Las postales invernales de Nueva York duran poco. Lo que comienza como una capa blanca y brillante termina convertido en pilas marrones, salpicadas de basura, orina y excremento animal, que invaden las esquinas y aceras durante semanas. Pero más allá del aspecto repulsivo, ¿qué contiene realmente esa nieve urbana?
Una investigación de Gothamist decidió averiguarlo. El medio recolectó muestras de nieve en 3 vecindarios de la ciudad (Williamsburg, Washington Heights y Jackson Heights) y las envió a un laboratorio para analizar la presencia de bacterias y 25 metales distintos. Los resultados confirmaron lo que muchos neoyorquinos ya intuían: la nieve funciona como una esponja que absorbe gran parte de la suciedad de la ciudad.
Polvo, residuos, excrementos animales, restos de tráfico y contaminantes del aire quedan encapsulados en una especie de congelador natural durante semanas. “Realmente nos da una lección sobre saneamiento urbano y salud”, explicó a Gothamist Jack Caravanos, profesor de salud pública ambiental de la Universidad de Nueva York (NYU). El especialista aclaró, sin embargo, que la nieve no representa un riesgo mayor al que ya existe en el aire o el suelo de la ciudad, siempre y cuando nadie interactúe con ella.
Plomo en niveles alarmantes
Una de las muestras más preocupantes se tomó debajo de las vías elevadas del tren 7, en la estación Jackson Heights–Roosevelt Avenue. Allí, un reportero de Gothamist encontró nieve cubierta de excremento de paloma, una escena común bajo líneas ferroviarias antiguas, conocidas por desprender pintura con plomo.
El análisis reveló que esa muestra contenía 279 partes por billón (ppb) de plomo, el nivel más alto entre los 3 puntos evaluados. Para ponerlo en perspectiva, las normas federales para el agua potable establecen un máximo de 15 ppb.
En Williamsburg, un montón de nieve cargado de basura bajo la Brooklyn-Queens Expressway arrojó 125 ppb, mientras que otro en Washington Heights, marcado por manchas amarillas de orina, registró 113 ppb.
“A un niño que tome un poco de esa nieve y se la lleve a la boca, le daría una dosis considerable de plomo”, advirtió Caravanos.
Aun así, Joshua Cheng, profesor de ciencias de la Tierra y del medio ambiente en Brooklyn College, señaló que estos valores siguen siendo más bajos que los que se encuentran en gran parte del suelo de la ciudad. Un estudio de 2019 detectó concentraciones de hasta 45,000 ppb de plomo en algunas zonas de Brooklyn, un legado de décadas de pintura con plomo y gasolina con plomo.
Cheng añadió que, incluso, un pequeño grano de tierra dentro de una muestra de nieve puede disparar los resultados.
Bacterias fecales atrapadas en el hielo
La nieve recolectada en Jackson Heights también presentó la mayor concentración de Enterococcus, una bacteria asociada a heces de animales de sangre caliente, principalmente perros, aunque también puede provenir de humanos.
Con aceras cubiertas de nieve durante días, muchos dueños de mascotas evitan recoger los desechos, lo que termina congelado junto al resto de la mugre urbana.
Aunque el hallazgo resulta desagradable, Cheng explicó que el frío mantiene estas bacterias relativamente inactivas. Paradójicamente, es preferible que los excrementos permanezcan congelados durante el invierno.
“En días cálidos habría moscas y otros vectores transmitiendo estos riesgos potenciales”, dijo. “Ahora simplemente se ve mal”.
El misterio del estroncio
Otro dato curioso del estudio fue que las muestras de Washington Heights y Jackson Heights contenían más de 30 veces más estroncio que la de Williamsburg.
Este metal, conocido por producir el color rojo en los fuegos artificiales, también está presente de forma natural en minerales del suelo. Caravanos admitió no estar seguro del origen del estroncio en la nieve, pero Cheng explicó que hay “mucho” estroncio en el suelo neoyorquino y que también puede provenir de fertilizantes o cenizas de carbón.
Además, los análisis revelaron niveles elevados de calcio y sodio, componentes principales de la sal para carreteras.
Según cifras oficiales, la ciudad ha esparcido 116 millones de libras de sal durante el reciente periodo de frío intenso. Este exceso no solo queda en el suelo. Steven Chillrud, geoquímico ambiental del Observatorio Lamont-Doherty de la Universidad de Columbia, explicó que la sal se está convirtiendo en una especie de niebla microscópica. “Mientras camino por las calles, estoy probando la sal y ocasionalmente siento ardor en los ojos”, afirmó.
El fenómeno es poco común en Nueva York, donde normalmente las temperaturas suben poco después de las nevadas. Esta vez, el frío persistente permitió que la sal permaneciera más tiempo en el ambiente.
¿A dónde va toda esa contaminación?
Cuando la nieve finalmente se derrite o es arrastrada por la lluvia, parte de los contaminantes pasa por el sistema de alcantarillado, donde recibe cierto nivel de tratamiento. Sin embargo, durante picos de escorrentía, grandes volúmenes de agua pluvial fluyen directamente hacia ríos y bahías.
Caravanos considera que, dentro de lo malo, el momento del deshielo juega a favor. Ocurre en invierno, cuando pocas personas entran en contacto con el agua.
“La buena noticia es que no nadamos durante estos periodos”, dijo. “Si esto ocurriera en verano, cuando las descargas van al East River o cerca de Rockaway Beach, el riesgo sería mayor”.
Una advertencia para los neoyorquinos
Los expertos recomiendan evitar el contacto directo, mantener a niños y mascotas alejados de los montículos y, por supuesto, no jugar ni consumir nieve de la calle.
Más allá de la sucia imagen visual, estas pilas congeladas funcionan como un espejo de los problemas ambientales de la ciudad: tráfico intenso, infraestructura envejecida, uso masivo de sal y una cultura que todavía batalla con la limpieza básica de los espacios públicos.
La próxima vez que esquives un montón marrón en la acera, recuerda que no es solo nieve sucia. Es un cóctel congelado de todo lo que Nueva York deja atrás.
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