Japón quiere construir una planta solar donde nunca anochece. Un satélite a 450 kilómetros probará si es posible enviar energía desde el espacio hasta la Tierra

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La energía solar es abundante, limpia y cada vez más barata. También es intermitente, exige grandes extensiones de terreno y depende del clima. Japón, con poco espacio y una fuerte dependencia energética exterior, ha decidido atacar el problema desde otro ángulo: ir directamente al lugar donde el sol nunca se oculta.

A 450 kilómetros sobre la superficie terrestre, el satélite Ohisama —“sol” en japonés— intentará demostrar que la electricidad puede generarse en el espacio y enviarse a la Tierra sin cables. No es solo un experimento simbólico. Es la validación de una idea que lleva más de medio siglo sobre la mesa y que ahora, gracias al abaratamiento de los lanzamientos y al avance en electrónica de potencia, empieza a parecer técnicamente plausible.

Una central solar fuera de la atmósfera

© Roland Berger.

Ohisama pesa 180 kilos y porta un panel solar de aproximadamente 70 centímetros por 2 metros, similar al tamaño de una puerta. Su misión es sencilla en apariencia: captar luz solar en órbita baja, convertirla en electricidad y transformarla en microondas que viajarán hasta una antena receptora de 64 metros en Nagano.

La potencia prevista es modesta —unos 720 vatios—, suficiente apenas para encender un LED. Pero el objetivo real no es la cantidad de energía transmitida, sino demostrar que la señal puede atravesar la ionosfera con precisión y ser reconvertida en electricidad sin pérdidas inasumibles.

Japón ya ensayó una versión preliminar desde un avión a siete kilómetros de altura en 2024. Esta vez, la prueba se realiza en órbita real. Es un salto cualitativo.

El verdadero objetivo: un gigavatio constante

Si el experimento funciona, Japan Space Systems planea escalar el modelo hacia centrales solares espaciales de aproximadamente 2,5 kilómetros cuadrados en órbita geoestacionaria, a 36.000 kilómetros de altitud. Desde allí podrían generar alrededor de un gigavatio de potencia continua, equivalente a la producción de un reactor nuclear o al 10% del consumo de una megaciudad como Tokio.

La ventaja clave es la constancia. En el espacio no hay nubes, ni estaciones, ni noche. La radiación solar es estable y más intensa que en superficie. Una planta orbital podría redirigir su haz energético hacia distintas antenas receptoras según la demanda, enviando electricidad a zonas afectadas por desastres o cubriendo picos de consumo.

Eso cambiaría la lógica actual de las renovables, que dependen de almacenamiento masivo o respaldo fósil cuando el sol no brilla.

El gran cuello de botella

Japón quiere construir una planta solar donde nunca anochece. Un satélite a 450 kilómetros probará si es posible enviar energía desde el espacio hasta la Tierra
© Japan Space Systems (JSPACE).

Transmitir energía a miles de kilómetros no es trivial. Las microondas tienden a dispersarse por difracción, lo que exige antenas transmisoras enormes y un control de fase extremadamente preciso para mantener el haz concentrado. La ingeniería necesaria es compleja y costosa.

A esto se suma el riesgo inmediato del lanzamiento. El cohete Kairos 5, encargado de poner el satélite en órbita desde el Puerto Espacial Kii, ha sufrido fallos en intentos anteriores. Un nuevo fracaso retrasaría el proyecto y pondría a prueba la apuesta japonesa por desarrollar capacidades espaciales privadas propias.

Más allá de la Tierra

La ambición final no se limita al abastecimiento terrestre. Japón contempla utilizar el sistema para alimentar misiones lunares y futuras infraestructuras espaciales, donde la transmisión inalámbrica de energía podría resultar decisiva.

Encender un LED desde el espacio puede parecer un gesto mínimo. Pero si el haz llega a destino y la conversión funciona, ese pequeño punto de luz marcará algo mayor: la posibilidad real de que las centrales solares del futuro no estén en desiertos ni sobre el mar, sino flotando silenciosamente sobre nuestras cabezas.

La pregunta ya no es si la idea es ciencia ficción. La cuestión es si la ingeniería logrará domar el haz.

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