Salud. La etapa que abarca desde la concepción hasta los 2 años, conocida como los primeros 1.000 días, condiciona la salud metabólica, el desarrollo del apetito y el riesgo futuro de enfermedades como la obesidad y la diabetes.
Las especialistas Lucilla Poston y Federica Amati profundizaron en el ZOE podcast cómo los hábitos de alimentación, suplementación, actividad física y el entorno familiar durante el embarazo configuran el desarrollo de órganos, y la maduración cerebral en los bebés
En el ZOE podcast, especializado en nutrición, la profesora Lucilla Poston y la Dra. Federica Amati explicaron que la nutrición adecuada y los hábitos saludables durante este periodo tienen un impacto significativo en el bienestar y la salud futura, subrayando la relevancia de las acciones que se adoptan incluso antes del embarazo y en los primeros años de vida.
Durante estos mil días, las expertas señalaron que los hábitos familiares, la alimentación materna y paterna, así como el entorno, influyen directamente en la formación de órganos, en el desarrollo cerebral y en la predisposición a condiciones crónicas.
Estos factores refuerzan la importancia de mantener costumbres saludables antes del embarazo y continuar durante la infancia, para disminuir riesgos metabólicos desde el principio de la vida.
“La razón por la que este período es tan relevante es que todo, cerebro, órganos, metabolismo, se desarrolla a un ritmo muy rápido”, expuso la fisióloga Poston. Además detalló que “en el feto, el embrión y el niño se produce una división celular y un crecimiento muy acelerado, lo que vuelve especialmente vulnerable tanto a la madre como al bebé”.
Por su parte, la Dra. Amati sostuvo que estos primeros mil días representan “un periodo especialmente sensible”. Además, mencionó que el cerebro de los niños, a los 3 años, prácticamente alcanzó su tamaño adulto.
“Lo que ocurre durante esa etapa influye de manera permanente en la configuración de la salud para toda la vida”, puntualizó en la conversación con el conductor del podcast, Jonathan Wolf.
“Cuando un niño cumple un año, su estructura renal está completamente formada, y el número de células cardíacas ya se determina al nacer. Por eso es relevante que el crecimiento y la división celular se produzcan adecuadamente, ya que cualquier alteración puede tener consecuencias permanentes”, explicó Poston.
El impacto duradero de la alimentación en los primeros años se demostró, según citaron las expertas, en experiencias históricas y estudios científicos. “El célebre estudio epidemiológico Barker, realizado en el Reino Unido, demostró que quienes nacían con bajo peso tenían más enfermedades cardiovasculares, colesterol y problemas metabólicos en la adultez”, detalló Poston.
Durante el Invierno del Hambre en los Países Bajos, se observó que quienes padecieron desnutrición temprana presentaron posteriormente mayores riesgos de enfermedades cardíacas y pulmonares. Las expertas subrayaron que tanto la carencia como el exceso de energía durante la gestación generan efectos duraderos.
Amati indicó que el embarazo suele mostrar resistencia, aunque las condiciones extremas demuestran el grado de vulnerabilidad. “El cuerpo toma lo necesario para el bebé y la madre queda en segundo plano, pero los riesgos aumentan cuando el embarazo transcurre con malnutrición o exceso de peso”, explicó la experta.
Poston resaltó una correlación preocupante: “Cuando las madres tienen sobrepeso u obesidad, el riesgo de obesidad en el niño es muy alto. En el Reino Unido, cerca del 9% de los niños ya son obesos al comenzar la escuela, y este porcentaje crece al 20% en torno a los 10 años”.
La profesora también explicó los procesos que afectan el desarrollo cerebral: “El área del cerebro que controla el comportamiento alimentario se reconfigura; la leptina, una hormona producida en exceso por el tejido graso, puede afectar el tamaño y el funcionamiento de las neuronas responsables del apetito”.



