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jueves, mayo 28, 2026

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Científicos descubren bajo el volcán Etna un sistema profundo de magma atrapado desde hace millones de años: podría alimentarse desde una misteriosa capa fundida a 100 kilómetros de profundidad


Un nuevo estudio sobre el Etna propone que el volcán más activo de Europa no funciona como ningún otro conocido y podría estar conectado directamente con una misteriosa capa parcialmente fundida situada a 100 kilómetros de profundidad.

El Etna lleva siglos dominando el horizonte del este de Sicilia con sus columnas de ceniza, ríos de lava y erupciones casi constantes. Para millones de personas es simplemente uno de los volcanes más famosos y activos del planeta. Pero para los geólogos siempre ha sido otra cosa: un problema sin resolver. Un volcán que parecía empeñado en desafiar todas las categorías clásicas de la volcanología moderna.

Ahora, un estudio publicado en Journal of Geophysical Research: Solid Earth y liderado por investigadores de la Universidad de Lausana plantea una idea tan inesperada como revolucionaria: el Etna podría representar un tipo de volcanismo completamente distinto al que aparece en los manuales de geología.

Tal y como indica la investigación, el comportamiento del volcán siciliano no encaja del todo ni con los volcanes asociados a zonas de subducción —como los del cinturón de fuego del Pacífico— ni con los volcanes generados por puntos calientes del manto, como Hawái. Durante décadas, esa contradicción ha desconcertado a los especialistas.

El Etna se encuentra en una región donde la placa africana se hunde lentamente bajo la euroasiática. En teoría, eso debería generar un tipo de magma rico en agua y asociado a erupciones explosivas, similares a las del Vesubio o el monte Fuji. Sin embargo, las lavas del Etna cuentan una historia diferente. Su composición química se parece mucho más a la de los volcanes oceánicos alimentados desde las profundidades del manto.

La paradoja no termina ahí. Los investigadores recuerdan que, en sus primeras fases hace unos 500.000 años, el Etna emitía pequeñas cantidades de lavas relativamente ricas en sílice. Más tarde, el sistema cambió radicalmente y comenzó a expulsar enormes volúmenes de magmas alcalinos, ricos en sodio y potasio. En volcanología ocurre normalmente justo lo contrario: las erupciones más abundantes suelen estar asociadas a magmas con mayor contenido de sílice, mientras que los magmas alcalinos aparecen en volúmenes más modestos.

Una “tubería” que conecta el Etna con el interior profundo de la Tierra

Para intentar resolver este misterio, el equipo analizó la evolución geoquímica de las lavas emitidas por el Etna y por otras zonas volcánicas más antiguas del sureste de Sicilia. El resultado apunta hacia una región muy concreta del interior terrestre conocida como zona de baja velocidad.

Se trata de una capa situada en el límite entre la litosfera y la astenosfera, aproximadamente entre 60 y 100 kilómetros de profundidad. Los geofísicos saben desde hace años que en esa región las ondas sísmicas se ralentizan de forma extraña. La explicación más aceptada es que allí existen pequeñas cantidades de roca parcialmente fundida.

Normalmente, ese material no llega a la superficie. Permanece atrapado bajo las placas tectónicas. Pero Sicilia parece ser una excepción extraordinaria.

Tal y como ha revelado el estudio, la deformación tectónica producida por el choque entre África y Eurasia habría creado una red de fracturas profundas capaces de actuar como auténticas chimeneas magmáticas. El Etna se encontraría justo encima de una de esas zonas de debilidad.

La evolución geológica y la actividad del Etna estarían relacionadas con la existencia de una capa parcialmente fundida situada entre la litosfera y la astenosfera, además de con las deformaciones que experimenta en profundidad la placa africana bajo Sicilia. Fuente: Journal of Geophysical Research Solid Earth (2026)

Según los investigadores, el volcán funcionaría como una especie de “tubería con fugas” que permite escapar lentamente a esos magmas ya existentes en la base de la litosfera. No sería necesario invocar un punto caliente profundo ni un gran reservorio magmático clásico. El magma ya estaría allí, acumulado desde hace millones de años en esa capa parcialmente fundida.

La hipótesis resulta especialmente llamativa porque recuerda a un fenómeno geológico muy raro descubierto hace apenas dos décadas en el océano Pacífico.

El Etna no encaja ni con los volcanes de subducción clásicos ni con los asociados a puntos calientes como Hawái, y eso llevaba décadas desconcertando a los geólogos.

El parecido inesperado con unos diminutos volcanes submarinos japoneses

Consisten en pequeños volcanes submarinos detectados frente a las costas de Japón. Se forman cuando una placa oceánica se curva y se fractura antes de hundirse en una zona de subducción. Las grietas permiten que pequeños volúmenes de magma asciendan desde las profundidades.

Hasta ahora, este mecanismo solo se había relacionado con estructuras diminutas de apenas unos cientos de metros de altura. El Etna, en cambio, supera los 3.300 metros y es uno de los volcanes más activos del planeta.

Precisamente ahí reside una de las grandes sorpresas del trabajo. Los autores creen que el Etna podría ser, en esencia, una versión gigantesca y continental de esos volcanes submarinos.

La diferencia estaría en la complejidad tectónica de Sicilia. La placa africana no se hunde de manera uniforme bajo Italia, sino que presenta zonas bloqueadas, deformadas y parcialmente plegadas. Esa dinámica habría favorecido la apertura progresiva de conductos capaces de alimentar al volcán durante cientos de miles de años.

El estudio también propone que las primeras lavas del Etna cambiaron su composición mientras atravesaban la litosfera. Durante su ascenso, los magmas alcalinos reaccionaron químicamente con las rocas del manto superior, enriqueciéndose en sílice y generando las antiguas erupciones de tipo toleítico observadas en las fases iniciales del volcán.

Con el tiempo, esos conductos se habrían vuelto más eficientes. El magma comenzó a ascender de manera más directa y abundante, reduciendo esa interacción química y dando lugar a las características lavas alcalinas actuales.

Modelo sobre la formación del Etna, cuyo crecimiento volcánico habría comenzado hace aproximadamente 500.000 años
Modelo sobre la formación del Etna, cuyo crecimiento volcánico habría comenzado hace aproximadamente 500.000 años. Fuente: Journal of Geophysical Research Solid Earth (2026)

El Etna podría ser una ventana única al interior profundo del planeta

Una de las implicaciones más interesantes del trabajo es que el Etna podría ofrecer una oportunidad excepcional para estudiar directamente materiales procedentes de la frontera entre la litosfera y la astenosfera.

Esa región profunda sigue siendo una de las grandes zonas desconocidas de la geología terrestre. Los científicos creen que desempeña un papel fundamental en el movimiento de las placas tectónicas, pero todavía existen enormes dudas sobre su composición exacta y sobre cómo circulan allí los materiales fundidos. Las lavas del Etna podrían contener información directa sobre esos procesos invisibles.

Además, el modelo propuesto ayuda a explicar otro aspecto desconcertante del volcán: su actividad casi continua. Mientras muchos grandes volcanes permanecen décadas dormidos entre erupciones, el Etna entra en actividad varias veces al año. En lugar de depender de grandes acumulaciones episódicas de magma, podría estar recibiendo un suministro relativamente constante desde las profundidades.

Eso no significa necesariamente que el Etna sea más peligroso que otros volcanes explosivos. De hecho, sus erupciones suelen ser menos destructivas que las asociadas a sistemas ricos en agua y gases, típicos de zonas de subducción clásicas. Pero sí convierte al volcán siciliano en un laboratorio natural prácticamente único.

Los investigadores también sugieren que este mecanismo podría existir en otros lugares del planeta y haber pasado desapercibido hasta ahora. El papel de la litosfera y de las zonas parcialmente fundidas bajo las placas tectónicas podría ser mucho más importante de lo que se pensaba en la formación de volcanes.

La investigación plantea que el Etna funciona como una especie de ‘tubería geológica’ capaz de conectar la superficie con materiales atrapados en el límite entre la litosfera y la astenosfera.

Un volcán que sigue reescribiendo los manuales

El Etna nunca ha sido un volcán corriente. Sus erupciones frecuentes, sus inmensos campos de lava y su posición tectónica siempre lo situaron en una categoría difícil de definir. Pero este nuevo trabajo va un paso más allá: plantea que quizá no estábamos entendiendo correctamente cómo funciona.

Lejos de ser una anomalía aislada, el Etna podría representar un proceso geológico que hasta ahora apenas habíamos comenzado a vislumbrar. Una conexión directa entre las profundidades parcialmente fundidas de la Tierra y la superficie.

Y eso convierte al gran volcán siciliano en algo todavía más fascinante: una ventana abierta hacia una región del planeta que permanece prácticamente inaccesible para la ciencia.

Referencias

  • Pilet, S., Reymond, J., Rochat, L., Corsaro, R. A., Chiaradia, M., Caricchi, L., & Müntener, O. (2026). Mount Etna as a leaking pipe of magmas from the low velocity zone. Journal of Geophysical Research Solid Earth131(4). DOI: 10.1029/2025jb032785

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