría subiendo a la vez que la ciudad publicaba actualizaciones, convirtiendo la tormenta gélida en uno de los desastres meteorológicos más mortíferos de los últimos años.

Ahora que lo peor de las heladas ya pasó, los legisladores y funcionarios de la ciudad están lidiando con preguntas sobre si Nueva York, bajo la administración de Mamdani, hizo lo suficiente por sus residentes más vulnerables y cómo ayudar a los que se encuentran al margen cuando el clima extremo amenaza la seguridad de todas las personas.

Sin embargo, por un momento ese día, los neoyorquinos siguieron jugando en la nieve todavía blanca, hasta que el aguanieve y el sol poniente los absorbieron al interior del asfalto y el cemento de las aceras.

Un padre arrastra a sus hijos, Sebastian Ingham (5) y Lucas Ingham (1), en un trineo durante una nevada.
Crédito: Adam Gray | AP

Miles de trabajadores de saneamiento limpiaron y echaron sal en las carreteras el domingo en la noche. Alrededor de 12 pulgadas de nieve habían caído cuando los estudiantes se despertaron y trataron de conectarse a los portales de aprendizaje remoto al día siguiente, pero la ciudad se había vuelto más manejable.

Muchos de los ciudadanos pasaron el lunes en sus casas, mientras las conversaciones pasaban de la tormenta al frío. La Gran Manzana experimentaba su tercer día consecutivo con temperaturas bajo cero y era improbable que esa tendencia se redujera en los días por venir. Los residentes tendrían que remontarse a 30 años atrás para hallar un invierno tan frío.

Este fue el tercer día que la ciudad estuvo en lo que se denomina “Código Azul Mejorado”, un estado de emergencia en el que se levantan las restricciones de admisión a los refugios y los equipos de extensión laboran las 24 horas para llevar a las personas a refugios y centros de convivencia abiertos por toda la ciudad de Nueva York.

Los empleados de extensión ya habían hecho 170 traslados desde las calles de la Gran Manzana a refugios y otros centros, de acuerdo con las autoridades municipales.

“El hecho de que la tormenta haya pasado no significa que el peligro para los neoyorquinos sin hogar haya pasado”, manifestó Mamdani a los periodistas en una rueda de prensa en la tarde.

No obstante, al día siguiente, el peligro era todavía más evidente. La ciudad anunció que al menos 10 de sus ciudadanos habían muerto en medio de las temperaturas frías, y la intensa helada que flagelaba la ciudad no daba signos de ceder.

Desde su oficina en la calle 121 en East Harlem, Aly Coleman estaba ocupada dirigiendo el equipo de extensión del Centro de Servicios Comunitarios Urbanos.

El Centro en cuestión es uno de los varios contratistas que se encargan de la asistencia a personas sin hogar en la ciudad. Que abarca todo el alto Manhattan: desde la calle 110 al norte del lado oeste hasta la calle 96 al norte del lado este.

Un Código Azul Mejorado, como el que fue declarado por Mamdani, significaba que “era realmente una situación en la que todos debían intervenir”, expresó Coleman.

Trabajadores retiran nieve con pala de la entrada de su restaurante y bar en el centro de Manhattan durante una tormenta de nieve.
Trabajadores retiran nieve con pala de la entrada de su restaurante y bar en el centro de Manhattan durante una tormenta de nieve.
Crédito: Wong Maye-E | AP

La ciudad trabajaba con un total de unos 400 promotores sociales, que pueden parecer muchos, pero la cantidad se vuelve pequeña al desglosarse entre los cinco distritos y los innumerables barrios. Para el área de cobertura del Centro, esto por lo general significa un equipo de dos personas en las calles de 5:30 de la mañana a 5:00 de la tarde, que se encarga de la campaña, el transporte, las respuestas al 311 y las reuniones con clientes.

Asimismo, gestionan una lista de clientes conocidos junto con una lista más corta de personas sobre las que tienen preguntas específicas, informó Gothamist.

“Los clientes que consumen sustancias podrían no sentir el frío”, señaló Coleman. “Los clientes con afecciones mentales más graves o que toman medicamentos psiquiátricos o de otro tipo podrían no sentir el frío”.

A medida que bajaban las temperaturas, Coleman salió a la calle junto con su personal para prestar apoyo.

“Puede ser realmente difícil no acercarse a nuestros clientes presa del pánico”, indicó Coleman. “Hace tanto frío, es tan peligroso, estamos muy preocupados por ustedes. Nadie dice que no creamos que han sido fuertes y resilientes en el pasado. Pero ¿por qué? ¿Por qué tenemos que serlo hoy, no? Intentemos ir a un lugar cálido hoy”.

Esa semana, Coleman tuvo que hacer la clase de llamada, que de acuerdo con ella, es la parte menos favorita de su trabajo. Ordenó el traslado involuntario de uno de los clientes del centro al hospital. No era solo el frío; el hombre también tenía heridas en las piernas.

Al final, un médico decidió que la condición médica del sujeto no era tan grave como para retenerlo contra su voluntad y lo liberó de nuevo al frío congelante.

Una semana después de la tormenta de nieve, la cifra de muertos había subido a 16.

Las autoridades no identificaron a los fallecidos ni tampoco brindaron otra información en ese momento, y alertaron que, aunque al menos una docena de los que murieron habían interactuado con los servicios para personas sin hogar en el pasado, no todos ellos carecían de un hogar.

Una mujer salió de su apartamento y se metió en la nieve con el camisón de dormir puesto. Otro hombre murió de frío, con el alta hospitalaria en el bolsillo. Otro, de acuerdo con lo que supieron los medios, se acostó en un parque y no se levantó.

Así, se hizo más difícil no ver la tormenta y su creciente cantidad de muertos como una crisis para el nuevo alcalde, incluso mientras miles de trabajadores de saneamiento movilizaban el quitanieves y camiones móviles para derretir nieve en los cinco distritos.

Incluso en ese entonces, la cantidad de muertos eclipsó las 12 muertes que la administración de Nueva York había registrado en una racha de frío similar una década antes. El número superó el promedio anual de muertes por exposición entre los neoyorquinos en situación de calle durante los últimos diez años, de acuerdo con los datos municipales.

Algunos críticos, incluido el exalcalde Eric Adams, alegaron que la decisión de Mamdani de no desalojar los campamentos de personas sin hogar fue, al menos en parte, la responsable. La ciudad aseguró que no había evidencias de que ninguno de los fallecidos viviera en campamentos.

Y después estuvo la cuestión de los retiros involuntarios: obligar a las personas a salir de la calle y a ingresar en hogares de acogida.

Los debates habituales sobre si las personas sin hogar deberían ser llevadas en contra de su voluntad a hospitales eran irrelevantes, aseguró Brian Stettin, asesor principal sobre enfermedades mentales graves de Adams.

Para Stettin, con el frío que hubo en las calles, cualquiera que se negara a ingresar cumplía con los criterios para ser llevado a un hospital: sufrir de una enfermedad mental y actuar de una forma que podría causar daños graves para otros y para sí mismos.

“Realmente no hay ninguna cuestión legal ni controversia sobre si las personas que insisten en quedarse afuera en el frío necesitan entrar”, manifestó.

En otra conferencia de prensa, Mamdani indicó que las políticas de la ciudad sobre esta práctica no han cambiado desde la última administración: la remoción involuntaria todavía se usaría como último recurso y ya se habían usado en “varios momentos”.

El actual alcalde anunció que la ciudad se apresurará a abrir un nuevo refugio y agregar más centros de calentamiento, así como otros 150 trabajadores sociales.

No obstante, aun cuando la respuesta de la ciudad se amplió en algunos sentidos, flaqueó.

Mamdani había desplegado 20 nuevos autobuses de calentamiento por la ciudad. Dos estaban estacionados frente a la terminal de ferry de Staten Island. Pero cuando un reportero los visitó una noche, nadie parecía saber que estaban allí. No había señales que indicaran dónde estaban.

El alcalde asumiría la responsabilidad de la falla de comunicación. Cuando se visitó nuevamente otra noche, hacia el final de la ola de frío, unas 20 personas estaban a bordo de uno de los autobuses, acurrucadas y durmiendo bajo mantas.

A las afueras de un McDonald’s, hallaron a un cliente. Llevaba dos abrigos; uno de ellos le había sido entregado por un trabajador social unas semanas antes.

El equipo de extensión conoce al hombre, de vez en cuando, desde hace más de cinco años. Últimamente, había hablado de aceptar un refugio, pero no estaba del todo convencido. Sin embargo, les prometió que tenía un lugar donde pasar la noche.

“Quiere esperar hasta que le parezca bien”, apuntó Coleman. “Y seguiremos vigilándolo”.

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