Desde la antigüedad, el atomismo ha ocupado un lugar casi fundacional en la historia del pensamiento científico. La idea de que todo está compuesto por partículas invisibles, en constante movimiento y combinándose entre sí, se ha considerado uno de los grandes logros intelectuales de la Grecia antigua. No solo por la intuición que mostraron, sino por su sorprendente cercanía con algunas nociones modernas sobre la materia, como podría ser el caso de Galileo.
Como contamos en el artículo sobre el hallazgo de este papiro en Egipto, el descubrimiento ha permitido recuperar versos inéditos de Empédocles y acceder por primera vez a su pensamiento sin intermediarios. Este reciente hallazgo —un papiro de hace unos 2.000 años— no solo añade nuevos textos a la obra de Empédocles, sino que introduce una pregunta más incómoda: ¿y si el atomismo no empezó exactamente donde creíamos?
Qué entendían los griegos por “átomos”
Para comprender el alcance de esta cuestión, conviene detenerse en lo que realmente significaba el atomismo en su contexto original. Lejos de ser una teoría experimental como la actual, el atomismo griego era una propuesta filosófica radical que intentaba explicar la naturaleza sin recurrir a mitos ni a fuerzas divinas.
Según esta visión, defendida sobre todo por Leucipo y Demócrito, la realidad estaba compuesta por dos elementos fundamentales: átomos y vacío. Los átomos eran partículas eternas, indivisibles e inmutables que, al moverse y combinarse, daban lugar a todas las cosas. El cambio, por tanto, no implicaba transformación de la materia en sí, sino reorganización de sus componentes más básicos.
Y es que, incluso por dos veces, es bueno decir lo que es preciso.
Empédocles, fr. 25 DK, en Fragmentos presocráticos (Alianza Editorial, 2010)
Esta idea rompía con otras concepciones anteriores, como las de Heráclito o Parménides, que ponían el acento en el cambio constante o en la permanencia absoluta. El atomismo ofrecía una tercera vía: un mundo en el que lo que vemos cambia, pero lo fundamental permanece intacto.
Demócrito y el relato clásico del origen
Durante generaciones, la historia ha situado el origen de esta concepción en figuras muy concretas. Demócrito, en particular, ha sido presentado como el gran arquitecto de esta teoría, un pensador capaz de imaginar un universo compuesto por entidades invisibles que interactúan de manera puramente material.
Este relato tiene una ventaja evidente: es claro, ordenado y fácil de transmitir. Sitúa el nacimiento del atomismo en un punto concreto y lo convierte en un momento casi fundacional. A partir de ahí, la historia avanza hasta conectar, muchos siglos después, con el desarrollo de la ciencia moderna.
Pero esa claridad tiene un coste. Tiende a simplificar procesos que, en realidad, fueron mucho más complejos, llenos de influencias cruzadas, intuiciones parciales y desarrollos paralelos. Y es precisamente en ese terreno donde empieza a cobrar importancia la figura de Empédocles.
Antes del átomo: pensar en términos materiales
Empédocles no ha sido considerado tradicionalmente un atomista. Su teoría de los cuatro elementos —tierra, agua, aire y fuego— parecía situarlo en una línea distinta, más cercana a una explicación cualitativa de la naturaleza que a una estructura basada en partículas indivisibles.
Sin embargo, reducir su pensamiento a esa imagen puede ser engañoso. Empédocles estaba profundamente interesado en explicar cómo interactúan las cosas, cómo se combinan, cómo se separan y, sobre todo, cómo llegan a ser percibidas por los seres humanos. En ese sentido, su filosofía no se limita a describir de qué está hecho el mundo, sino que intenta entender cómo funciona.
Y ahí es donde aparece una idea que, vista desde hoy, resulta especialmente sugerente.

Los efluvios: una intuición material de lo invisible
Los nuevos versos recuperados del papiro apuntan hacia un aspecto central del pensamiento de Empédocles: la teoría de los efluvios, pequeñas emanaciones materiales que los objetos desprenden constantemente y que hacen posible la percepción sensorial, especialmente la visión.
Los versos recuperados —analizados en detalle en el artículo principal— permiten ver con más claridad hasta qué punto estas ideas encajan en una tradición más amplia de pensamiento sobre la materia.
Esta propuesta implica un cambio importante de perspectiva. Ver no sería simplemente recibir una imagen, sino el resultado de un proceso físico en el que algo sale del objeto, viaja a través del espacio y entra en contacto con nuestros órganos sensoriales. En otras palabras, la percepción se convierte en una interacción material entre cuerpos.
Aunque estos efluvios no son átomos en sentido estricto, sí introducen una idea clave: la existencia de entidades invisibles, materiales y en movimiento que explican fenómenos observables. Es difícil no ver aquí una resonancia con el pensamiento atomista posterior.
Un origen más difuso de lo que pensábamos
A la luz de estos nuevos textos, algunos investigadores sugieren que Empédocles podría ocupar un lugar distinto en la historia del atomismo. No como fundador, pero sí como una figura que anticipa ciertos elementos esenciales de esa forma de pensar.
Esto no significa que debamos reescribir completamente la historia, pero sí matizarla. En lugar de un nacimiento repentino del atomismo, podríamos estar ante un proceso más gradual, en el que distintas ideas fueron tomando forma antes de cristalizar en las teorías de Leucipo y Demócrito.
Desde esta perspectiva, el atomismo deja de ser una invención aislada y pasa a entenderse como el resultado de un ecosistema intelectual más amplio, en el que pensadores como Empédocles desempeñaron un papel más activo del que se les había atribuido.
Releer el pasado con nuevas herramientas
El hallazgo del papiro no cambia únicamente lo que sabemos sobre Empédocles, sino también la forma en que abordamos la historia de la filosofía. Durante siglos, su obra nos había llegado fragmentada, filtrada por autores posteriores que seleccionaban, reinterpretan o adaptaban sus ideas.
Ahora, por primera vez, es posible acceder —aunque sea parcialmente— a su pensamiento sin esos intermediarios. Y eso tiene consecuencias importantes. Permite detectar matices que antes pasaban desapercibidos y, sobre todo, revisar interpretaciones que parecían consolidadas.
Una historia que sigue abierta
Quizá lo más interesante de todo esto es que no ofrece una respuesta definitiva, sino que abre nuevas preguntas. ¿Hasta qué punto influyeron estas ideas en el desarrollo del atomismo? ¿Qué otras conexiones podrían aparecer a medida que se estudien los versos con más detalle? ¿Y cuántos textos más, todavía desconocidos, podrían cambiar lo que creemos saber?
La historia del pensamiento antiguo, lejos de estar cerrada, sigue siendo un territorio en movimiento. Y en ese paisaje, un fragmento de papiro conservado durante siglos en un archivo puede tener la capacidad de alterar no solo lo que sabemos, sino también cómo lo entendemos.
Fuente informativa
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