jueves 26 febrero 2026
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Una IA ha logrado “inventar” vida digital desde cero en un entorno simulado. El experimento reproduce cómo la evolución creó ojos sin que nadie se lo enseñara

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La evolución suele parecer un proceso tan lento que cuesta imaginarla ocurriendo ante nuestros ojos. Pero en un laboratorio digital, un grupo de investigadores decidió acelerar el tiempo y hacer una pregunta incómoda: ¿qué pasa si dejamos que una inteligencia artificial “invente” vida desde cero? Sin guías, sin modelos biológicos cargados de antemano y sin decirle cómo debería verse un ojo.

El resultado fue tan inquietante como revelador: la evolución artificial terminó produciendo estructuras visuales que recuerdan, punto por punto, a las que la naturaleza tardó millones de años en perfeccionar.

Un mundo virtual con reglas simples

© Shutterstock / Vertigo3d.

El experimento, publicado en Science Advances, partió de un escenario austero. Los investigadores crearon un entorno digital con recursos, obstáculos y fuentes de luz. Dentro de ese mundo, colocaron agentes virtuales extremadamente simples: no tenían visión, no “sabían” cómo percibir el entorno y apenas contaban con capacidades básicas para desplazarse.

A partir de ahí, el sistema aplicó un principio elemental de la biología: variación y selección. En cada generación se introducían pequeñas mutaciones aleatorias en la forma en que estos organismos virtuales procesaban la información de su entorno. Aquellos que se movían mejor, esquivaban peligros o encontraban recursos con mayor eficiencia tenían más “descendencia” digital. Los que fallaban, desaparecían.

Cómo nacen unos ojos que nadie programó

Con el paso de las generaciones, comenzaron a emerger patrones inesperados. Primero aparecieron estructuras rudimentarias sensibles a la luz: no eran ojos, sino simples “zonas” que reaccionaban a cambios de luminosidad. En términos evolutivos, era el equivalente digital a los primeros fotorreceptores primitivos de los organismos reales.

Más adelante, esas estructuras se organizaron. Algunas simulaciones generaron configuraciones parecidas a ojos tipo cámara, otras a ojos compuestos, y otras a sistemas visuales más simples distribuidos por el “cuerpo” del agente. Lo inquietante no es solo que surgieran ojos, sino que lo hicieran siguiendo trayectorias muy similares a las documentadas por la biología evolutiva en animales reales.

En otras palabras: la IA no “copió” un ojo humano, sino que recorrió caminos evolutivos plausibles hasta llegar a soluciones funcionales.

Evolución artificial que imita la evolución real

Para los investigadores, el punto clave es que el sistema no recibió instrucciones explícitas sobre cómo construir un órgano visual. Nadie le dijo a la IA qué es un ojo ni cómo debería funcionar. El proceso emergió de la presión por sobrevivir en un entorno donde “ver” ofrecía ventajas claras.

Esto refuerza una idea potente: la evolución no necesita planos previos. Si el entorno impone un problema —orientarse, evitar obstáculos, localizar recursos—, la selección natural, incluso en su versión artificial, tiende a encontrar soluciones similares. No porque haya un diseño oculto, sino porque ciertas configuraciones son, sencillamente, más eficientes que otras.

Más allá de la biología: máquinas que aprenden a adaptarse

Una IA ha logrado “inventar” vida digital desde cero en un entorno simulado. El experimento reproduce cómo la evolución creó ojos sin que nadie se lo enseñara
© Science Advances.

El experimento no se limita a una curiosidad sobre el origen de los ojos. Los autores lo plantean como un primer paso hacia sistemas de inteligencia artificial capaces de “evolucionar” soluciones técnicas por sí mismos. En lugar de programar cada función, se podrían crear entornos donde los algoritmos desarrollen sus propias estrategias de percepción, navegación o adaptación a contextos cambiantes.

Esto tiene implicaciones para robótica, exploración autónoma y diseño de sistemas complejos en entornos impredecibles. Un robot que “aprende a ver” a partir de la interacción con su entorno, en lugar de depender de sensores y algoritmos cerrados, podría adaptarse mejor a condiciones extremas: desde el fondo del océano hasta la superficie de otros planetas.

La pregunta incómoda: ¿qué estamos creando?

Hay una dimensión más filosófica en este tipo de experimentos. Cuando una IA empieza a generar comportamientos que recuerdan a procesos fundamentales de la vida, la frontera entre simulación y modelo conceptual se vuelve difusa. No estamos creando vida en sentido biológico, pero sí sistemas que imitan algunos de sus principios más profundos: adaptación, selección, emergencia de estructuras funcionales.

En ese cruce entre biología y código aparece una pregunta inquietante: si la evolución puede “simularse” con tanta fidelidad, ¿cuánto de lo que consideramos exclusivo de la vida es, en realidad, una consecuencia casi inevitable de ciertas reglas básicas?

Por ahora, estas criaturas digitales siguen siendo líneas de código en un entorno controlado. Pero el experimento deja una pista poderosa: cuando dejamos que la evolución —aunque sea artificial— haga su trabajo, la naturaleza tiende a reaparecer. No porque la IA “entienda” la biología, sino porque las mismas presiones generan, una y otra vez, soluciones sorprendentemente parecidas.

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