Durante siglos, el cobre ha sido el rey de los conductores eléctricos. Pero en un rincón salado del planeta, una bacteria escondida en el barro podría estar a punto de cambiar las reglas del juego. Más que un hallazgo curioso, este descubrimiento podría marcar el inicio de una nueva era donde la electricidad fluya a través de organismos vivos, no de metales.
El reinado del cobre y sus límites sostenibles
El cobre ha sido, históricamente, el material predilecto para conducir electricidad. Su bajo nivel de resistencia, su maleabilidad y su resistencia a la corrosión lo convirtieron en el pilar de innumerables tecnologías, desde redes eléctricas hasta componentes electrónicos.
Sin embargo, su extracción implica un elevado costo ambiental. Las actividades mineras necesarias para obtenerlo son intensivas, contaminantes y, en muchos casos, poco sostenibles. A esto se suma la volatilidad de su precio y la creciente demanda en sectores como la energía renovable o los vehículos eléctricos. La búsqueda de alternativas no es nueva, pero pocas veces una opción ha resultado tan inesperada y prometedora como la que se encontró entre el lodo marino.
La bacteria que imita a un cable eléctrico

Su nombre científico es Candidatus Electrothrix yaqonensis, aunque muchos la conocen como “bacteria del cable”. Fue hallada en una playa de Oregón y se comporta como un auténtico conductor biológico.
Esta bacteria cuenta con una envoltura exterior no conductora que la protege del entorno, mientras que su interior contiene filamentos de cristales de níquel dispuestos en espiral, responsables del transporte de electrones.
En pruebas de laboratorio, cuando se aplicó voltaje sobre estos filamentos colocados sobre láminas de oro, la bacteria mostró una conductividad sorprendente: una resistencia de solo 370 Ohm. En igualdad de condiciones, esto es incluso mejor que lo que ofrece el cobre tradicional. La posibilidad de replicar esta estructura biológica abre puertas para tecnologías completamente nuevas, donde lo biológico y lo electrónico converjan.
De la bioelectrónica a la energía limpia: lo que viene
Las aplicaciones de esta bacteria en el mundo tecnológico son tan diversas como disruptivas. Se plantea su uso en sensores biológicos, dispositivos médicos implantables, monitoreo ambiental y, sobre todo, en sistemas de bioenergía que aprovechen sus capacidades naturales para generar o transmitir electricidad sin necesidad de metales tradicionales.
Además, su naturaleza biodegradable y su capacidad para operar en condiciones extremas la hacen ideal para entornos donde el cobre no puede utilizarse con eficacia o seguridad. En una era donde la sostenibilidad ya no es una opción sino una urgencia, esta bacteria —oculta hasta ahora bajo capas de lodo— podría convertirse en una aliada inesperada para reducir la dependencia de los metales pesados. El futuro de la electricidad tal vez no pase por las minas, sino por el barro.
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