En el año 711, un ejército omeya cruzaba el estrecho de Gibraltar y ponía fin al reino visigodo en menos de una generación, iniciando una gran convulsión en la Península Ibérica con muchos cambios. Reinos que nacían y morían, luchas de poder y una gran movilidad que comenzaba a dar forma a los cimientos de la Europa moderna. Sin embargo, al norte de Burgos, un pequeño grupo de personas parecía no enterarse de absolutamente nada.
Dónde. El yacimiento rural de Las Gobas, en el norte de España, ofrece una visión de la vida alejada de esos centros de poder. Una de las comunidades rupestres medievales más destacadas de la península, ubicada en el condado de Treviño, cerca del pueblo de Laño. Aquí los habitantes excavaron iglesias, viviendas y sepulturas directamente en la caliza, donde comenzaron a vivir y morir allí durante cinco siglos. Y ahora sabemos que lo hicieron de espaldas al mundo.
Cómo lo sabemos. No tenemos de momento ninguna máquina del tiempo para ver lo que ocurría en el pasado, pero un estudio científico desveló los secretos de esta enigmática comunidad ibérica. Aquí las excavaciones arqueológicas en el cementerio descubrieron los restos de 41 individuos a los que se les intentó extraer el ADN.
En este caso usaron todas las herramientas disponibles para poder reconstruir quiénes eran, cómo estaban emparentados y qué enfermedades portaban. Lo que sabíamos es que el asentamiento existió desde mediados del siglo VI hasta el siglo XI y Las Gobas contó con un cementerio que se utilizó ininterrumpidamente desde el siglo VII hasta el XI. Pero lo sorprendente es que parecían que siempre eran las mismas personas.
Casarse entre ellos. El hallazgo más llamativo del estudio no tiene que ver con ningún virus ni con ningún cráneo fracturado, sino que aproximadamente el 61% de los individuos con datos genómicos suficientes mostraron signos de consanguinidad, por lo que con bastante seguridad esta población practicaba la endogamia.
Y no era algo leve, puesto que en algunos casos los investigadores vieron que había matrimonios entre hermanos o incluso entre padres e hijos. De esta manera, la única fuente de variabilidad genética que se podía tener en esta población era únicamente las mujeres que llegaban desde fuera para contraer matrimonio. Aunque la verdad es algo bastante escaso.
No había paz. Se puede pensar que el aislamiento garantiza la paz absoluta en la población, pero los primeros siglos de ocupación estuvieron marcados por la brutalidad. El estudio de los huesos en este caso ha encontrado claras pruebas de que había violencia interpersonal, incluyendo graves lesiones óseas compatibles con impactos directos de espadas.
Un enemigo invisible. Si las espadas no fueron suficientes en este caso, el siglo X trajo consigo una amenaza microscópica y leta. Los análisis metagenómicos realizados han permitido detectar patógenos y enfermedades zoonóticas, identificando rastros de viruela.
Aunque lo fascinante de este descubrimiento no es solo que estemos ante la evidencia de viruela más antigua documentada en el sur de Europa, sino de dónde venía. Pese a que el sur de la península era un hervidero comercial dominado por el mundo islámico, la viruela no llegó al sur desde las Gobas. Pero la verdad es que su firma genética es similar a las cepas nórdicas y europeas de la época.
¿Cómo llegó? Que una enfermedad de los vikingos o que estaba presente en Centroeuropa llegara a unas cuevas aisladas de Burgos no es casualidad. Aquí los investigadores apuntaban a las nacientes rutas de peregrinación europeas, concretamente a los primeros pasos del Camino de Santiago, como la vía de entrada del patógeno. Y aunque los habitantes de Las Gobas evitaban mezclarse con sus vecinos del sur, el incipiente tránsito religioso y comercial del norte terminó rompiendo, al menos a nivel epidemiológico, su burbuja de aislamiento.
Imágenes | Wikipedia Condado de Treviño


