La fotosíntesis parecía una frontera biológica imposible de atravesar. Las plantas convierten luz en energía química. Los animales, en cambio, emplean esa misma radiación para ver, regular ritmos circadianos o calentarse. Nada más. O eso asumíamos.
Ahora, un grupo de investigadores acaba de introducir maquinaria fotosintética extraída de espinacas en ojos de ratón y ha conseguido algo que hasta hace poco sonaba más cercano a la ciencia ficción que a un laboratorio biomédico: células animales capaces de fabricar moléculas energéticas aprovechando luz visible.
Lo inquietante de veras no reside únicamente en el experimento. Los científicos consiguen que células oculares produzcan NADPH y ATP usando estructuras vegetales activadas por luz, algo que altera una división biológica que llevaba siglos pareciendo absoluta. El trabajo, publicado en Cell, no transforma mamíferos en plantas ni crea organismos fotosintéticos autónomos. Sin embargo, sí abre una grieta conceptual enorme sobre cómo podrían mezclarse funciones metabólicas entre reinos biológicos distintos.
No han transformado mamíferos en plantas ni creado organismos fotosintéticos autónomos, pero han abierto una grieta conceptual enorme sobre cómo podrían mezclarse funciones metabólicas entre reinos biológicos distintos.
Todo empezó con espinacas compradas en un supermercado
En ocasiones, los avances más extraños arrancan de situaciones absurdamente cotidianas. En este caso, la escena inicial no transcurre en una instalación futurista ni en un acelerador experimental, sino en un supermercado de Singapur.
Kuoran Xing, investigador en nanotecnología biomédica de la Universidad Nacional de Singapur, llevaba tiempo estudiando un fenómeno bastante peculiar de la naturaleza. Algunas babosas marinas son capaces de “robar” cloroplastos de algas que consumen y mantenerlos activos dentro de sus propios tejidos durante cierto tiempo. Ese proceso, conocido como cleptoplastia, permite a esos animales aprovechar parcialmente la fotosíntesis ajena.
La pregunta parecía delirante: ¿podría ocurrir algo parecido dentro de células de mamífero? Xing decidió poner a prueba aquella hipótesis del modo más literal imaginable. Compró distintas verduras de hoja verde —espinaca, lechuga, espinaca roja o kangkong— y comenzó a triturarlas para aislar cloroplastos, los orgánulos responsables de la fotosíntesis.
Ahí apareció el primer giro inesperado. La espinaca común proporciona la maquinaria fotosintética más eficiente para el experimento, superando al resto de vegetales analizados en cantidad de clorofila y proteínas funcionales. A partir de esos cloroplastos, el equipo aisló unas estructuras internas llamadas grana tilacoides, pequeñas membranas apiladas donde se desarrolla la fase luminosa de la fotosíntesis.
El detalle decisivo estaba dentro del cloroplasto
Los investigadores no necesitaban reproducir toda la fotosíntesis vegetal. De hecho, hacerlo habría complicado mucho más el proyecto. Lo que buscaban era algo bastante más concreto: generar NADPH y ATP utilizando luz visible, dado que esas moléculas funcionan como auténtica moneda energética celular.
El NADPH participa en defensa antioxidante y equilibrio metabólico; el ATP, por su parte, actúa como fuente universal de energía bioquímica. El problema aparece cuando tejidos inflamados o dañados dejan de producirlas en cantidades suficientes. Y ahí entra LEAF, el sistema diseñado por el equipo. El nombre responde a light-reaction enriched thylakoid NADPH-foundry, una “fábrica” de NADPH basada en tilacoides enriquecidos para reacciones luminosas.

El equipo encapsula tilacoides de espinaca en nanopartículas capaces de entrar dentro de células animales, conservando intacta parte de la arquitectura fotosintética vegetal. Esa conservación era crucial. Otros estudios habían fragmentado membranas fotosintéticas antes, aunque destruyendo parte del sistema de transporte electrónico necesario para producir energía.
Pero aquí ocurre algo distinto. Los científicos logran preservar buena parte de la estructura funcional original. Una vez dentro de células oculares, esas nanopartículas emplean luz ambiental para sintetizar NADPH y ATP durante varias horas. No producen azúcares como una planta completa ni generan hojas dentro del ojo. Tampoco convierten al ratón en un organismo fotosintético. Pero sí realizan una fase limitada —aunque auténtica— de fotosíntesis.
El objetivo real no era crear “ojos vegetales”
La dimensión viral del experimento podría hacer pensar que se trata de una extravagancia biotecnológica sin aplicación concreta. En realidad, el propósito era mucho más práctico: los autores pretendían abordar la queratoconjuntivitis seca, una enfermedad ocular extraordinariamente frecuente asociada a inflamación crónica y estrés oxidativo. Más de 1.500 millones de personas sufren algún grado de esta patología en todo el planeta.
Más de 1.500 millones de personas sufren algún grado de esta patología en todo el planeta.
El problema de fondo aparece cuando las células del ojo acumulan especies reactivas de oxígeno —ROS— y agotan sus reservas de NADPH. Ese desequilibrio deteriora tejidos, activa inflamación y daña la superficie corneal. Y, durante bastante tiempo, los tratamientos disponibles han mostrado limitaciones evidentes. Restasis, uno de los medicamentos más utilizados, tarda semanas en hacer efecto y provoca irritación en numerosos pacientes. Xiidra, otro fármaco habitual, tampoco resuelve el problema de manera universal.
La propuesta de LEAF intentaba atacar el origen metabólico del daño. Los investigadores no buscaban reparar el ojo desde fuera, sino introducir una fuente alternativa de energía antioxidante alimentada directamente por luz visible.
Una fotosíntesis parcial dentro de células animales
Las pruebas en laboratorio mostraron resultados difíciles de ignorar. Las células oculares de mamífero absorbían rápidamente las partículas LEAF. Después, bajo iluminación ambiental, empezaban a aumentar sus niveles de NADPH mientras disminuían marcadores inflamatorios y estrés oxidativo.
Las nanopartículas restauran el equilibrio redox de células inflamadas utilizando luz como fuente energética, incluso cuando las rutas normales de producción de NADPH habían sido bloqueadas artificialmente. Y eso último resulta decisivo.
El equipo inhibió deliberadamente los mecanismos bioquímicos habituales con los que las células animales generan NADPH. Aun así, LEAF siguió funcionando. La maquinaria vegetal actuaba de forma independiente respecto al metabolismo mamífero, una situación profundamente extraña. Durante unas horas, componentes derivados de espinaca coexistían dentro de células animales, suministrándoles energía química mediante un proceso que la evolución nunca había previsto para mamíferos.
El experimento más incómodo quizá no sea el terapéutico
La parte biomédica ya resulta sorprendente por sí sola. No obstante, existe otra dimensión todavía más intrigante. Los tilacoides no fueron destruidos de inmediato por las células hospedadoras. Permanecieron activos durante horas dentro del citoplasma. Y eso plantea preguntas bastante más profundas sobre la relación entre orgánulos y metabolismo celular.
Componentes derivados de espinaca coexistían dentro de células animales, suministrándoles energía química mediante un proceso que la evolución nunca había previsto para mamíferos.
A lo largo de décadas, la teoría endosimbiótica ha explicado cómo las mitocondrias y los cloroplastos surgieron originalmente a partir de bacterias incorporadas por otras células primitivas. Aquella integración transformó la evolución compleja de la vida. Pero nadie sugiere que LEAF reproduzca algo semejante. El propio estudio insiste en que la interacción es temporal, artificial y no heredable. Aun así, las células animales mantienen operativa maquinaria fotosintética vegetal durante un intervalo funcional relevante, algo que hasta ahora apenas se había explorado en organismos superiores.
Durante unas horas, una célula de mamífero convivió con un sistema metabólico vegetal capaz de fabricar energía usando la misma luz que normalmente solo sirve para ver. La comparación con las babosas marinas resulta inevitable. Aunque en este caso no existe adaptación evolutiva natural, sí aparece una especie de “cooperación metabólica” transitoria entre reinos biológicos distintos.
Qué ocurrió en los ojos de los ratones
Las pruebas in vivo mostraron resultados todavía más llamativos. Los investigadores aplicaron LEAF como colirio sobre ratones con queratoconjuntivitis seca inducida químicamente. Después, expusieron a los animales a luz ambiental corriente.

Los tejidos oculares tratados comenzaron a mostrar incrementos de NADPH, reducción de inflamación, menor daño oxidativo y recuperación parcial de la córnea. Inclusive mejoraron parámetros relacionados con estabilidad lagrimal y secreción ocular. Los ojos tratados con LEAF recuperan parte de su equilibrio químico gracias a energía producida mediante fotosíntesis parcial, según los análisis tisulares realizados por el equipo.
El experimento incorpora otro detalle fascinante: no hizo falta iluminación extrema; bastó luz blanca convencional semejante a la presente en interiores. Eso diferencia el sistema de otros enfoques fototerapéuticos mucho más agresivos o difíciles de trasladar a condiciones reales.
El límite entre planta y animal empieza a difuminarse
A primera vista, la historia parece una extravagancia biotecnológica diseñada para titulares virales. Sin embargo, el trabajo apunta hacia algo de mayor trascendencia.
La biología moderna lleva siglos organizando organismos mediante categorías bastante rígidas: plantas por un lado, animales por otro, con metabolismos separados, funciones incompatibles, orgánulos imposibles de compartir, etcétera. Este experimento no derriba esas barreras, pero sí muestra que algunas quizá eran menos absolutas de lo que parecía.
Los autores plantean incluso una posibilidad futurista: desarrollar suborgánulos vegetales capaces de responder no solo a luz, sino a señales bioquímicas de células animales. Eso acercaría estos sistemas a una especie de cooperación metabólica mucho más sofisticada.
En cualquier caso, todavía estamos lejísimos de algo parecido. LEAF apenas permanece activo unas horas y su integración resulta limitada. Sin embargo, el simple hecho de que funcione ya altera ciertas intuiciones profundas sobre metabolismo celular.
Una posibilidad futurista: desarrollar suborgánulos vegetales que respondan, no solo a luz, sino a señales bioquímicas de células animales, una cooperación metabólica mucho más sofisticada.
Lo que todavía no sabemos
El estudio deja numerosas incógnitas abiertas. Por ejemplo, los investigadores reconocen que aún desconocen cuánto NADPH fotosintético acaba integrándose exactamente en las rutas metabólicas animales. Tampoco saben si versiones futuras podrían persistir durante más tiempo o interactuar con mitocondrias y otros orgánulos.
Existen además obstáculos evidentes para cualquier aplicación clínica amplia. La persistencia temporal sigue siendo reducida. No está claro qué ocurriría tras exposiciones prolongadas. Y faltan ensayos humanos reales.
Aun así, el trabajo posee una potencia conceptual difícil de exagerar. No porque haya creado “animales vegetales”, sino porque demuestra algo mucho más desconcertante: quizá la maquinaria metabólica de distintos reinos biológicos pueda mezclarse de maneras que apenas empezamos a imaginar. Y la pregunta, probablemente, ya no sea solo si una célula animal puede aprovechar fragmentos funcionales de fotosíntesis. Lo verdaderamente incómodo es otra cosa: tal vez, la frontera entre lo vegetal y lo animal nunca fue tan sólida como nos gustaba pensar cuando observábamos una hoja de espinaca a la luz del sol.
Referencias
- Mullard, Asher. «Mouse eyes photosynthesize after plant-to-animal transplant«. Nature, 15 de mayo de 2026.
Fuente informativa
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