El espacio se está llenando de objetos. Constelaciones de miles de satélites prometen internet global, observación continua de la Tierra y comunicaciones más rápidas. El problema es que cada pieza que sube acabará bajando. Y cuando lo hace, deja una huella: fragmentos, polvo metálico y residuos que no desaparecen del todo. Frente a esa acumulación silenciosa, Japón ha decidido probar algo que suena casi anacrónico: construir un satélite con madera.
El problema que no se ve desde la Tierra: la basura orbital
La basura espacial no es solo el enjambre de fragmentos que amenazan colisiones en órbita. Es también lo que ocurre cuando los satélites reentran en la atmósfera y se desintegran. Muchos de los materiales metálicos se transforman en óxidos finos que pueden permanecer durante años en capas altas de la atmósfera. No es un riesgo inmediato para las personas en tierra, pero sí una externalidad acumulativa de una actividad que va en aumento.
Con miles de nuevos satélites previstos para la próxima década, la pregunta ya no es si habrá impacto ambiental, sino cómo se gestiona. Cambiar el material de “envoltorio” de los satélites no resuelve todos los problemas, pero ataca uno concreto: qué residuos dejamos cuando estos objetos cumplen su vida útil.
Por qué madera en el vacío del espacio
La madera parece un material frágil, pero en el entorno espacial adquiere propiedades inesperadas. En ausencia de oxígeno no se quema ni se oxida, y su estructura interna responde de forma estable a ciclos térmicos extremos. Mientras los metales se dilatan y contraen con los cambios bruscos de temperatura en órbita, la madera puede mantener dimensiones más constantes, reduciendo tensiones en la estructura del satélite.
Además, es un material electromagnéticamente “silencioso”: no interfiere con antenas ni sensores de la misma forma que las carcasas metálicas. Esto abre la puerta a diseños más simples y ligeros para pequeños satélites experimentales, donde cada gramo cuenta.
LignoSat: un experimento pequeño con una idea grande
El proyecto japonés no pretende sustituir mañana todos los satélites de aluminio por cajas de madera. Es un experimento de materiales. Se trata de comprobar, con datos reales de vuelo, cómo se comporta la madera tras meses expuesta a radiación, vacío, micrometeoritos y ciclos térmicos extremos. Antes de lanzarlo, distintos tipos de madera fueron probados en el espacio y recuperados para analizar su degradación. La elección de una madera concreta responde a criterios de estabilidad dimensional y facilidad de mecanizado.
La apuesta es pragmática: si el material se comporta como se espera, puede convertirse en una opción para pequeños satélites de corta vida útil, como los de observación meteorológica o experimentos científicos.
¿Es realmente una solución “ecológica”?
El argumento ambiental del proyecto se centra en la fase final del ciclo de vida. Cuando un satélite de madera reentra en la atmósfera, su estructura se quema y produce principalmente vapor de agua y pequeñas cantidades de dióxido de carbono, en lugar de partículas metálicas persistentes. En términos relativos, es un residuo más “limpio”.
Eso no convierte al lanzamiento de satélites en una actividad neutra para el medio ambiente. Los cohetes siguen teniendo una huella significativa y la congestión orbital sigue siendo un problema. La madera no evita colisiones ni la saturación de órbitas. Lo que hace es reducir uno de los subproductos menos visibles de esta industria: el rastro químico que dejamos en la atmósfera al deshacernos de nuestros artefactos.
Materiales del siglo XXI con ideas del pasado

El atractivo del experimento va más allá de la madera en sí. Señala un cambio de mentalidad: empezar a pensar en los materiales espaciales no solo por su rendimiento técnico, sino por su impacto ambiental a largo plazo. Durante décadas, la prioridad fue sobrevivir al entorno espacial. Ahora, con una presencia cada vez más permanente en órbita, empieza a importar también qué huella dejamos.
Paradójicamente, la innovación no siempre consiste en inventar materiales más exóticos, sino en reevaluar materiales antiguos bajo nuevas condiciones. La madera, uno de los materiales más viejos de la ingeniería humana, se convierte así en un candidato inesperado para un problema muy contemporáneo.
El futuro de un espacio cada vez más lleno
El experimento japonés no resolverá por sí solo la basura espacial ni la congestión de órbitas. Pero introduce una idea que probablemente veremos repetirse: diseñar los satélites pensando en su muerte tanto como en su vida. En un entorno donde lanzar objetos se ha vuelto relativamente barato y frecuente, el final del ciclo importa tanto como el inicio.
Si el espacio se va a convertir en una infraestructura permanente de la civilización, habrá que empezar a aplicar criterios de sostenibilidad también fuera de la Tierra. Que esa conversación empiece con una “caja de madera” en órbita es, como mínimo, una señal de que estamos dispuestos a replantear lo que damos por sentado cuando construimos tecnología para el vacío.
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