Lluís Montoliu es genetista en el Centro Nacional de Biotecnología del CSIC y uno de los divulgadores científicos más reconocidos en España. Lleva décadas trabajando en investigación básica, en edición genética y en comunicar la ciencia con rigor. Desde hace apenas unas semanas es también el autor de Impostores de la ciencia, un libro que cartografía los fraudes científicos más llamativos de las últimas décadas.
Le entrevistamos el pasado 7 de mayo, en la presentación oficial del libro en Madrid, de la que ya publicamos una primera pieza en estas páginas. El domingo, Montoliu explicó en A hombros de gigantes, el programa semanal de divulgación científica de RNE, que los fraudes en la ciencia son pocos, pero que sus consecuencias se propagan mucho más allá del laboratorio donde ocurrieron.
No es un compendio de escándalos. Es un diagnóstico. Y su primera conclusión incomoda.
Los investigadores que deciden fabricar datos, manipular imágenes o inventarse resultados no suelen ser los que pasan apuros en el laboratorio. Suelen ser los más brillantes. “Son personas que son capaces de montar y organizar una muy buena mentira que se sostiene durante bastante tiempo hasta que son descubiertos”, explica Montoliu. “A mí me gustaría decir que ojalá hubieran empleado esta inteligencia para el avance del conocimiento.”
La paradoja no es retórica: define el problema. El fraude científico no nace de la incompetencia. Nace de una combinación de presión sistémica, ambición y la convicción de que se puede controlar el relato.
La trampa de publicar o morir
Dentro de la comunidad científica existe una expresión que resume el problema: publicar o morir. El sistema de evaluación académica premia la publicación en revistas de alto impacto, y quien no puede conseguirlo por los medios habituales del método científico se enfrenta a una presión que algunos no soportan.
“Hablamos dentro de la comunidad científica de publicar o morir, en el sentido de que todo se hace para conseguir la publicación en la mejor revista, y si no lo puedes conseguir por los medios habituales, pues hay quien toma atajos”, explica Montoliu. El reconocimiento, la fama y el prestigio también están presentes, aunque con una ironía que resulta imposible de ignorar: todo ese prestigio se vaporiza y desaparece cuando finalmente ese atajo, esa mentira, es descubierta.
La ciencia ha convertido la publicación en revistas de primer nivel en la única moneda de cambio real de una carrera investigadora. Cuando esa moneda se puede falsificar, algunos deciden hacerlo.
El problema no es individual. Mientras el sistema siga midiendo el valor de un investigador por el lugar donde publica, el incentivo para tomar atajos permanece activo.
Cuando el resultado es demasiado bonito
Carl Sagan lo formuló con una claridad que Montoliu recupera como brújula: los descubrimientos extraordinarios requieren pruebas extraordinarias. La lógica parece obvia. Su aplicación, no tanto.
“Cuando estamos hablando de algo inesperado, de algo que sorprende, deberíamos intentar demostrarlo de muchas maneras, porque uno siempre debería tener encendido ese género del escepticismo, esa duda constante”, señala. Las cosas no suelen salir a la primera ni los resultados suelen ser redondos, y eso debería hacer que un experimento con datos perfectamente alineados activara la alarma antes que el entusiasmo.
“Cuando un resultado es demasiado bonito, lo que uno tiene que aprender es a desconfiar, a volver a repetir el experimento y a no fiarse de lo que son las apariencias.”
“Mucha de la ciencia que hacemos es contraintuitiva y no tenemos que dejarnos llevar por lo que parece ser cierto”, señala Montoliu. El escepticismo es el primer paso del método.
La ciencia avanza contra su propia intuición. Los hallazgos reales son complejos, ruidosos, llenos de varianza. Y son exactamente los peores resultados para publicar en una revista de primer nivel.
La inteligencia artificial también fabrica ciencia
La documentación rigurosa ha sido siempre la primera línea de defensa. Si trabajas con un animal de laboratorio, tienes que documentar su genotipo, su configuración genética, fotografiarlo, conservar análisis histológicos de sus órganos. Y sobre todo, construir la cadena de confianza: la de quien ejecuta el experimento y la de quien lo supervisa.
Ese sistema de verificación enfrenta ahora una amenaza que Montoliu no elude. Con la inteligencia artificial, un investigador puede inventarse prácticamente cualquier dato, imagen o tabla de resultados. La IA hace que el fraude sea más fácil de construir, pero no cambia el principio fundamental: si lo que fabricas no es replicable, alguien acabará descubriéndolo. “Tarde o temprano, más temprano que tarde, acabará alguien descubriendo que aquello que habíamos dicho no tiene ningún viso de verdad.”
La replicabilidad sigue siendo el mejor anticuerpo del sistema científico. Y también el más lento.

La ética no puede ser optativa
La solución, para Montoliu, empieza mucho antes de que el fraude ocurra. Empieza en la formación. Y ahí tiene una posición inequívoca. La ética de la investigación y la integridad científica deben ser asignaturas obligatorias en todas las universidades y centros de investigación, no optativas.
“No podemos decir que esto es simplemente el sentido común y que en principio ya todos sabemos lo que está bien o lo que está mal. Esto es una disciplina que hay que aprender. Hay que aprender los códigos de buenas prácticas, los códigos deontológicos”, explica. Lo más importante es que los investigadores jóvenes aprendan a reconocer los síntomas, a intuir que algo no se está haciendo correctamente, antes de que la mentira empiece a construirse. Y cuando el problema ya ha ocurrido, saber que existen canales de denuncia: desde el responsable directo del laboratorio hasta el comité de integridad científica de la institución.
Contar la ciencia sin sobreinterpretarla
Impostores de la ciencia no es solo un libro sobre el fraude. Es también, en su fondo, una reflexión sobre el contrato entre la divulgación científica y la sociedad que financia la investigación. Montoliu lo resume con precisión: hay que contar los resultados con rigor, haciéndolos entendibles para el gran público, sin olvidar nunca sus riesgos y sus limitaciones.
“La sociedad, que a través de sus impuestos financia los experimentos de nuestros centros de investigación públicos, merece entender lo que se hace con ese dinero”, señala. “Explicar un experimento con sus posibilidades y sus ventajas, pero también con sus riesgos y sus limitaciones, creo que es lo más interesante que podemos hacer.”
El fraude científico no es, en el fondo, un problema de individuos. Es un problema de incentivos. Y la pregunta que Impostores de la ciencia deja sin respuesta fácil es cuántos experimentos que nadie ha podido replicar siguen citándose hoy como parte del edificio del conocimiento.

Fuente informativa
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