Hay descubrimientos que no solo aportan nuevos datos, sino que obligan a replantear toda una idea preconcebida. Eso es exactamente lo que ha ocurrido con un conjunto de huellas fósiles halladas en Corea del Sur, cuya interpretación, tal y como ha revelado un reciente estudio publicado en Scientific Reports, podría cambiar la forma en que entendemos el comportamiento de los pterosaurios.
Durante décadas, estos reptiles voladores han sido retratados casi exclusivamente como dueños del cielo. Planeadores elegantes, dominadores del aire en la era de los dinosaurios. Sin embargo, la ciencia llevaba tiempo sospechando que esa imagen era incompleta. Había indicios anatómicos, comparaciones con animales actuales y pistas en el registro fósil que sugerían algo más complejo: algunos de ellos no solo volaban, también caminaban… y quizá cazaban en tierra firme.
Aun así, demostrar ese comportamiento siempre ha sido un desafío. Las evidencias directas son extraordinariamente raras. Los fósiles de contenido estomacal, las marcas de mordeduras o los restos asociados apenas ofrecen información concluyente sobre interacciones en tierra. Por eso, los paleontólogos han tenido que recurrir a pistas indirectas, muchas veces difíciles de interpretar.
Un paisaje congelado en el tiempo
El escenario de este hallazgo se sitúa en la formación Jinju, una región geológica del Cretácico inferior con una antigüedad de unos 106 millones de años. Tal y como indica el paper original , este entorno estaba compuesto por sistemas fluviales y lacustres, con condiciones ideales para la preservación de huellas.
No es un detalle menor. En este tipo de ambientes, una fina capa de sedimentos húmedos puede registrar con precisión el paso de los animales. Y si las condiciones son las adecuadas —como la presencia de estructuras microbianas que estabilizan el sustrato— esas marcas pueden sobrevivir millones de años.
Eso es lo que ocurrió aquí. Un instante fugaz quedó grabado en piedra. No un esqueleto, no un cadáver, sino algo mucho más dinámico: el movimiento.
En la losa estudiada aparecen varias pistas: huellas profundas, cambios de dirección, variaciones en la longitud de las zancadas. Cada detalle es una pieza de un rompecabezas que los investigadores han tratado de reconstruir con precisión casi detectivesca.
El enigma de unas huellas “extrañas”
A simple vista, las huellas principales pertenecen a un pterosaurio de gran tamaño. Pero no a uno cualquiera. Tal y como ha adelantado el estudio, estas impresiones han sido clasificadas como una nueva especie: Jinjuichnus procerus.
Lo que llamó la atención de los investigadores fue su morfología. Las marcas presentan dedos alargados, proporciones inusuales y una estructura que encaja con los llamados neoazdárquidos, un grupo de pterosaurios que ya se sospechaba que tenían hábitos más terrestres.
Estos animales, según las hipótesis previas, podrían haber tenido un comportamiento similar al de aves actuales como las cigüeñas o las grullas: caminar, acechar y capturar presas en el suelo. Pero hasta ahora, esa idea se apoyaba sobre todo en comparaciones anatómicas.
Aquí, por primera vez, aparecía algo distinto, ya que nos encontramos ante un movimiento real registrado en el terreno.
Aun así, las huellas por sí solas no bastaban para contar la historia completa. Había otro elemento en la escena que lo cambiaba todo.
Según han señalado los autores del estudio, los pterosaurios no eran únicamente animales aéreos, sino que algunos grupos mostraban adaptaciones claras para desplazarse y alimentarse en tierra firme.
Cuando dos caminos se cruzan
A partir de este punto, el estudio da un giro inesperado. Junto a las huellas del pterosaurio aparece otra serie de marcas, mucho más pequeñas. Pertenecen a un vertebrado de menor tamaño, posiblemente un anfibio o un reptil, como una salamandra o un lagarto.
Lo interesante no es solo su presencia, sino su comportamiento.
Tal y como señala la investigación, este pequeño animal avanzaba inicialmente de forma regular, con un patrón de pasos constante. Pero en un momento concreto, algo cambia: gira bruscamente y aumenta la longitud de sus zancadas.
Ese tipo de patrón, en términos biomecánicos, suele asociarse a una aceleración repentina. Es decir, a un intento de huida.
Al mismo tiempo, las huellas del pterosaurio discurren en la misma dirección general y muestran una velocidad estimada de unos 0,8 metros por segundo. Puede parecer modesta, pero para un animal de gran tamaño caminando en tierra firme es significativa.
La coincidencia espacial y temporal entre ambas pistas es clave. Los investigadores consideran que ambas se formaron en un intervalo muy corto, probablemente en cuestión de horas o menos, debido a las condiciones del sedimento.
¿Una persecución prehistórica?
Es aquí donde surge la gran pregunta: ¿estamos ante una escena de depredación?
La respuesta no es sencilla. Tal y como han subrayado los autores del estudio, no se puede afirmar con certeza absoluta. Las huellas registran movimientos, no intenciones. Es posible que ambos animales pasaran por el mismo lugar en momentos distintos.
Sin embargo, la suma de evidencias apunta en otra dirección.
Por un lado, la proximidad de las trayectorias. Por otro, el cambio brusco en el comportamiento del animal pequeño. A esto se suma el contexto ecológico: los neoazdárquidos presentan rasgos anatómicos compatibles con la caza terrestre, como extremidades adaptadas a caminar y estructuras corporales que favorecen el acecho.
Además, la velocidad estimada del pterosaurio encaja con una locomoción activa en tierra, lejos de la imagen de un animal torpe fuera del aire.
En conjunto, tal y como ha revelado el estudio, todos estos factores hacen que la hipótesis de una interacción —posiblemente una persecución— sea más plausible que una simple coincidencia.

El equipo también apunta que este hallazgo refuerza la hipótesis de que algunos pterosaurios actuaban como depredadores terrestres, con estrategias similares a las de aves actuales.
Un cambio de paradigma silencioso
Más allá del caso concreto, este hallazgo tiene implicaciones más amplias. Refuerza la idea de que los pterosaurios no eran exclusivamente animales aéreos, sino que algunos de ellos ocupaban nichos ecológicos mucho más diversos.
Este tipo de comportamiento los acerca a estrategias de caza modernas, donde el movimiento, la oportunidad y el entorno juegan un papel crucial. También demuestra el enorme potencial de las icnitas —las huellas fósiles— como herramienta para reconstruir comportamientos, no solo anatomía.
Porque, al final, lo que se ha encontrado en Corea del Sur no es solo una serie de marcas en la roca. Es un instante detenido en el tiempo. Un momento de tensión, de movimiento, de vida. Y quizá, también, de muerte.
Referencias
- J. Jung et al. 2026. New large pterosaur tracks from Korea and their implications on terrestrial behavior. Sci Rep 16, 12363; doi: 10.1038/s41598-026-48019-y
Fuente informativa
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