En las webs de contratación de muchas startups tecnológicas todo parece diseñado para resultar atractivo: equipos jóvenes, eslóganes optimistas, promesas de comidas gratis y oficinas pensadas para no salir nunca de ellas. Pero basta con leer la letra pequeña para descubrir el otro lado del decorado. Cada vez más empresas no solo asumen jornadas de 70 horas semanales: las presentan como un filtro para encontrar a “los adecuados”.
Del entusiasmo al agotamiento: cuando trabajar sin parar se convierte en requisito
En compañías emergentes del sector de la inteligencia artificial, la jornada larga ha dejado de ser un sacrificio temporal para convertirse en un rasgo identitario. No se trata solo de trabajar mucho en momentos puntuales: el mensaje que se transmite es que el compromiso real se mide en horas acumuladas frente a la pantalla. La narrativa es conocida: equipos pequeños, ambición desbordante y la sensación permanente de que, si no corres, alguien te va a adelantar.
Esta cultura se presenta a menudo envuelta en un lenguaje épico. Se habla de “atletas del trabajo”, de obsesión positiva, de diversión en el esfuerzo. El problema es que esa épica no distingue entre pasión y desgaste. Cuando el ritmo se normaliza, descansar empieza a verse casi como una falta de implicación. Y lo que en el discurso se vende como libertad —trabajar cuando te apetezca porque te apasiona tu proyecto— en la práctica se traduce en jornadas que se alargan sin límites claros.
El fantasma del 996 y su viaje de Asia a Occidente
La idea de que trabajar 12 horas al día, seis días a la semana, es una virtud no nació en Silicon Valley. Durante años, la llamada cultura 996 fue uno de los símbolos del auge tecnológico chino. Fue defendida por grandes nombres del sector como una muestra de compromiso casi patriótico con el progreso económico. Con el tiempo, las protestas internas y las advertencias legales obligaron a suavizar el discurso, pero la lógica de fondo nunca desapareció del todo.
Lo llamativo es que ese modelo, cuestionado en su lugar de origen, esté encontrando ahora eco en startups occidentales. El patrón se repite: empresas jóvenes, fuerte presión de inversores y un mercado hipercompetitivo. En ese contexto, el 996 reaparece camuflado bajo conceptos más amables, como “integrar trabajo y vida personal” o “vivir el proyecto”. El problema es que el cuerpo humano no entiende de eslóganes: el desgaste sigue siendo el mismo, se llame como se llame.
La carrera por la IA como acelerador de una cultura extrema

La inteligencia artificial ha introducido un elemento nuevo en esta ecuación: la sensación de carrera global. Quien llegue primero, quien consiga el producto más funcional o el modelo más eficiente, se queda con una parte desproporcionada del mercado. Ese miedo a quedarse atrás actúa como combustible para jornadas interminables. En el imaginario de muchos fundadores, trabajar más horas equivale directamente a avanzar más rápido.
Pero esa relación no es tan simple. A corto plazo, es cierto que dedicar más tiempo puede acelerar ciertos desarrollos. A medio plazo, la fatiga empieza a pasar factura. La innovación requiere creatividad, y la creatividad se resiente cuando el cansancio se acumula. La paradoja es que la misma cultura que pretende exprimir al máximo el talento puede acabar erosionando justo aquello que dice querer potenciar.
Productividad, salud y el límite invisible del cuerpo humano
La ciencia lleva años señalando un punto incómodo para el relato del “trabaja más para rendir más”: a partir de cierto umbral, la productividad por hora cae. El agotamiento físico y mental no solo afecta al bienestar personal, también al rendimiento real. Jornadas de 70 horas semanales pueden producir la sensación de hiperactividad, pero no necesariamente mejores resultados sostenidos en el tiempo.
El impacto en la salud tampoco es un asunto menor. Desde los casos extremos asociados al karōshi en Japón hasta los estudios que vinculan las largas jornadas con un mayor riesgo cardiovascular, el patrón es consistente. Trabajar sin descanso tiene un coste. La diferencia es que, en el sector tecnológico, ese coste suele ocultarse bajo una narrativa de éxito, juventud y promesa de futuro. El precio se paga más tarde, cuando el agotamiento deja de ser romántico y empieza a ser clínico.
La cultura del trabajo extremo vuelve a presentarse como la receta mágica para ganar la próxima gran carrera tecnológica. Pero la historia del 996 ya dejó una lección clara: convertir la extenuación en virtud tiene un recorrido limitado. La pregunta que flota ahora sobre Silicon Valley no es si esta cultura puede acelerar la innovación, sino cuánto talento está dispuesta a quemar por el camino antes de admitir que el cuerpo humano no escala al ritmo de la inteligencia artificial.


