Queríamos coches eléctricos y paneles solares. El bloqueo de Ormuz nos ha devuelto a la era del carbón y la energía nuclear


La Tercera Guerra del Golfo ha provocado lo que décadas de cumbres climáticas intentaron evitar: el cierre efectivo del Estrecho de Ormuz ha borrado de un plumazo el 20% del suministro mundial de petróleo y gas natural licuado (GNL). Ante la amenaza inminente de un apagón a gran escala, los gobiernos de medio mundo han metido sus planes de transición energética en un cajón. 

No obstante, para mantener las luces encendidas y la economía a flote, la respuesta inmediata ha sido volver a mirar al pasado: quemar carbón a destajo y resucitar la energía nuclear.

El espejismo del «combustible puente». Asia compra más del 80% del crudo y el gas que transita por Ormuz, pero el problema va mucho más allá de un simple atasco de barcos. Esta crisis ha destruido uno de los grandes pilares de la transición energética. Como explica The New York Times, el Gas Natural Licuado (GNL) fue vendido durante la última década como el «combustible puente» perfecto: menos contaminante que el carbón, más fiable que las renovables intermitentes y capaz de ser transportado por mar a cualquier rincón.

Ese puente acaba de saltar por los aires. El daño está lejos de repararse, y se estima que las infraestructuras atacadas tardarán años en volver a operar. A esto se suma que Irán ha convertido el Estrecho de Ormuz en una especie de «discoteca VIP» marítima, decidiendo a dedo qué barcos pueden cruzar. Nadie puede depender de barcos metaneros para garantizar su soberanía.

El principal problema: vivir sin despensa. Pero hay un factor técnico que ha convertido esta crisis en una catástrofe inmediata: la falta de almacenamiento. A diferencia de Occidente, la mayoría de los países asiáticos carecen de almacenes subterráneos de gas, lo que los deja totalmente expuestos a las interrupciones del suministro.

Mientras que naciones como Corea del Sur pueden aguantar hasta 52 días y Japón unas tres semanas, Taiwán camina sobre un alambre extremadamente frágil, con un umbral legal de seguridad de apenas 11 o 12 días de reservas. Sin «despensa» donde guardar el GNL, Asia no tiene margen de maniobra: si el barco no llega el lunes, el apagón comienza el martes. Esta vulnerabilidad estructural es la que ha obligado a una rendición incondicional ante el carbón.

El salvavidas sucio del carbón. Como resume a la perfección Jonathan Teubner, analista citado por Financial Times: «Ningún barco de carbón pasa por el Estrecho de Ormuz». Esa es la clave de todo. Al ser un recurso barato, abundante y que no depende de las convulsas aguas de Oriente Medio, el mineral más contaminante ha vuelto por la puerta grande. 

Según Fortune, Corea del Sur ha eliminado el tope del 80% de operatividad para sus plantas de carbón, una decisión que ha provocado la ira de grupos ecologistas que acusan al gobierno de usar la «seguridad energética como pretexto». Tailandia, por su parte, está reiniciando centrales que había desmantelado el año pasado.

De Seúl a Nueva Delhi: el dilema de las potencias. Japón, uno de los mayores importadores de gas del mundo, también se ha rendido a la evidencia, permitiendo que sus plantas de carbón menos eficientes operen a máxima capacidad durante un año. La desesperación energética es tal que en el país nipón ya hay voces exigiendo cancelar el sistema de comercio de emisiones, tachándolo de «sentencia de muerte» para las plantas de carbón que ahora necesitan para sobrevivir.

En India, la situación es crítica. El Primer Ministro, Narendra Modi, ha advertido de un «gran desafío» de cara al verano. Para evitar apagones masivos, Nueva Delhi ha ordenado a gigantes como Tata Power y Adani Power operar al máximo, mientras Bangladesh busca préstamos multimillonarios. Sam Chua, analista de Rystad Energy, lo resume en Financial Times: no estamos viendo una transición, sino una brutal «destrucción de la demanda de gas».

Aunque no es tan sencillo: el muro del dinero. Este renacer del carbón tiene un techo de cristal. Tal y como señalan los expertos en Japan Times, el sector bancario se niega en rotundo a financiar la construcción de nuevas plantas de carbón por miedo a quedarse con «activos varados» (stranded assets) ante los compromisos climáticos globales. Es decir, los países están exprimiendo sus viejas y sucias infraestructuras hasta la última gota, pero no pueden construir nuevas. El carbón es el respirador asistido, pero no la cura.

El átomo como escudo: la gran redención del uranio. El pánico también ha roto tabúes atómicos. Taiwán, cuyo gobierno prometió en 2016 una «patria libre de energía nuclear», ha anunciado planes para reiniciar dos reactores clausurados. Filipinas ha trazado una vía rápida hacia la energía atómica para 2032, y Vietnam acaba de cerrar un acuerdo con Rusia para construir sus primeros reactores. El uranio ya no se ve como una amenaza, sino como la única forma de blindar el suministro eléctrico frente a chantajes marítimos.

El efecto dominó llega a Europa. Lo que empezó como una solución de emergencia en Asia ya está contagiando a Occidente. La crisis ha obligado a la Unión Europea a romper sus propios tabúes históricos, admitiendo que Europa cometió un «error estratégico» al alejarse de la energía atómica.

Bruselas ya ha puesto 200 millones de euros sobre la mesa para desarrollar Pequeños Reactores Modulares (SMR) de cara a 2030. Este giro evidencia una fractura continental: mientras Francia se atrinchera protegiendo su inversión nuclear de 300.000 millones de euros y bloquea las interconexiones energéticas con la Península Ibérica, Europa asume que no puede garantizar su futuro únicamente con el sol y el viento.

Racionamiento de guerra en pleno siglo XXI. Mientras las plantas arrancan, la asfixia diaria golpea las calles. Filipinas ha declarado una «emergencia energética nacional». En Corea del Sur, el gobierno implora a las familias que tomen duchas cortas y Samsung ha prohibido a sus empleados ir en coche al trabajo según la matrícula. En Tailandia, los funcionarios operan con semanas laborales de cuatro días y tienen prohibido usar corbata para poder subir la temperatura del aire acondicionado. El colapso es tan severo que las ambulancias tailandesas han recurrido a Facebook para rogar a las gasolineras que les reserven diésel para salvar vidas.

El daño colateral. El alcance de este bloqueo trasciende la factura de la luz. Si el conflicto se alarga hasta junio, Bloomberg alerta de que el barril podría tocar los 200 dólares, un precio diseñado para causar «destrucción de la demanda». Esto enquistaría la inflación global en un crónico 6%, acercándonos a una recesión severa y, debido a la escasez de fertilizantes, a una crisis alimentaria.

El punto de inflexión tecnológico, sin embargo, es Taiwán. El «escudo de silicio» taiwanés es extremadamente frágil: la isla tiene un umbral legal de reservas de gas de apenas 12 días. La empresa TSMC, que fabrica el 90% de los chips avanzados del mundo —el motor de la Inteligencia Artificial—, consume ella sola el 9% de la electricidad de la isla. Si en verano las altas temperaturas provocan apagones por falta de gas, la cadena tecnológica mundial entrará en paro técnico.

¿Quién sale reforzado de este caos? China. Según apunta Fortune, Pekín está notablemente aislado del shock. Li Shuo, director en el Asia Society Policy Institute, confirma en FT que para China esta crisis solo cimenta la idea de que el carbón es «el refugio seguro de último recurso«

Gracias a un mix energético diversificado, unas reservas estratégicas de 120 días y una «flota en la sombra» que esquiva el bloqueo, el gigante asiático observa con frialdad. Su decisión preventiva de suspender las exportaciones de combustible para proteger su mercado interno ha provocado un efecto dominó que ya paraliza minas en Australia y suspende vuelos en Vietnam.

La trampa del carbono frente a la revolución eléctrica. La gran tragedia de esta guerra no es solo económica, sino climática. Como advierte la experta Sharon Seah, citada por Fortune, el peligro real es el «bloqueo de carbono» (carbon lock-in). Una vez que un Estado asume los inmensos costes hundidos de revivir una planta de carbón, la economía política hace que sea casi imposible volver a cerrarla.

Paradójicamente, el instinto de supervivencia está logrando lo que las políticas verdes no pudieron acelerar. Ya hay evidencias reales: los concesionarios de vehículos eléctricos en el sudeste asiático reportaron un fuerte aumento de pedidos en marzo, e Indonesia ha prometido que todos sus vehículos acabarán siendo eléctricos.

Queríamos una transición ecológica impecable, pero la geografía nos ha impuesto la brutal realidad de la física. Hoy, el mundo está dispuesto a quemar carbón para sobrevivir a la semana. Pero a medio plazo, el terror a quedarnos a oscuras podría ser el verdadero catalizador que acelere la adopción masiva de renovables —como hizo Pakistán triplicando su capacidad solar— y de vehículos eléctricos. No para salvar el planeta, sino para asegurarnos de que el próximo conflicto en Ormuz no vuelva a paralizar nuestras vidas.

Imagen | Photo by Chris LeBoutillier on Unsplash

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