jueves, mayo 7, 2026

Juan Diego Polo, ingeniero de telecomunicaciones y divulgador tecnológico: "La ausencia de decisión es una decisión"

¿Qué parte de tu mente sigue siendo tuya cuando cada duda, cada ruta, cada texto y cada decisión pueden resolverse en segundos con una máquina?

El ensayo La ciencia de decidir, de Juan Diego Polo, parte de una sospecha difícil de apartar: la tecnología digital no solo amplía lo que podemos hacer, también reorganiza las capacidades que dejamos de ejercitar. El autor, ingeniero de telecomunicaciones, consultor tecnológico y fundador de WWWhat’s New, convierte esa sospecha en una crónica sobre memoria, atención, creatividad, pensamiento crítico e inteligencia artificial.

La mente como territorio cedido

Polo construye el libro alrededor de una imagen sencilla: los “quesitos” cognitivos que vamos entregando sin advertirlo. Primero fue la memoria, después la orientación, luego la atención, más tarde la creatividad y, finalmente, el pensamiento crítico. La metáfora tiene algo de juego, pero funciona porque no rebaja el problema. Al contrario, lo vuelve visible.

La obra no cae en el rechazo automático de la tecnología. Ese es uno de sus aciertos. El autor no escribe contra Google, contra el GPS o contra la IA generativa. Escribe contra el uso automático de esas herramientas cuando dejan de ser apoyo y empiezan a convertirse en sustitución. El problema no es buscar una respuesta, sino perder la costumbre de atravesar la pregunta.

La cuestión no es si la tecnología entra en la mente humana, sino qué partes de la mente dejamos sin entrenamiento cuando la comodidad decide por nosotros.

El capítulo sobre memoria arranca con el llamado “efecto Google”, esa tendencia a recordar menos cuando sabemos que la información queda almacenada fuera de nosotros. La idea conecta bien con lo que la neurociencia ha mostrado sobre la memoria humana: recordar no es abrir un archivo intacto, sino reconstruir activamente una experiencia. Si dejamos de reconstruir, no solo ahorramos esfuerzo. También debilitamos una práctica.

El pensamiento prefabricado

El núcleo más afilado del libro aparece cuando Polo llega a la IA generativa. Aquí la tecnología ya no recuerda por nosotros ni nos guía hasta una dirección. Hace algo más delicado: redacta argumentos, resume lecturas, propone conclusiones, completa razonamientos y entrega respuestas con una fluidez que puede confundirse con criterio.

A lo largo del libro, el autor insiste en que la IA puede ser amplificador o muleta. Esa distinción sostiene buena parte de su argumento. Para quien ya tiene criterio, conocimiento previo y hábito de contraste, un modelo generativo puede acelerar procesos de bajo nivel. Para quien aún está construyendo esas capacidades, puede evitar precisamente el esfuerzo que las forma. La IA no reparte poder cognitivo de manera neutral: amplifica lo que ya existe o sustituye lo que todavía no se ha desarrollado.

El argumento dialoga con debates recientes sobre pensamiento crítico, pero Polo lo lleva a una zona más cotidiana. No pregunta solo si una IA alucina, sesga o se equivoca. Pregunta qué ocurre con la persona que acepta la respuesta antes de haber aprendido a desconfiar de ella.

Una herramienta que responde demasiado bien puede producir un usuario que pregunta cada vez peor.

El libro gana fuerza cuando abandona la alarma abstracta y baja al gesto diario: pedirle a una IA una explicación antes de intentar formularla, aceptar una ruta antes de mirar el entorno, resumir un texto antes de haberlo leído. En ese punto, La ciencia de decidir se parece menos a un ensayo tecnológico y más a una anatomía del hábito.

Muleta o amplificador

Una de las mejores decisiones editoriales de Polo es no presentar la IA como una amenaza uniforme. El libro entiende que la misma herramienta puede liberar creatividad bloqueada o empobrecerla. Puede ayudar a una persona a materializar una idea que no sabía ejecutar, pero también puede llenar el mundo de productos correctos sin visión propia.

El capítulo sobre creatividad trabaja esa tensión con especial claridad. La IA generativa permite escribir, ilustrar, componer o diseñar sin dominar todos los oficios implicados. Eso abre puertas reales. Pero el autor señala el reverso: cuando se delega no solo la ejecución, sino la intención, la obra puede quedar técnicamente pulida y emocionalmente vacía. La creatividad no desaparece cuando entra la máquina, desaparece cuando el usuario deja de decidir qué quiere decir.

Representación conceptual de las capacidades cognitivas que la tecnología puede amplificar o debilitar según el modo en que se utilice. Foto: Nano Banana / Scruzcampillo.
Representación conceptual de las capacidades cognitivas que la tecnología puede amplificar o debilitar según el modo en que se utilice. Foto: Nano Banana / Scruzcampillo.

Esa mirada encaja con un debate que ya no pertenece a la ciencia ficción. Estudios recientes sobre IA y creatividad apuntan a una frontera incómoda: la inteligencia artificial puede alcanzar resultados altos en tareas creativas comunes, pero el valor humano más difícil de replicar sigue estando en la singularidad, la experiencia y el criterio.

Algo parecido ocurre con la escritura. Cuando un asistente completa frases, sugiere enfoques o reordena argumentos, no solo ahorra tiempo. También puede desplazar el centro de gravedad de una opinión. Por eso resulta tan relevante la investigación sobre cómo la IA puede moldear nuestras opiniones mientras ayuda a redactarlas.

El riesgo no está en que la máquina escriba una frase, sino en que acabemos confundiendo su facilidad con nuestra convicción.

El pacto consciente

La parte final del libro propone una fórmula que evita tanto el pánico como la ingenuidad: el pacto consciente. No se trata de volver al mapa de papel, renunciar a los buscadores o convertir cada uso de la IA en una culpa. Se trata de introducir fricción, intención y criterio en cada delegación.

Polo lo expresa con una idea potente: no hay respuestas neutrales. Cada vez que elegimos la comodidad inmediata sobre el esfuerzo que fortalece, estamos entrenando una versión concreta de nuestra mente. Esa tesis atraviesa también los capítulos dedicados a la memoria espacial, la atención y la conexión emocional. El cerebro no es una pieza fija. Es una arquitectura que se remodela con el uso.

La obra funciona mejor cuando se lee como una invitación a recuperar agencia, no como una defensa nostálgica del pasado. En ese sentido, conecta con una pregunta más amplia sobre la inteligencia artificial: ¿queremos herramientas que sustituyan decisiones o herramientas que nos obliguen a decidir mejor?

El valor de La ciencia de decidir está en formular esa pregunta sin esconder la incomodidad. La IA seguirá ahí. Los buscadores seguirán ahí. Los mapas, los asistentes, los algoritmos y los sistemas predictivos seguirán ocupando espacio en nuestra vida mental. La diferencia estará en algo mucho menos visible que una nueva aplicación: el segundo en que la mano va hacia el móvil y alguien decide detenerla.

Ese segundo, sugiere Polo, quizá sea la unidad mínima del futuro cognitivo.

Fuente informativa⁣

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