La idea de extraer metales críticos del fondo del océano se presenta a menudo como una solución técnica para la transición energética: más cobalto, níquel o manganeso para baterías, menos presión sobre minas terrestres. El problema es que esa narrativa llevaba años apoyándose en modelos y proyecciones, no en datos reales de operaciones a escala industrial. Un experimento reciente en el Pacífico profundo ha empezado a llenar ese vacío con cifras concretas, y lo que muestran no es precisamente tranquilizador.
Un ensayo real en el “desierto” abisal
La zona Clarion-Clipperton, entre México y Hawái, suele describirse como una vasta llanura de sedimentos a más de cuatro kilómetros de profundidad. Bajo esa apariencia uniforme se esconde un ecosistema complejo que depende, en gran medida, de los nódulos polimetálicos: pequeñas rocas ricas en metales que tardan millones de años en formarse y que actúan como soporte físico para múltiples organismos.
En el ensayo industrial, una máquina recolectora removió el sedimento y aspiró miles de toneladas de nódulos en un área concesionada. A diferencia de pruebas de laboratorio o simulaciones, aquí hubo maquinaria real, huellas físicas y un seguimiento científico prolongado antes y después de la intervención. Eso permite por primera vez poner números a un impacto que hasta ahora se discutía en abstracto.
Menos especies donde pasa la máquina
Los resultados muestran un patrón claro: en las huellas directas de la maquinaria, la diversidad de especies cayó de forma notable. No es solo una cuestión de que algunos individuos mueran en el momento de la extracción. Al retirar los nódulos, se elimina el “suelo” sobre el que se fija buena parte de la vida abisal. Es un doble golpe: se pierde el hábitat y se enturbia el entorno con nubes de sedimento que alteran las condiciones para los organismos cercanos.
Incluso en las zonas que no fueron excavadas directamente, sino afectadas por la pluma de sedimentos, se observaron cambios en qué especies dominan. Es decir, el impacto no se limita a la cicatriz visible del colector, sino que se propaga de manera más difusa por el ecosistema circundante.
Un ecosistema que no se repone al ritmo humano
Uno de los problemas de fondo es la escala temporal, explica el estudio publicado en Nature Ecology & Evolution. Los nódulos polimetálicos crecen a ritmos de milímetros por millones de años. En términos prácticos, para nuestra civilización son un recurso no renovable. La fauna asociada a ellos ha evolucionado para vivir sobre esas superficies duras en un entorno extremadamente estable. Quitar el nódulo equivale a retirar la casa de un organismo que no tiene adónde mudarse rápidamente.
Ensayos de perturbación realizados décadas atrás en otros fondos oceánicos muestran que las marcas de la maquinaria siguen siendo visibles mucho tiempo después y que la recolonización es parcial y lenta. Algunos grupos móviles regresan; otros, más especializados, no lo hacen en escalas de tiempo comparables a las humanas. La idea de “restaurar” un fondo abisal tras la minería suena bien en los documentos, pero choca con la biología real de estos ecosistemas.
El dilema de la transición energética

Aquí es donde entra la dimensión política. Los metales que contienen los nódulos son codiciados para fabricar baterías y otras tecnologías clave en la descarbonización. Para países como España y para la Unión Europea en general, la seguridad de suministro de materias primas críticas es un tema estratégico. La tentación de ver en el fondo marino una “reserva” aún sin explotar es comprensible desde el punto de vista económico.
El problema es que la transición energética corre el riesgo de desplazar el impacto ambiental de la tierra firme a un territorio que conocemos mucho peor. Extraer recursos del océano profundo no elimina el daño: lo traslada a un ecosistema que tarda millones de años en regenerarse y del que apenas hemos catalogado una fracción de su biodiversidad.
Regular antes de explotar (o no explotar en absoluto)
El experimento llega justo cuando los organismos internacionales discuten las reglas que deberían regir una posible minería comercial en aguas internacionales. La pregunta ya no es teórica: ahora hay datos que muestran un impacto directo y medible. Para una parte creciente de la comunidad científica, eso refuerza la idea de una moratoria hasta entender mejor los límites ecológicos de estos sistemas.
En el fondo, la decisión no es solo técnica, sino ética y política. Abrir una nueva frontera extractiva en el océano profundo implica asumir daños en un ecosistema que no podemos observar fácilmente y que no se recupera en tiempos humanos. El ensayo en la zona Clarion-Clipperton no cierra el debate, pero lo cambia de tono: ya no se discute si habrá impacto, sino cuánta biodiversidad estamos dispuestos a sacrificar para sostener nuestro modelo de transición energética.
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