El smartphone es casi una extensión del cuerpo para la Generación Z. Se usa para estudiar, trabajar, comprar, ligar y entretenerse. Pero hay una función que cada vez provoca más rechazo: llamar y contestar llamadas. Lo que antes era un gesto automático hoy se convierte en una fuente de ansiedad para muchos jóvenes. La paradoja es evidente: nunca hubo tantas formas de comunicarse y, sin embargo, una de las más básicas empieza a generar auténtico rechazo.
Qué es la “telefobia” y por qué no es solo una manía
El término suena exagerado, pero describe un comportamiento cada vez más frecuente: evitar las llamadas telefónicas siempre que sea posible. Encuestas recientes en Reino Unido muestran que cerca de una cuarta parte de los jóvenes reconoce que nunca contesta llamadas, y más de la mitad asocia ese formato de comunicación con malas noticias, problemas o situaciones incómodas.
No se trata solo de pereza o preferencia por WhatsApp. Para muchos, el teléfono implica pérdida de control: no hay tiempo para pensar la respuesta, no se puede editar el mensaje antes de enviarlo y la conversación puede tomar rumbos imprevisibles. En una cultura digital basada en la asincronía, donde todo se puede pausar, revisar y corregir, la llamada es una intrusión en tiempo real.
Del chat al silencio: cómo cambiaron los hábitos de comunicación
La Generación Z creció en un ecosistema donde casi todo se puede resolver con mensajes: pedir comida, reservar un viaje, hablar con atención al cliente o coordinar un trabajo en grupo. La comunicación escrita permite planificar, pensar y protegerse del error público. El teléfono, en cambio, obliga a improvisar.
A eso se suma otro factor: hoy muchas llamadas no vienen de amigos o familiares, sino de números desconocidos, spam, estafas o gestiones desagradables. El resultado es que el timbre del móvil se ha convertido, para muchos, en una señal de alerta más que en una invitación a conversar.
El choque con el mundo laboral
Aquí es donde la telefobia deja de ser una curiosidad generacional y se convierte en un problema práctico. En muchos sectores, hablar por teléfono sigue siendo una habilidad básica: atención al cliente, ventas, gestión de proveedores, coordinación interna. Algunas empresas ya están notando que una parte de los perfiles jóvenes evita activamente este tipo de tareas o necesita una formación específica para afrontarlas.
Hay directivos que lo describen sin rodeos: por más que se ofrezcan incentivos, acompañamiento o incluso apoyo psicológico, el rechazo al teléfono sigue ahí. La tentación, en algunos casos, es rendirse y pasar todo a chat y mensajería. El problema es que no todos los contextos permiten esa transición sin perder eficiencia o calidad de comunicación.
Ansiedad, control y la cultura de la inmediatez
Desde la psicología y la antropología social se apunta a un trasfondo más amplio. El rechazo a las llamadas no solo habla de tecnología, sino de una relación cansada con la inmediatez. La llamada exige respuesta ahora. El mensaje permite responder cuando estés listo. En un entorno saturado de notificaciones, urgencias y demandas de atención, evitar el teléfono es una forma silenciosa de recuperar algo de control sobre el propio tiempo.
La ironía es que esa misma estrategia puede volverse en contra en el trabajo, donde la comunicación directa sigue siendo una herramienta clave para resolver problemas rápido y coordinar personas.
Aprender a llamar… en 2026
Algunas universidades y centros de formación ya están tratando el problema como una habilidad que hay que reentrenar. Simulan llamadas, enseñan a planificar conversaciones, a escuchar y a responder con claridad. Lo que antes se daba por supuesto —saber hablar por teléfono— ahora se convierte en una competencia que hay que practicar de forma explícita.
El objetivo no es volver al pasado, sino ampliar el repertorio comunicativo. Saber escribir bien mensajes es útil. Saber hablar en tiempo real, también. Especialmente cuando surgen imprevistos que no encajan en un chat perfectamente editado.
Una señal de algo más grande
La telefobia no es solo una anécdota sobre jóvenes y móviles. Es un síntoma de cómo la tecnología ha cambiado nuestra relación con el tiempo, la presión y la exposición social. La Generación Z no odia comunicarse: prefiere hacerlo en condiciones que le den margen de control.
El choque aparece cuando ese modelo se encuentra con un mundo laboral que todavía necesita conversaciones directas, rápidas y a veces incómodas. La pregunta de fondo no es si las llamadas desaparecerán, sino si aprenderemos a convivir con ambas formas de comunicarnos sin que una se convierta en una fuente permanente de ansiedad.
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