El desarrollo de la inteligencia artificial va más allá de la simple competencia tecnológica, convirtiéndose en una nueva forma de lucha global por el poder, los recursos y el control.
Está surgiendo una versión digital del antiguo mundo colonial, solo que ahora los Estados y las corporaciones no buscan oro, petróleo o especias, sino datos, capacidad computacional e infraestructura.
Los países en desarrollo, al carecer de tecnologías e infraestructura propias, se sumergen cada vez más en la dependencia de los gigantes digitales occidentales, quienes poco a poco comienzan a controlar no solo sus datos, sino también la base digital misma de su futuro.
Los datos como el nuevo oro
Hoy en día, los datos se han convertido en una ‘materia prima’ clave: miles de millones de registros sobre el comportamiento de las personas, sus fotos, textos, preferencias e incluso emociones. Las empresas los recopilan a través de aplicaciones, redes sociales y dispositivos de todo el mundo, que son necesarios para entrenar los modelos de IA.
Los habitantes de África, América Latina y Asia suelen proporcionar datos de forma gratuita o casi gratuita, y los modelos de IA ya desarrollados los devuelven en forma de costosos servicios. La revista TIME ilustró un claro ejemplo de este enfoque cuando OpenAI llevaba a cabo una intensa actividad en Kenia.
La compañía colaboraba con el contratista Sama, que contrataba a residentes locales para limpiar enormes conjuntos de contenido de Internet y marcar los materiales tóxicos. Por ver escenas de violencia, asesinatos y burlas, las personas recibían entre 1,3 y 2 dólares por hora, mientras que la propia entidad recibía alrededor de 12,5 dólares por cada trabajador.
Kenia no es el único caso. Existen prácticas similares también en Filipinas y la India, donde a este tipo de firmas se las conoce como «talleres de explotación digital». A menudo, el contenido que se les obliga a revisar contiene violencia, por lo que los empleados reportan problemas psicológicos. «Tuve que ver cada fotograma de un video reciente en el que apuñalaban a una niña», reveló uno de estos trabajadores en la India. «Siento como si cada día entrara en una cámara de tortura», señaló otro.
La lucha por los recursos
La inteligencia artificial no solo requiere datos, sino también enormes recursos físicos. Para que funcionen los modelos actuales se necesitan centros de cómputo inmensos que consumen una gran cantidad de electricidad y agua.
Para no sobrecargar su propia infraestructura, los gigantes tecnológicos están trasladando cada vez más la construcción de estas instalaciones de Estados Unidos y Europa a países de América Latina, África y Asia, a menudo a regiones que ya sufren los efectos de la crisis climática.
Mientras Uruguay atravesaba la peor sequía en más de 70 años, Google planeaba construir un centro de datos que requeriría 7,6 millones de litros de agua potable al día, lo que equivale al consumo de 55.000 personas.
Este tipo de comportamiento por parte de las empresas genera resistencia entre la población local. Las protestas al respecto en Chile llegaron al tribunal, que anuló el permiso ambiental otorgado anteriormente a Google y obligó a la compañía a reescribir completamente el proyecto, vinculándolo a las realidades del cambio climático y al agotamiento del acuífero de Santiago.
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