Durante los últimos meses, las grandes tecnológicas han vivido una escalada sin precedentes. Nvidia, Apple, Microsoft y Amazon concentran ya el 25% del valor total del S&P 500, una cifra que roza niveles históricos de concentración. Nvidia, en particular, se ha convertido en el símbolo del nuevo orden: sus chips son el corazón de la revolución de la IA, y su capitalización bursátil supera la de gigantes enteros de la energía o la banca.
Sin embargo, entre los analistas de Wall Street crece la incomodidad. El índice S&P 500 opera con un múltiplo precio/utilidad (P/E) de 22,2 veces, casi idéntico al nivel alcanzado justo antes del estallido de la burbuja de las punto com. Para muchos, ese número es una señal de alerta: significa que el precio de las acciones refleja expectativas de beneficios futuras extremadamente optimistas, difíciles de sostener a largo plazo.
Felipe Barragán, analista de Pepperstone en Ámbito Financiero, lo resume así: “El rasgo típico de una burbuja es cuando el precio de un activo se desconecta por completo de sus fundamentos. Y eso ya empieza a pasar con la inteligencia artificial”.
Un mercado dominado por siete nombres
La otra señal preocupante es la falta de amplitud. El crecimiento del mercado depende de apenas siete compañías —las llamadas Siete Magníficas—: Apple, Microsoft, Google, Amazon, Meta, Nvidia y Tesla. Según datos de S&P Global, estas empresas explican casi todas las ganancias del índice en el último año.
Martín Cordeviola, de Portfolio Personal Inversores, destaca que “Nvidia por sí sola representa el 8% del S&P 500, el mayor peso individual en la historia del índice”. Si se suman las demás, alcanzan un cuarto del total. “Es una concentración que recuerda a las fases finales de los grandes ciclos alcistas, cuando los inversores persiguen las historias más atractivas y dejan de diversificar”, advierte.
Este fenómeno se alimenta de un discurso mesiánico: la creencia de que la IA resolverá todo, desde la productividad hasta el cambio climático. “Estamos en el punto donde la inteligencia artificial parece la respuesta a todos los problemas. Y ese día, cuando colectivamente descubramos que no lo es, es cuando la burbuja puede estallar”, advierte el analista Jorge Ángel Harker, de Adcap Grupo Financiero.
El dinero fluye como si el futuro fuera garantizado
En paralelo, las inversiones en IA están alcanzando niveles que no se veían desde los 90. Solo en Estados Unidos, las grandes tecnológicas planean invertir más de 400.000 millones de dólares en infraestructura de inteligencia artificial. Los analistas lo califican de “locura controlada”: una apuesta que podría multiplicar los ingresos o erosionar los márgenes, dependiendo de cómo evolucione la demanda real.
La historia ofrece paralelismos inquietantes. Durante la burbuja de las punto com, la inversión en software y hardware elevó el gasto tecnológico del 3% al 4,5% del PIB estadounidense en apenas cinco años. Hoy, aunque el nivel de endeudamiento es menor, el patrón psicológico es familiar: exceso de confianza, escasa paciencia y narrativa dominante.
No todo es igual que antes, pero el riesgo existe

Los expertos insisten en que hay diferencias clave respecto a los años 2000. Las empresas actuales generan beneficios reales y no dependen tanto del crédito. Nvidia, Microsoft o Apple tienen márgenes sólidos y una enorme capacidad de caja. “El apalancamiento es mucho menor”, explica Harker, “y eso hace que el sistema financiero no esté tan expuesto como en aquel entonces”.
Aun así, los mercados no son inmunes a la decepción. Como señala Barragán, “las valoraciones tan altas y la concentración del rally dejan al mercado extremadamente sensible a cualquier mala noticia. No es necesaria una crisis; basta con que los resultados no alcancen las expectativas”.
La perfección como riesgo
En el fondo del meollo, el problema no es la inteligencia artificial, sino la fe ciega en su perfección. El mercado está “priceando un futuro en el que todo sale bien”, como resume Cordeviola. Pero la historia de las finanzas enseña que los futuros perfectos no existen.
La IA promete transformar industrias enteras, y probablemente lo hará. Pero mientras los algoritmos aprenden, los humanos seguimos repitiendo viejos patrones: el miedo, la euforia, y esa eterna fascinación por las burbujas que solo reconocemos cuando ya han estallado.



