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El cierre del estrecho de Ormuz ha provocado el pánico en Asia y encendido todas las alarmas en el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Agencia Internacional de la Energía (AIE). Frente a esta escasez global, el sistema español ha hecho los deberes. Según Agencia EFE, las refinerías de nuestro país han flexibilizado sus operaciones para maximizar la producción de derivados del petróleo, respaldadas por un suministro de crudo que, por ahora, se mantiene seguro.
Gonzalo Escribano, investigador principal del Real Instituto Elcano, explica en declaraciones a EFE que España cuenta con «refinerías especializadas y mejor adaptadas» que la mayoría de sus vecinos. El contraste es flagrante: Italia o Alemania cometieron el error estratégico de cerrar un 20% de su capacidad de refino en los últimos años, externalizando la producción al golfo Pérsico o a refinerías chinas. Hoy, esa decisión les está pasando una factura histórica.
La verdadera crisis está en los derivados. Es fácil asomarse a la ventana y pensar que el apocalipsis energético no ha llegado porque aún hay combustible en las gasolineras. Pero es un espejismo logístico, las líneas de suministro marítimo se mueven a la velocidad de una bicicleta por la pura inercia de los gigantescos superpetroleros (VLCC) que ya estaban navegando antes del cierre. El atasco de más de 800 barcos en el Golfo ya ha borrado cientos de millones de barriles del mercado, y el verdadero problema que afronta el mundo no es la falta de petróleo crudo, sino de productos ya procesados.
El primer sector en asfixiarse ha sido la aviación, que actúa como el canario en la mina. Las aerolíneas globales están cancelando miles de vuelos ante un queroseno que ha llegado a dispararse por encima de los 170 euros el barril. En este punto, la Asociación de la Industria del Combustible de España (ACIE) corrobora a EFE que el cuello de botella actual está en destilados como el diésel y el queroseno.
El salvavidas español. Al mantener sus refinerías al máximo rendimiento, nuestro país no solo cubre su demanda, sino que se erige como un nodo logístico capaz de auxiliar a sus vecinos. El contraste es abismal: mientras el Reino Unido se ve obligado a importar el 80% del queroseno que queman sus aviones, España es capaz de producir el 80% de lo que consume.
Esto no solo blinda el mercado interno frente al desabastecimiento, sino que posiciona a la península para exportar el excedente a una Europa sedienta. En un escenario donde el barril mantiene una «prima de guerra» que infla los precios, disponer del producto final ya procesado convierte a las plantas españolas en el gran proveedor de emergencia. Aquellos países que decidieron externalizar su producción de derivados a Asia, hoy dependen de la capacidad española para que sus transportistas y aerolíneas no se queden en tierra.
El «búnker» estratégico: el as bajo la manga de CORES. ¿Cómo es posible que España aguante el pulso si importa prácticamente el 100% del crudo que consume? La respuesta está en nuestras reservas de emergencia. España cuenta con una autonomía de unos 105 días, muy por encima de los 92 que exige la ley internacional, gestionados mediante un sistema mixto entre la industria y la Corporación de Reservas Estratégicas (CORES).
Pero el verdadero «truco» de este búnker no es la cantidad, sino la calidad: más de la mitad (un 54,4%) de las reservas de CORES son gasóleos ya refinados. Incluso si Arabia Saudí logra esquivar el bloqueo de Ormuz enviando crudo a través de sus oleoductos hasta el Mar Rojo, Europa tiene un grave problema si no cuenta con fábricas suficientes para destilarlo. Al tener los deberes de refino hechos por adelantado, los tanques españoles compran al país más de tres meses de paz logística para evitar que los camiones se detengan.
Hay otro salvoconducto: la excepción del «escudo verde». A este blindaje fósil se le suma la parte eléctrica, un frente donde España juega con una ventaja estructural. Más del 60% de nuestro mix de generación ya es renovable, apoyado en un masivo despliegue solar, eólico y un sólido colchón hidráulico. En el sistema eléctrico europeo —donde la tecnología más cara, habitualmente el gas, es la que dicta el precio final de toda la luz—, este parque verde actúa como un muro de contención.
Durante las horas centrales del día, la inyección masiva de energía limpia logra hundir los precios del mercado mayorista, llegando a registrar valores cero o incluso negativos. Esto nos protege de las brutales subidas del gas que sí están asfixiando las facturas en Alemania o Italia. En la práctica, permite que la industria nacional mantenga un respiro vital y una enorme ventaja competitiva durante las horas de sol, amortiguando un golpe económico que está devastando a los fabricantes del resto del continente.
Un salvavidas que flota, pero no es inmune. España se ha convertido en una afortunada isla energética, pero no por casualidad. Es el resultado de no haber sucumbido a la tentación de desmantelar su infraestructura de hidrocarburos mientras, en paralelo, invertía de forma masiva en la transición hacia el sol y el viento.
Sin embargo, sería un error caer en la complacencia. El salvavidas flota, pero el mar está más picado que nunca. Fatih Birol, director de la AIE, ha advertido que esta crisis supera a las de 1973, 1979 y 2022 juntas. Y nuestro país no deja de tener grietas: seguimos sin baterías masivas para almacenar nuestra energía renovable (lo que nos hace vulnerables al gas cada vez que anochece) y nuestra dependencia externa de crudo sigue siendo casi absoluta. Hemos ganado un tiempo precioso, pero la hiperconectada economía del siglo XXI nos recuerda que, cuando el mundo frena, nadie sale completamente ileso.
Imagen | Gregorio Puga Bailón
Fuente informativa
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