Durante algunas décadas, el desierto del sur de Perú fue explorado palmo a palmo por arqueólogos, pilotos, topógrafos y fotógrafos aéreos. El resultado de ese esfuerzo acumulado fue extraordinario, pero lento: cientos de geoglifos documentados en casi cien años. Ahora, un sistema de inteligencia artificial ha logrado algo que parecía impensable: identificar en seis meses más de 300 nuevas figuras en el mismo territorio. No es una exageración. Es un cambio de escala.
El desierto que siempre escondía algo más
Nazca nunca fue un yacimiento fácil. Las figuras no se elevan sobre el terreno, no forman ruinas evidentes, no se dejan ver desde el suelo. Son trazos, líneas, siluetas gigantes dibujadas sobre una pampa inmensa, seca y aparentemente uniforme. Durante décadas, la arqueología trabajó con fotos aéreas, sobrevuelos, intuición y caminatas interminables bajo el sol.
El problema no era la falta de conocimiento. Era la escala.
La Pampa de Nazca y Palpa es enorme. Y muchas figuras —sobre todo las más pequeñas y erosionadas— se confunden con el terreno incluso en imágenes de alta resolución. Localizarlas dependía de la experiencia humana, de la paciencia y, muchas veces, del azar. Hasta ahora.
Cuando la IA entra en el paisaje

Un equipo internacional encabezado por el Instituto Nazca de la Universidad de Yamagata, en colaboración con IBM Research, decidió abordar el problema desde otro ángulo: entrenar un sistema de inteligencia artificial para detectar patrones invisibles al ojo humano. No para sustituir a los arqueólogos, sino para guiarlos.
El sistema fue alimentado con miles de imágenes del terreno y aprendió a reconocer irregularidades, trazos, sombras mínimas y alteraciones del suelo que podrían indicar la presencia de geoglifos. A partir de ahí, comenzó a señalar zonas con alta probabilidad de hallazgo. El resultado fue contundente: 303 nuevos geoglifos identificados y confirmados en solo seis meses de trabajo de campo.
En términos históricos, es una aceleración brutal. Según los propios investigadores, documentar los primeros 430 geoglifos figurativos llevó casi un siglo. La IA no hizo magia. Hizo algo más simple y más poderoso: cribó el desierto a una velocidad inalcanzable para cualquier equipo humano.
No es solo cantidad. Es lectura del territorio
Lo interesante no es únicamente el número. Es lo que ese número permite. Con un catálogo ampliado de forma tan drástica, los investigadores pueden pasar de la anécdota al patrón. De la figura aislada a la red. Y ahí aparece algo clave: no todas las líneas de Nazca cumplían la misma función.
El análisis distingue entre dos grandes tipos de geoglifos. Por un lado, los de relieve, más pequeños, más discretos, ubicados cerca de antiguos senderos. En promedio, a unos 40 metros. Lo suficientemente cerca como para ser vistos por caminantes, por individuos o pequeños grupos. Por otro, los grandes geoglifos lineales, monumentales, conectados con redes geométricas amplias, visibles desde lejos, pensados para un uso colectivo.
Esto no es un detalle técnico. Es una pista social. Sugiere que Nazca no fue un único ritual, ni una única función, ni una sola intención simbólica. Fue un paisaje usado de distintas formas por distintas personas, en distintos momentos, con distintos fines. Un territorio vivo. No un enigma congelado.
Del misterio romántico a la arqueología real
Durante años, las líneas de Nazca fueron envueltas en explicaciones casi místicas. Teorías extraterrestres, pistas astronómicas absolutas, mensajes al cielo. Parte de eso era fascinación. Parte, falta de datos. La IA no elimina el misterio, pero lo devuelve al terreno humano.
Al mostrar que muchas figuras están vinculadas a caminos, trayectorias y zonas de tránsito, el foco se desplaza: ¿quién caminaba por ahí?, ¿qué veía?, ¿qué significaba para ellos ese dibujo?, ¿qué papel jugaba en su vida cotidiana o ritual? La pregunta ya no es “qué querían decirle a los dioses”, sino también “qué querían decirse entre ellos”.
Y eso es arqueología en estado puro.
La tecnología como lupa, no como sustituto
Los propios investigadores insisten en ello: la inteligencia artificial no reemplaza al arqueólogo. No interpreta, no contextualiza, no excava. Lo que hace es priorizar. Señalar. Sugerir dónde mirar.
Luego, el trabajo sigue siendo humano. Hay que caminar, medir, excavar, comparar, fechar. La IA no pisa el desierto. Pero decide por dónde empezar a pisarlo. Y en un paisaje de miles de kilómetros cuadrados, eso cambia todo. Reduce tiempo. Reduce costes. Y, sobre todo, reduce el riesgo de que el patrimonio desaparezca sin haber sido visto.
Un patrimonio frágil en un mundo acelerado
© Unsplash – Alexander Schimmeck.
Porque hay otro factor que no se puede ignorar: Nazca es Patrimonio de la Humanidad, sí. Pero también es un territorio expuesto a carreteras, minería ilegal, turismo descontrolado y expansión urbana. Cada figura no documentada es una figura vulnerable. En ese contexto, la capacidad de la IA para identificar rápidamente zonas de interés no es solo una ventaja científica, es una herramienta de protección. Saber dónde están las figuras es el primer paso para cuidarlas.
Un cambio de era en la arqueología del paisaje
Lo que ha ocurrido en Nazca no es un caso aislado. Es una señal. La combinación de imágenes satelitales, aprendizaje automático y trabajo de campo está inaugurando otra forma de hacer arqueología. Una donde el cuello de botella ya no es la búsqueda, sino la interpretación. Donde el problema ya no es “no vemos nada”, sino “vemos demasiado”.
Y eso obliga a repensar métodos, equipos, tiempos y prioridades.
Cuando el pasado se acelera
Durante casi cien años, Nazca fue un rompecabezas armado a mano. Pieza a pieza. Con paciencia. Con error. Con intuición. En seis meses, la IA añadió cientos de piezas nuevas. No porque sea más inteligente. Sino porque no se cansa, no parpadea y no pierde el rastro.
El misterio sigue ahí. Las preguntas siguen abiertas. Pero algo ha cambiado para siempre: ya no estamos buscando a ciegas. El desierto, por fin, empieza a hablar… y la tecnología ha aprendido a escucharlo.
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