Durante décadas, la llamada explosión cámbrica ha ocupado un lugar central en la historia de la vida. Hace unos 540 millones de años, los océanos parecieron llenarse repentinamente de animales complejos, muchos de ellos antepasados lejanos de los grandes grupos que todavía existen hoy. Sin embargo, una nueva investigación sugiere que algunos de los cambios biológicos que hicieron posible aquella revolución comenzaron mucho antes de lo que se pensaba.
La clave no está en esqueletos, dientes ni caparazones fosilizados. Se encuentra en algo mucho más sutil: los rastros que dejaron sobre el fondo marino algunos de los primeros animales capaces de moverse.
Un equipo internacional de investigadores ha analizado cientos de huellas fósiles conservadas en rocas de diferentes partes del mundo y ha llegado a una conclusión sorprendente. Los animales empezaron a desarrollar una percepción cada vez más sofisticada de su entorno millones de años antes de la explosión cámbrica, un cambio que pudo transformar por completo la relación entre los organismos y el mundo que los rodeaba.
Tal y como indica el estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), la evolución de los sentidos habría sido uno de los motores ocultos que impulsaron la expansión de la vida animal en la Tierra.
Hasta ahora, los científicos sabían que los organismos del período Ediacárico, que precedió al Cámbrico, ya mostraban algunas formas de movimiento. Sin embargo, resultaba mucho más difícil determinar cómo percibían el entorno o hasta qué punto eran capaces de reaccionar ante estímulos externos.
Los nuevos resultados ofrecen una ventana excepcional a ese momento crucial de la evolución.
Un mundo donde los animales apenas podían percibir lo que tenían delante
Imaginar la Tierra hace más de 550 millones de años supone entrar en un planeta radicalmente diferente. Los continentes tenían una disposición distinta, no existían plantas terrestres ni animales fuera del agua y los océanos estaban habitados por formas de vida extrañas que apenas se parecen a las actuales.
Entre aquellos organismos aparecieron algunos de los primeros animales móviles. Eran criaturas pequeñas y simples que recorrían lentamente el fondo marino en busca de alimento.
Pero ¿cómo encontraban recursos en un entorno tan vasto?
Para responder a esta pregunta, los investigadores estudiaron 231 rastros fósiles producidos por animales que vivieron entre finales del Ediacárico y el período Cámbrico. El análisis permitió reconstruir patrones de movimiento y compararlos con modelos matemáticos utilizados habitualmente para estudiar el comportamiento animal.
Los resultados mostraron que los rastros más antiguos presentan trayectorias largas, erráticas y aparentemente aleatorias. Los animales avanzaban sin una dirección clara, cambiando de rumbo constantemente como si estuvieran explorando el entorno a ciegas.
Según los autores del trabajo, este comportamiento es característico de organismos con capacidades sensoriales muy limitadas. En la práctica, encontraban alimento o recursos únicamente por azar, cuando se topaban con ellos durante sus desplazamientos.
Las simulaciones realizadas sugieren que estos animales apenas podían detectar información en un radio inferior a un centímetro alrededor de su cuerpo.
Puede parecer una distancia insignificante, pero para aquellas criaturas primitivas representaba toda su ventana al mundo.
Durante cientos de millones de años la vida existió sin ver, oír o percibir el mundo como hoy lo entendemos. Estas huellas podrían estar mostrando el momento en que esa situación empezó a cambiar.
El gran salto que cambió la historia de la vida
Algo comenzó a cambiar hace aproximadamente 544 millones de años. Los rastros fósiles más recientes muestran patrones completamente distintos. En lugar de desplazarse sin rumbo definido, algunos animales empezaron a seguir trayectorias más directas y organizadas.
Los investigadores detectaron recorridos que parecían dirigirse deliberadamente hacia determinados puntos del fondo marino, especialmente zonas ricas en tapetes microbianos, una importante fuente de alimento en aquella época.
También aparecieron trayectorias circulares y recorridos repetidos que sugieren que los animales regresaban una y otra vez a áreas concretas donde habían encontrado recursos.
Este comportamiento implica algo fundamental: los organismos ya no dependían únicamente del azar.
Según los modelos desarrollados por el equipo científico, estos animales habrían ampliado su capacidad de percepción hasta unos 10 centímetros de distancia. Aunque la cifra sigue pareciendo modesta, representaba un cambio extraordinario para organismos de apenas unos milímetros o centímetros de longitud.
Por primera vez en la historia de la vida animal, algunos seres podían obtener información sobre su entorno antes de alcanzarlo físicamente. Era el equivalente evolutivo de pasar de caminar en la oscuridad a distinguir objetos a cierta distancia.
Los autores consideran que esta mejora pudo estar relacionada con la aparición de nuevas capacidades sensoriales, entre ellas formas muy primitivas de detección de la luz.
Aunque aquellos organismos estaban muy lejos de poseer ojos complejos, cualquier capacidad para percibir cambios luminosos habría supuesto una ventaja enorme para localizar alimento, orientarse o evitar peligros.
La explosión cámbrica pudo comenzar mucho antes de lo que creíamos
Tradicionalmente, la explosión cámbrica se ha interpretado como una rápida diversificación de formas animales ocurrida hace unos 539 millones de años.
Sin embargo, cada vez más estudios muestran que muchos de los procesos que hicieron posible aquel fenómeno comenzaron durante los millones de años anteriores.
La investigación encaja perfectamente con esta nueva visión.
Los científicos sostienen que la evolución de los sentidos pudo desencadenar una auténtica reacción en cadena. Cuanto mejor percibían el entorno los animales, más eficazmente podían explotar recursos, desplazarse a nuevos hábitats y competir con otras especies.
A medida que aumentaba esa complejidad ecológica, también crecían las presiones evolutivas que favorecían nuevas adaptaciones corporales.
Las consecuencias pudieron ser enormes. La aparición de mejores sistemas sensoriales habría impulsado cambios en la locomoción, en la organización del sistema nervioso y en la estructura corporal de los animales. En otras palabras, ayudó a construir los cimientos biológicos sobre los que más tarde se desarrollaría la extraordinaria diversidad del Cámbrico.
Hacia hace unos 526 millones de años, en plena explosión cámbrica, los investigadores estiman que algunos animales ya podían detectar información hasta unos 15 centímetros de distancia.
Proporcionalmente, era como si una persona pudiera percibir detalles relevantes a varios metros de distancia sin necesidad de acercarse.
Aquella capacidad transformó radicalmente la manera de interactuar con el mundo.

Los cuerpos de aquellos animales desaparecieron hace mucho tiempo, pero sus movimientos quedaron escritos sobre el fondo marino como una especie de diario de comportamiento fosilizado.
Las huellas fósiles revelan una historia que los cuerpos no pueden contar
Uno de los aspectos más fascinantes de esta investigación es que gran parte de los animales que dejaron estos rastros han desaparecido sin dejar restos corporales reconocibles.
Los organismos de cuerpo blando rara vez se conservan en el registro fósil. Como consecuencia, muchos de los habitantes del Ediacárico siguen siendo un misterio para la ciencia.
Las huellas, sin embargo, ofrecen una alternativa extraordinaria.
Cada rastro conserva información sobre el comportamiento de un organismo vivo: cómo se desplazaba, cómo exploraba el entorno e incluso cómo reaccionaba ante los recursos disponibles.
En cierto modo, estas marcas representan una instantánea congelada de decisiones tomadas hace más de medio millardo de años. Por eso los investigadores consideran que el estudio de los fósiles de actividad puede aportar información que los restos corporales jamás podrían revelar.
Los autores señalan además que este trabajo constituye solo el comienzo. En futuras investigaciones esperan identificar señales de otros comportamientos complejos, como la evitación de peligros, el seguimiento de límites ambientales o diferentes estrategias de búsqueda de alimento.
Cada nueva pista permitirá comprender mejor cómo surgieron los primeros sistemas sensoriales y cómo los animales empezaron a construir una imagen del mundo que los rodeaba.
Porque mucho antes de que aparecieran depredadores gigantes, arrecifes complejos o ecosistemas modernos, hubo un momento decisivo en la historia de la vida: aquel en el que algunos organismos dejaron de moverse al azar y comenzaron, por primera vez, a interpretar lo que ocurría a su alrededor.
Y esas antiguas huellas conservadas en la roca sugieren que ese momento llegó millones de años antes de lo que imaginábamos.
Referencias
- Zekun Wang et al, Trace fossils constrain the perceptual ranges of the earliest motile animals, Proceedings of the National Academy of Sciences (2026). DOI: 10.1073/pnas.2609730123
Fuente informativa
#Hallan #rastros #fósiles #hace #millones #años #evidencia #más #antigua #los #animales #podían #orientarse #entorno #antes #explosión #cámbrica

