Hay pocas funciones biológicas tan universales como esta y, al mismo tiempo, tan discretamente ignoradas. La humanidad ha construido telescopios capaces de observar galaxias situadas a miles de millones de años luz, ha secuenciado genomas completos y ha enviado robots a Marte. Sin embargo, una pregunta bastante más cercana seguía sin una respuesta fiable: ¿cuántas veces al día es normal expulsar gases?
La duda puede parecer trivial, incluso cómica. No obstante, la medicina usa la flatulencia para interpretar la salud digestiva desde hace mucho tiempo. El inconveniente es que resulta difícil determinar cuándo algo se vuelve excesivo si antes no se ha establecido qué constituye un comportamiento habitual.
El nuevo trabajo, desarrollado por científicos de CSIRO (Organización para la Investigación Científica e Industrial de la Commonwealth) en Australia y difundido a través de JAMA Network Open, prestigiosa revista médica internacional revisada por pares, intenta cubrir precisamente ese vacío. Para hacerlo recurrió a más de 360.000 registros aportados por miles de voluntarios, una base de datos poco común para una pregunta tan cotidiana. No es exactamente la clase de investigación que uno imagina al pensar en grandes desafíos biomédicos, pero ahí reside parte de su gracia.
El problema de medir algo que nadie quiere contar
La flatulencia consiste en la expulsión de gases del intestino a través del ano. Estos se forman durante la digestión; sobre todo, cuando las bacterias intestinales fermentan ciertos componentes de los alimentos, como la fibra.
Aunque hablamos de un proceso fisiológico completamente normal, los autores constatan que faltaban datos sólidos sobre su frecuencia cotidiana en personas sanas. Los manuales de nutrición suelen citar rangos amplios, pero buena parte de esas estimaciones procede de estudios pequeños o de observaciones realizadas en condiciones muy distintas.
La dificultad es evidente. Poca gente está dispuesta a llevar un diario minucioso sobre este asunto durante semanas. Tampoco resulta sencillo medirlo de forma objetiva sin recurrir a dispositivos poco confortables que, con toda probabilidad, nadie elegiría como regalo de cumpleaños.

Ese hueco epistémico explica por qué el equipo decidió abordar una pregunta aparentemente sencilla que, en realidad, escondía un problema metodológico considerable.
360.192 registros para responder una duda universal
Los voluntarios anotaron más de 360.000 emisiones de ventosidades en tiempo real mediante una aplicación móvil diseñada específicamente para el proyecto. El nombre de la herramienta, Chart Your Fart, deja entrever que los responsables del estudio tampoco consideraron imprescindible renunciar por completo al sentido del humor.
El trabajo reunió inicialmente a 19.004 personas. Tras aplicar los criterios de selección, la muestra definitiva quedó formada por 6.416 individuos de distintas edades y regiones de Australia. Cada integrante debía consignar sus expulsiones de gases durante al menos dos jornadas laborables y un día del fin de semana.
El balance fue una base de datos excepcionalmente amplia para un asunto tan cotidiano. En total, se recopilaron 360.192 anotaciones individuales, una cifra que permite obtener una fotografía mucho más fiable que las disponibles hasta ahora.
Los voluntarios anotaron más de 360.000 emisiones de ventosidades en tiempo real mediante una aplicación móvil diseñada específicamente para el proyecto: Chart Your Fart.
Por si fuera poco, los eventos se registraban prácticamente en el mismo momento en que ocurrían. Ese detalle reduce varios sesgos asociados a la memoria, un viejo enemigo de los trabajos basados en cuestionarios retrospectivos.
La cifra que desmonta algunas creencias populares
Aquí aparece la respuesta que justifica todo el esfuerzo: la inmensa mayoría de la muestra se concentró entre 2 y 7 flatulencias diarias, una franja que incluía al 79,3 por ciento de los participantes. La media se situó en 5 episodios al día, mientras que la mediana alcanzó 3,8.
La conclusión resulta llamativa porque algunos rangos populares suelen situar la cifra usual bastante más arriba. En determinados contextos, se habla con asiduidad de 10, 15 o incluso 20 liberaciones diarias. El nuevo análisis no invalida necesariamente esos valores, pero sí sugiere que la experiencia cotidiana de gran parte de la población podría encontrarse por debajo de esas referencias.
Eso no implica que superar ocasionalmente esos números constituya una señal de alarma. Los hábitos alimentarios, la cantidad de fibra consumida, la composición de la microbiota intestinal y muchos otros factores pueden alterar de forma notable la producción de gases. Lo verdaderamente relevante es que ahora existe un punto de referencia poblacional mucho más sólido. Hasta hace poco, responder a esta pregunta exigía moverse entre estimaciones dispersas; hoy contamos con una cifra respaldada por cientos de miles de observaciones.
La inmensa mayoría de la muestra se concentró entre 2 y 7 flatulencias diarias, una franja que incluía al 79,3 por ciento de los participantes.
No todos siguen el mismo patrón
Los hombres mostraron una frecuencia ligeramente superior a la observada en las mujeres dentro del conjunto analizado. La diferencia fue modesta, aunque estadísticamente significativa: 5,2 emisiones diarias frente a 4,8. Al mismo tiempo, los integrantes más jóvenes de la muestra exhibieron un comportamiento distintivo. El grupo comprendido entre los 14 y los 25 años notificó menos episodios que los segmentos de mayor edad.
Los autores interpretan estos datos con prudencia. La explicación podría residir en diferencias fisiológicas reales, aunque tampoco puede descartarse la influencia de factores culturales o sociales. Después de todo, la sinceridad estadística quizá no siempre avance exactamente al mismo ritmo que la sinceridad digestiva. La cuestión es si esas diferencias reflejan cambios biológicos genuinos o distintas maneras de percibir y comunicar una experiencia tan cotidiana.
En cualquier caso, las divergencias detectadas fueron relativamente pequeñas. El mensaje principal permanece intacto: la mayor parte de la población se agrupa dentro de un intervalo bastante estrecho.
La sorprendente hora punta de las flatulencias
El análisis también permitió reconstruir cómo varía esta actividad a lo largo de la jornada. Las liberaciones de ventosidades alcanzaron su punto máximo entre las seis y las diez de la noche después de aumentar de manera gradual conforme avanzaba el día. No parece un detalle especialmente trascendente hasta que uno repara en que pocas veces se había descrito con tanta precisión el ritmo diario de un fenómeno tan cotidiano.
La coincidencia difícilmente puede considerarse casual. El equipo científico advirtió que ese comportamiento se solapa con los momentos de mayor ingesta energética y de fibra en la población australiana. Dicho de otra manera, la digestión parece seguir una agenda bastante más disciplinada de lo que solemos imaginar.
Entre el mediodía y las primeras horas de la tarde apareció una caída llamativa. Aunque el trabajo no fue diseñado para esclarecer sus causas, la observación refuerza la idea de que el funcionamiento intestinal diario responde a patrones relativamente estables. Incluso algo tan aparentemente caótico como la expulsión de gases parece obedecer ritmos temporales mucho más ordenados de lo que cabría esperar.
Las liberaciones de ventosidades alcanzaron su punto máximo entre las seis y las diez de la noche después de aumentar de manera gradual conforme avanzaba el día.
La observación incorpora una dimensión inesperada al estudio. No basta con saber cuántas veces ocurre un fenómeno; el momento en que se produce también puede aportar información valiosa sobre los mecanismos que lo gobiernan.
¿Cuándo debería preocuparnos la cantidad de gases?
Los especialistas advierten que la frecuencia por sí sola no define un trastorno digestivo. Probablemente, esta sea una de las conclusiones más útiles de todo el trabajo. Una persona puede situarse por encima de la media de forma clarísima y disfrutar de una salud intestinal excelente. Del mismo modo, alguien encuadrado dentro de los rangos acostumbrados podría sufrir molestias que
recomendarían un chequeo médico. Y, por ese motivo, los profesionales sanitarios suelen fijarse en otros signos acompañantes: dolor abdominal persistente, distensión significativa, diarrea, estreñimiento, pérdida involuntaria de peso o modificaciones repentinas en el patrón digestivo.
El estudio no pretende establecer una frontera clínica rígida. Más bien, aspira a proporcionar una referencia inicial para contextualizar conversaciones que hasta ahora se apoyaban en datos fragmentarios o estimaciones poco consistentes. Saber cuáles son los números habituales no resuelve todos los interrogantes, pero sí permite formular mejor las preguntas cuando aparecen molestias digestivas. Y eso tiene una importancia considerable. En medicina, comprender qué entra dentro de la normalidad resulta tan valioso como identificar aquello que se aparta de ella.
Una persona puede situarse por encima de la media y disfrutar de una salud intestinal excelente; y alguien dentro de los rangos habituales podría sufrir molestias relevantes.
Por qué esta cifra importa más de lo que parece
A simple vista, este trabajo podría parecer una curiosidad destinada a alimentar titulares simpáticos. Sin embargo, detrás de la anécdota se esconde una realidad bastante más seria. Porque el análisis convierte un fenómeno cotidiano en una herramienta para comprender mejor la salud digestiva. La medicina contemporánea suele concentrar sus esfuerzos en enfermedades, trastornos o factores de riesgo y, con mucha menos asiduidad, dedica recursos a cartografiar cómo funciona un organismo sano.
Sin ese mapa de referencia, interpretar cualquier desviación se vuelve mucho más complejo. A ello se suma otro detalle interesante. Miles de personas aceptaron registrar durante días un aspecto extremadamente íntimo de su fisiología. Esa participación masiva sugiere que existe un interés genuino por entender mejor cómo funciona el cuerpo humano, incluso cuando el tema suele quedar relegado a conversaciones incómodas o bromas de sobremesa.
No es casualidad que la flatulencia haya alentado chistes, anécdotas y comentarios embarazosos durante siglos; lo extraño de verdad es que la ciencia apenas hubiera intentado medirla con precisión en condiciones reales. De hecho, el éxito de la iniciativa indica algo que va más allá de la gastroenterología: los ciudadanos muestran una disposición creciente a colaborar con investigaciones que les ayudan a contextualizar experiencias cotidianas, las cuales rara vez aparecen en las consultas médicas.

Una respuesta sencilla para una pregunta sorprendentemente difícil
El estudio establece por primera vez una referencia sólida sobre la frecuencia usual de las ventosidades en una gran población observada en condiciones reales. Como ya hemos mencionado, la mayoría de las personas se sitúa entre dos y siete emisiones diarias, con una media cercana a cinco.
Puede parecer una conclusión modesta. Sin embargo, la historia de la ciencia está llena de avances construidos precisamente de esta manera: sustituyendo intuiciones vagas por mediciones concretas.
En ocasiones, el conocimiento no progresa mediante descubrimientos espectaculares, sino afinando preguntas que llevaban demasiado tiempo respondiéndose con aproximaciones imprecisas; y la ciencia no descubre fenómenos desconocidos y, en cambio, consigue medir con precisión algo que llevaba milenios ocurriendo delante de nuestras narices.
Además, el trabajo aporta una lección metodológica interesante. Durante años se asumió que esta cuestión era demasiado incómoda o demasiado trivial para estudiarla con rigor. Bastó una aplicación móvil, una campaña de participación pública y varios miles de voluntarios para demostrar que era posible obtener datos de calidad sobre un comportamiento cotidiano.
Los datos dibujan un patrón estable que redefine lo que consideramos normal, algo especialmente valioso cuando médicos y pacientes intentan interpretar síntomas relacionados con la salud digestiva. A partir de ahora, las conversaciones sobre flatulencia excesiva podrán apoyarse en una referencia mucho más robusta que las disponibles hasta ahora.
Hay un detalle final que resume bien el espíritu de esta historia. Los autores recuerdan que Benjamin Franklin dejó escrito en el siglo XVIII que liberaba gases intestinales unas siete veces al día. La observación formaba parte de una de sus conocidas reflexiones humorísticas sobre la fisiología humana. Más de dos siglos después, una aplicación llamada Chart Your Fart, cientos de miles de anotaciones y millares de participantes han terminado acercándose a una conclusión extraordinariamente parecida.
Benjamin Franklin dejó escrito en el siglo XVIII que liberaba gases intestinales unas siete veces al día. Más de dos siglos después, nos acercamos a una conclusión muy parecida.
Quizá el dato más llamativo no sea que la mayoría de las personas expulsa entre dos y siete flatulencias al día, sino que una función biológica compartida por miles de millones de seres humanos haya permanecido durante tanto tiempo en una extraña tierra de nadie entre la curiosidad, el pudor y la ciencia. Han hecho falta más de 360.000 registros, una aplicación móvil y miles de voluntarios para convertir una intuición colectiva en una medida fiable. A veces, comprender qué significa estar sano resulta casi tan complejo como descubrir una enfermedad.
Referencias
- Emily Brindal et al. «Regular Flatulence Patterns Among Community-Dwelling Individuals in Australia«. JAMA Network Open, 29 de mayo de 2026. DOI: 10.1001/jamanetworkopen.2026.15637.
Fuente informativa
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