Todos, en mayor o en menor medida, hemos experimentado dolor en nuestra vida. Unos más y otros menos, pero como solo podemos experimentar plenamente el propio, por muy empáticos que nos creamos, nuestro punto de quiebre está en el máximo dolor que hemos vivido. Y ahora que ya estás mirando hacia dentro con una ceja levantada, olvídate de eso porque no vamos a hablar de ese tipo de dolor, vamos a hablar de ética; de lo que pasa entre nosotros.
Hay un refrán mexicano que dice: “No soy monedita de oro, para caerle bien a todos” y tiene su gracia si lo piensas. ¿A quién no le cae bien una moneda de oro? Pero el refrán esconde algo más serio. Nuestro valor social no lo fijamos nosotros, lo hacen los otros. Estará, por tanto, en ellos la capacidad de tasarnos, de aceptarnos, de rechazarnos o, incluso, el de ignorarnos. La madre del cordero está cuando nuestras expectativas —lo que esperamos de los demás— no sucede. Ahí es donde duele.
Y es que esa diferencia entre lo que esperamos y lo que ocurre no es baladí. Es una ruptura en la relación. Y es en ese quiebre, dentro del modo de relación de los animales humanos; en la ética, donde aparece lo que llamamos dolor social.
Como ya hemos visto, las morales son el marco que usamos para establecer los límites necesarios de la convivencia, para minimizar la incertidumbre de una realidad contingente y una relación -la nuestra- compleja, de la que rara vez podemos obtener toda la información que quisiéramos.
Y este entramado ético, cultural e íntimamente consuetudinario necesita, sí o sí, de la relación entre confianza y responsabilidad como pilar fundamental. Sí, también hemos hablado de esto antes, pero hoy hablamos de la letra pequeña de un contrato que no solemos leer nunca con atención.
Confiar es saber que el otro, o los otros, harán lo que tú esperas que hagan. Pero en ese “esperar” hay implícita una expectativa. No es gratuito que esperar y esperanza tengan la misma raíz etimológica. En latín sperare es el verbo esperar y sperantia, el participio de presente “lo que está esperando”, hoy el sustantivo “esperanza”. No es casualidad, no.
Y frente a la confianza, e indisolublemente unida a ella, la responsabilidad. Que ya hemos definido como hacer aquello que los demás esperan que hagas. Esto es: responder a la esperanza que el otro deposita sobre ti. Pero, ¿y si esa esperanza no obtiene la respuesta esperada? ¿Y si no hay respuesta alguna? Ahí se abre la herida. Ese es el tema.
El dolor social no aparece solo cuando alguien nos rechaza. También surge cuando descubrimos que la relación no era tan sólida como imaginábamos.
Repito. Será ese desequilibrio, esa asimetría entre expectativa y respuesta, el que detone el malestar social. Y, como todo lo de esta botica, será cultural, sujeto a espacio y tiempo, y por tanto relativo. Y, además, una vez ya definido, puede tener distintas explicaciones.
Sabemos que la respuesta a lo que el otro espera de nosotros se rige por las reglas del código moral que compartimos. Pero hay un matiz: la responsabilidad es social por definición (responde a los demás), mientras que la acción de responder es individual. Y es en este frente donde podemos chocar estrepitosamente. ¿Qué pasa realmente por la cabeza de los demás?
Cuando entramos en un baño público a hacer uso de él, antes de salir nos lavamos y secamos las manos y más si hay más personas en el mismo baño… ¿y si no hay nadie? ¿y si nos podemos ahorrar el gesto de lavarnos porque nadie puede juzgarnos? Pues en esto hay de dos sopas: los que al leer estas palabras sienten asco ante la suciedad del gesto y los que tuercen la boca burlona… ¿qué has hecho tú?
En realidad, me da igual lo que respondas. Porque en esa acción —o en esa omisión— está todo concentrado: no cuando te miran, ahí es fácil, sino cuando nadie puede exigirte nada. Ahí decides si respondes… o si rompes el contrato. ¿Respetas el semáforo bajo tu casa a las 3 de la madrugada? ¿Realmente puedes desgravarte esa factura de gasolina? … Y cada vez que lo rompes, aunque nadie lo vea, algo o alguien se resiente. Y eso —precisamente eso— es dolor social.
También es cierto, estarás pensando ahora, que no todo dolor social nace del que falla. Puede surgir del que espera mal, ¿no? ¿Qué ocurre cuando quien confía se equivoca en su propia medida? ¿Cuando cree merecer una respuesta que los demás, sencillamente, no le deben? Porque no todo silencio es traición, ni toda ausencia es abandono. A veces, el dolor no está en que el otro falle… sino que quizá esperábamos más de lo que la relación podía dar.
Y es que la maldita autoestima, ese valor subjetivo que nos otorgamos a nosotros mismos, no tiene por qué coincidir con la tasación que de nosotros han hecho los demás. Es más, muy raramente coincide porque el primero surge de azar, la costumbre y los aspectos propios de lo subjetivo, y el otro, el juicio social, de la experiencia objetiva, de lo que has hecho o dejado de hacer, de tus logros, tus fracasos o tu pasotismo.
“Conócete a ti mismo” y, sabiendo en qué eres bueno, poder así ayudar a los demás nos recordaría Aristóteles, y en esto no hay autoestima, sino experiencia, razón y autoconfianza basada en hechos constatables. Pero claro, ¿estamos dispuestos a este grado de exposición, de juicio?
Toda relación ética lleva aparejada su dosis de dolor social, es imposible eludirla.

Pero que sea una constante no significa que sea irrelevante o relativa y por tanto obviable. Al contrario. La forma en que gestionamos ese dolor —cómo lo entendemos, cómo lo asumimos— es lo que define la calidad de nuestras relaciones y, en última instancia, la salud de nuestra vida en común. Porque no se trata de eliminar la expectativa —sin ella no hay vínculo—, sino de afinarla. Tampoco es menester exigir siempre una respuesta (eso es tiranía), ni desentenderse de lo que los otros esperan de nosotros (eso es irresponsabilidad).
El problema no siempre está en quien falla: a veces está en las expectativas imposibles que construimos sobre los demás.
La ética, en este sentido, no es un refugio cómodo, sino un espacio de tensión permanente. Entre lo que doy y lo que esperan de mí. Entre lo que espero y lo que el otro realmente pueda dar. Vivir en sociedad es aceptar ese desequilibrio como condición de posibilidad, no como error del sistema.
Quizá por eso el dolor social resulte tan incómodo: porque no siempre señala al otro. A veces nos señala a nosotros. A nuestras expectativas infladas, a nuestras respuestas insuficientes, a nuestra incapacidad para ajustar bien el contrato que sostenemos con los demás. Y eso no se corrige con normas más estrictas ni con discursos más amables, sino con algo bastante menos popular: atención, criterio y responsabilidad.
Porque al final, y aunque nos cueste reconocerlo, no vivimos en relaciones justas, sino en relaciones posibles. Y es ahí —en ese ajuste continuo, imperfecto y profundamente humano— donde se juega todo. También el dolor.
No soy monedita de oro,
Pa’ caerle bien a todos.
Así nací y así soy.
Si no me quieren, ni modo.Cuco Sánchez (1954)
Fuente informativa
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