Hay accidentes espaciales que suenan a película: explosiones, fallos de motor, pérdidas de control. Y hay otros que son peores precisamente por lo contrario: porque parecen ridículamente pequeños… hasta que entiendes lo que significa “pequeño” en órbita.
El SpainSat NG II, uno de los proyectos satelitales más ambiciosos vinculados a comunicaciones seguras en España, quedó fuera de juego tras el impacto de una partícula milimétrica. Un punto. Una mota. Algo que, en la Tierra, barrerías con el dedo sin pensar. En el espacio, esa misma mota puede ser el equivalente a un disparo.
La paradoja es brutal, cuenta El Confidencial: hablamos de un satélite enorme, de varias toneladas, diseñado para operar años en una órbita alta, y sin embargo el daño se concentró en un lugar tan específico y sensible que lo dejó sin posibilidad realista de cumplir su misión. No hace falta “romperlo entero”. Basta con tocar lo único que no se puede perder.
La parte que cuesta creer: un milímetro puede significar catástrofe
El truco —si se le puede llamar así— está en la física más básica. La energía de un objeto en movimiento no crece linealmente con la velocidad: crece con la velocidad al cuadrado. Eso significa que, en un entorno donde todo se mueve a decenas de kilómetros por segundo, incluso un fragmento de gramos o menos se convierte en un proyectil hiperveloz.
A esas velocidades, el impacto no se parece a un choque “normal”. Puede vaporizar materiales, generar ondas de choque internas y provocar daños severos en un volumen pequeño. Lo suficiente para inutilizar cableados, conexiones, líneas de presurización o interfaces críticas. Y ahí entra el factor más cruel de todos: la puntería del azar.
No es lo mismo que un microimpacto golpee una zona “aguantable” a que atraviese justo el punto que sostiene la misión.
La pregunta inevitable: ¿qué era esa partícula?
A esa altitud, hay dos grandes candidatos. Por un lado, fragmentos creados por el ser humano: restos de satélites, piezas degradadas, esquirlas de explosiones o colisiones antiguas. Por el otro, micrometeoroides naturales: pequeñas partículas asociadas a cometas o asteroides, del mismo tipo que alimenta las lluvias de meteoros cuando entran en la atmósfera.
El problema es que, con objetos tan diminutos, vamos prácticamente ciegos. Se pueden rastrear y esquivar cuerpos grandes, pero las partículas milimétricas no suelen estar bajo vigilancia efectiva. Y si el satélite no puede recuperarse —algo extremadamente difícil y caro en órbitas altas—, es probable que el origen exacto quede como una hipótesis para siempre.
Lo que se pierde de verdad: tiempo y cobertura
En lo inmediato, lo más importante es entender que esto no significa que “se apaguen” las comunicaciones de un día para otro. Hay planes de contingencia, redundancias y sistemas alternativos. Pero el golpe serio no está en el presente inmediato: está en el futuro prometido.
El programa SpainSat NG se presentaba como un salto de capacidades, seguridad y cobertura. Perder el segundo satélite implica quedarse a medio gas y, sobre todo, aplazar varios años ese salto de categoría. En un mundo donde las comunicaciones seguras se han convertido en infraestructura crítica, los años cuentan como si fueran décadas (y sí: no pienso usar esa frase, pero se entiende).
Con menos margen propio, la tentación —o la necesidad— de apoyarse en sistemas externos crece. Y ese tipo de dependencia no es solo técnica: también es política, económica y operativa.
El dinero: “hay seguro” no siempre significa “no hay problema”

El discurso tranquilizador suele ser este: el satélite estaba asegurado. Y eso puede ser cierto. Pero en el sector espacial, los seguros suelen tener capas, condiciones y excepciones muy específicas. Puede cubrir el satélite, pero no todos los costes asociados a su reemplazo. Puede cubrir fases concretas (lanzamiento, transferencia orbital) y dejar fuera otros escenarios. Puede incluso activar una compensación que no coincide con el coste real de recuperar capacidades a tiempo.
Dicho de forma simple: el seguro puede amortiguar el golpe financiero, pero no devuelve el tiempo.
La lección incómoda: el espacio ya no es vacío, es un entorno hostil
Este caso no es solo una anécdota técnica. Es un recordatorio incómodo de la era en la que entramos: más satélites, más actividad, más restos, más probabilidad acumulada de eventos raros… y más dependencia de todo lo que está ahí arriba.
España no perdió el SpainSat NG II por una explosión espectacular. Lo perdió por una demostración de física básica en el peor lugar posible: a decenas de miles de kilómetros de casa, con un grano de arena actuando como un proyectil.
Y eso, para cualquier estrategia aeroespacial seria, es un aviso que no se puede ignorar.


