miércoles 4 febrero 2026

Starlink ya es una barbaridad en el cielo y ahora quiere convertir la órbita en un centro de datos de IA. El problema es que la Tierra paga la factura

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Durante años, Starlink fue sinónimo de una promesa: internet satelital para cualquier rincón del planeta. Hoy, la constelación de SpaceX ya supera los 9.000 satélites en órbita baja y se ha convertido en el proyecto privado más grande jamás lanzado al espacio.

Pero el siguiente paso que plantea la compañía de Elon Musk va mucho más allá de ofrecer conexión: quiere llevar al espacio parte de la infraestructura de procesamiento de datos y centros de computación de inteligencia artificial. Lo que empezó como una red de telecomunicaciones amenaza con convertirse en una capa permanente de servidores orbitando la Tierra.

La idea suena futurista, casi sacada de una novela de ciencia ficción. Pero es una propuesta real que ya ha llegado a los despachos de la FCC en Estados Unidos. SpaceX ha solicitado ampliar de forma masiva su constelación, con cifras que, en escenarios máximos, apuntan a cientos de miles de satélites e incluso al umbral simbólico del millón. No todos serían nodos de comunicación. Parte de la ambición pasa por convertir la órbita baja en una extensión física de la nube.

Centros de datos en el espacio: la promesa técnica

© SpaceX.

Sobre el papel, la idea de mover centros de datos al espacio tiene una lógica fría y seductora. La computación a gran escala consume cantidades descomunales de energía y genera un calor difícil de disipar. En la Tierra, eso se traduce en enormes complejos industriales, refrigeración por agua, costes eléctricos crecientes y un impacto ambiental cada vez más cuestionado.

En órbita, el suministro energético puede venir directamente del Sol. No hay nubes, no hay ciclos de día y noche tan limitantes como en superficie, y la refrigeración pasiva por radiación térmica es, en teoría, más sencilla. Además, en el vacío del espacio, las comunicaciones entre nodos orbitales pueden ser más directas que a través de redes terrestres congestionadas, reduciendo latencias en ciertos escenarios de interconexión satelital.

Para empresas como SpaceX y xAI, la filial de inteligencia artificial del ecosistema Musk, esta infraestructura orbital sería un multiplicador de capacidades. Satélites que no solo transmiten datos, sino que también los procesan en el propio espacio antes de bajarlos a Tierra. Una nube que, literalmente, estaría sobre nuestras cabezas.

El problema que no aparece en las presentaciones

Starlink ya es una barbaridad en el cielo y ahora quiere convertir la órbita en un centro de datos de IA. El problema es que la Tierra paga la factura
© ESO (EUROPEAN SOUTHERN OBSERVATORY).

La otra cara de la moneda es menos espectacular y mucho más incómoda. La órbita baja terrestre ya empieza a parecerse a una autopista sin normas claras. Cada nuevo satélite aumenta el riesgo de colisiones, genera fragmentos de basura espacial y complica la operación de misiones científicas, telescopios y satélites de otros países y empresas.

Multiplicar por diez, cien o más la constelación actual no es solo un desafío técnico: es un problema de gobernanza global. El síndrome de Kessler, esa reacción en cadena de colisiones que podría volver inutilizable una región orbital durante décadas, deja de ser una hipótesis lejana cuando hablamos de decenas o cientos de miles de objetos cruzándose a 7,8 kilómetros por segundo.

A esto se suma un efecto colateral cada vez más documentado: la contaminación del cielo nocturno. Astrónomos de todo el mundo llevan años alertando de que las estelas de Starlink arruinan observaciones científicas y alteran la percepción cultural del firmamento. Convertir la órbita en un centro de datos distribuido implica asumir que el cielo ya no es un espacio “vacío”, sino una infraestructura industrial.

¿Infraestructura global o colonización del espacio cercano?

La ambición de SpaceX no es solo técnica, es estratégica. Controlar la capa de comunicaciones, el procesamiento de datos y, potencialmente, la infraestructura básica de la economía digital desde la órbita supone una ventaja geopolítica y empresarial enorme. En un mundo donde la inteligencia artificial y la conectividad son recursos críticos, quien controle el “backbone” orbital controla una parte del futuro digital.

El problema es que el espacio cercano a la Tierra no es un territorio privado. Es un entorno compartido, frágil y, en muchos aspectos, mal regulado. Las decisiones que se tomen ahora marcarán durante décadas la posibilidad de operar misiones científicas, de observación de la Tierra y de exploración espacial.

Lo que hoy se presenta como una solución eficiente para la computación y las telecomunicaciones puede convertirse en una herencia tóxica para el planeta. Satélites que no se pueden reparar, que envejecen rápido y que acaban reentrando en la atmósfera o quedando como chatarra orbital. La pregunta ya no es si es posible convertir la órbita en un centro de datos. Es si estamos dispuestos a asumir el precio ambiental, científico y político de hacerlo.

Porque, esta vez, no se trata solo de llenar el cielo de puntos brillantes. Se trata de convertir el espacio cercano en una extensión permanente de la infraestructura digital terrestre. Y esa es una decisión que no afecta solo a Starlink: nos afecta a todos.

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